Qué haría si yo fuera judío


4 min de lectura
Mientras la nación judía defiende su propia existencia, el dolor y la pena nos rodean. Todo proviene de una misma fuente.
Aunque viviera mil años, creo que nunca podría olvidar aquella escena.
Era una templada mañana de Shabat. Mi abuela estaba en el hospital, recuperándose de una cirugía. Yo era joven y soltera, y pude hacer la caminata de 45 minutos para visitarla. Entré al vestíbulo tenue del hospital y comencé a subir los tramos de escaleras hasta la sala donde estaba mi abuela.
Él estaba sentado en las escaleras justo afuera de la entrada a la sala de maternidad. Un joven jasid ierushalmi, vestido con un majestuoso caftán blanco y dorado, calcetines blancos metidos dentro de los pantalones negros. Era alguien con quien normalmente nunca me habría cruzado. Allí, en ese edificio de vida y muerte, estaba encorvado, con la cabeza entre las rodillas, sollozando con una intensidad de agonía que jamás había presenciado. Venía de lo más profundo de su ser, el grito de una miseria demasiado grande para soportarla. Era un sonido tan cargado de dolor que sentí que se me desgarraban las entrañas.
Había alguien con él, un adolescente, probablemente su hermano. Su acompañante estaba sentado a su lado, en silencio ante su dolor. Mostraba su compasión con una mano puesta sobre el hombro del otro. Pero estaba claro que poco podía hacer, él o cualquiera.
Me quedé allí en la escalera, sin querer invadir el dolor de un extraño. ¿Qué habría sucedido, que pudiera causar semejante pena en esta isla de felicidad del hospital? ¿Había perdido a un bebé, los sueños de nueve meses aplastados en un instante? ¿O sería su esposa quien había sucumbido en los momentos peligrosos del parto? Sus lágrimas me decían que, fuera lo que fuera lo que acababa de ocurrir, lo había cambiado a él y a su vida para siempre.
¿Por qué pienso ahora, una década después, en ese desconocido destrozado? Porque se acerca Tishá BeAv, el día en que lloramos la destrucción de los dos Templos y todo lo que significaron.
El Midrash en Lamentaciones relata que en el barrio del gran sabio Rabán Gamliel vivía una mujer cuyo hijo había muerto. Cada noche, ella lloraba desconsoladamente su pérdida. Rabán Gamliel la escuchaba, y derramaba lágrimas amargas por la destrucción de los Templos.
Cuando termine nuestro exilio, también terminará todo el dolor.
¿Cómo se conecta un grupo de lágrimas con el otro? Rav Mordejai Gifter, un gran hombre que falleció hace algunos años, explicó que cada tragedia tiene su raíz en el hecho de que el mundo aún no ha alcanzado su propósito final. Cuando termine nuestro exilio, también terminará todo el dolor. Rabán Gamliel escuchaba a la mujer llorar por la muerte de su hijo, pero entendía que la raíz de su sufrimiento era la destrucción del Templo. Entonces él lloraba por esa pérdida.
Es un pensamiento aleccionador.
Estamos bombardeados con historias de dolor desgarrador. Viudas jóvenes con huérfanos diminutos. Niños luchando por sus vidas. Rehenes. Matrimonios que se desmoronan y padres distanciados de sus hijos. Todo este sufrimiento tiene una raíz, una fuente: el hecho de que todavía estamos en el exilio.
Pensar sólo en lo que perdimos cuando el Templo desapareció en llamas es suficientemente difícil. Ya no disfrutamos de una relación íntima y profunda con nuestro Creador, en la que veíamos Su presencia con absoluta claridad. Diez milagros ocurrían a diario en el Templo, diez formas en que Dios nos decía: “Estoy aquí, hijo mío, justo a tu lado”.
En los tiempos del Primer Templo, estábamos rodeados de profetas. No había noches de insomnio angustiosas tratando de tomar “la decisión correcta”, ni agonía por caminos no tomados. Se podía descubrir la voluntad de Dios y el curso de acción que conduciría al cumplimiento final con relativa facilidad. Al final del servicio de Iom Kipur, la nación miraba el hilo escarlata atado a la puerta del Templo: si se había vuelto blanco como la nieve, sabían, con una certeza que hoy no podemos ni imaginar, que sus pecados habían sido perdonados.
El Templo era el conducto que nos conectaba directamente con toda bendición desde lo alto. Nos daba beneficios materiales: lluvia, salud, prosperidad. Pero nos daba mucho más: una exposición constante a la grandeza de la presencia de Dios. Era una manifestación tangible de nuestra relación con Él. Era un rugido vigoroso de verdad, tan diferente de los susurros que hoy nos esforzamos por escuchar.
La pérdida de todo eso ya es motivo suficiente para llorar.
Pero para agravar esa pérdida, está la realidad de cada pérdida que hemos sufrido, tanto individual como colectivamente, desde el día en que entramos en el exilio. Cada libelo de sangre y pogromo, la Inquisición y el Holocausto, todo tiene una raíz común.
La tristeza nos rodea durante estos días, mientras Israel lucha nuevamente por su propia existencia. Hay soldados que van a una batalla de la que no regresarán. Otros están atrapados en manos enemigas, su destino desconocido. Hay jóvenes viudas y niños viviendo en constante temor. La muerte y la destrucción, las heridas y las pérdidas, todo tiene una misma raíz.
El dolor es insoportable.
Pero precisamente esa ruptura del corazón que ya no puede contener más angustia, es la fuente de nuestra salvación. Porque sólo cuando llegamos a ese punto, sólo cuando nos damos cuenta de cuán rotos estamos en realidad, podemos dar los pasos necesarios para comenzar a sanar de nuevo.
Al llorar, en realidad acercamos el día en que el Templo volverá a erigirse en Jerusalem. El día en que el mundo alcanzará su propósito final. El día en que tú, yo y aquel extraño desconsolado entraremos en un glorioso período de revelación infinita.
Este artículo apareció originalmente en la revista "Front Page".
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
UN GRAN ARTÍCULO.
MIL GRACIAS