Un encuentro fortuito en el subterráneo me enseñó una valiosa lección

11/03/2026

3 min de lectura

Encontrar sabiduría judía en lugares inesperados.

El abarrotado vagón del subterráneo de Nueva York se detuvo bruscamente entre estaciones, y las luces parpadearon de forma inquietante antes de apagarse por completo. Un suspiro colectivo se elevó entre los pasajeros, seguido del conocido anuncio: "Damas y caballeros, estamos temporalmente demorados debido al tráfico de trenes delante de nosotros. Deberíamos movernos en breve".

Como usuaria habitual del trayecto matutino, estaba acostumbrada a los retrasos, pero este se sentía diferente. El aire acondicionado se había detenido y el calor veraniego ya comenzaba a acumularse. Observé cómo las reacciones de las personas evolucionaban de una leve molestia a una preocupación genuina. Una mujer se abanicaba con una revista, mientras un hombre con traje de negocios revisaba su reloj una y otra vez, murmurando sobre llegar tarde a una reunión.

Fue entonces cuando la noté: una anciana sentada en silencio, con los ojos cerrados y los labios moviéndose levemente, como si estuviera rezando. Mientras los demás se inquietaban cada vez más, ella mantenía una serenidad que parecía de otro mundo en nuestra situación subterránea.

La escena me recordó una enseñanza judía: "¿Quién es rico? Aquel que está contento con su porción" (Ética de los Padres 4:1).

Allí había alguien encarnando esta antigua sabiduría en un escenario completamente moderno. Mientras el resto estábamos consumidos por aquello que no podíamos controlar, ella había encontrado su centro.

Crecí en un hogar judío no religioso y siempre abordé estas enseñanzas con escepticismo. Me parecían frases bonitas, pero ¿qué tan prácticas eran en la vida real? Sin embargo, allí, atrapada en un vagón de subte, estaba presenciando la diferencia profunda entre aceptar lo que es y luchar contra ello.

Como si leyera mis pensamientos, la anciana abrió los ojos y me sonrió.

"Te ves preocupada", dijo con un fuerte acento.

Le confesé que me preocupaba llegar tarde a una reunión importante con un cliente.

"¿Sabes? Mi abuela en Polonia solía decir que cada retraso es un regalo de Dios. Tal vez Él te está protegiendo de algo, o tal vez está creando una oportunidad que aún no puedes ver". Palmeó el asiento vacío junto a ella, invitándome a sentarme.

"¿Pero qué hay de la responsabilidad?", pregunté. "No podemos simplemente ignorar nuestras obligaciones diciendo que 'todo viene de Dios'".

El Talmud enseña que debemos hacer nuestro esfuerzo razonable, pero que, en última instancia, lo que está destinado a suceder, sucederá. El truco está en saber distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no.

Ella asintió con aprobación ante la pregunta. "El Talmud enseña que si bien debemos hacer nuestra hishtadlut (el término hebreo para un esfuerzo razonable), al final, lo que está destinado a suceder, sucederá. El truco es saber la diferencia entre lo que podemos controlar y lo que no".

Sus palabras hicieron eco de otra enseñanza judía que había encontrado recientemente: "Acepta con amor todo lo que sucede". Esto no significa ser pasivos o fatalistas, sino entender que nuestra respuesta a las circunstancias a menudo es más importante que las circunstancias mismas.

Al seguir conversando, supe que era una sobreviviente del Holocausto que había reconstruido su vida en los Estados Unidos. "Después de perderlo todo, aprendí que lo único que realmente poseemos es nuestra reacción ante lo que la vida nos presenta", dijo.

De repente, el vagón del subte volvió a zumbar con vida y las luces parpadearon hasta encenderse. Mientras el tren comenzaba a moverse de nuevo, ocurrió algo notable. La sabiduría de aquella mujer se había extendido más allá de nuestra conversación: todo el vagón parecía más calmado. Un joven ofreció su asiento a alguien que parecía cansado. Otro compartió su agua con un extraño agradecido. La atmósfera había cambiado de frustración a conexión.

Comprendí que ese era el mensaje más profundo de “¿Quién es rico?”.

La enseñanza no se trata sólo de satisfacción personal, sino de reconocer que la verdadera riqueza radica en nuestra capacidad para encontrar significado y crear conexiones positivas en cualquier situación.

Cuando finalmente llegué a mi oficina, mi cliente había llamado para reprogramar la cita. También él se había retrasado por problemas en el subte. Aquello que había percibido como un problema, en realidad me había evitado sentarme sola en una oficina esperando. Y más aún, había ganado algo mucho más valioso que una llegada puntual: una lección sobre cómo vivir la sabiduría judía.

Ese encuentro en el subterráneo cambió la forma en que enfrento los inevitables retrasos y trastornos de la vida. Ahora, cuando me enfrento a circunstancias fuera de mi control, trato de hacer una pausa y preguntarme: "¿Cuál es la lección aquí? ¿Cómo puedo usar este momento para crecer?"

Los antiguos sabios judíos no estaban simplemente compartiendo ideas filosóficas; estaban proporcionando herramientas prácticas para afrontar los desafíos de la vida. Su sabiduría, transmitida a lo largo de generaciones, sigue siendo sorprendentemente relevante en nuestro mundo moderno de demoras en el subte y reuniones de negocios.

La sabiduría judía no se encuentra sólo en las sinagogas o las salas de estudio, está disponible en cada momento, cada desafío, cada retraso.

La clave está en estar abiertos a recibirla, incluso en los lugares más inesperados.

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