Un enfoque diferente para la destrucción

28/06/2026

4 min de lectura

Balak (Números 22:2-25:9 )

Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem.

La parashá Balak relata la historia de un rey moabita llamado Balak, que estaba aterrorizado por la presencia del pueblo judío en la frontera de su país. Como los israelitas acababan de derrotar a los poderosos ejércitos de Sijón y Og (ver Números 21:31-35), Balak sabía que no podría vencerlos militarmente. Por ello recurrió a una estrategia diferente: contrató a un profeta no judío, Bilam, y le pidió que maldijera al pueblo judío para destruirlo (Números 22:5-6). (La conducta de Balak tiene resonancias contemporáneas. Hoy vemos numerosos ejemplos de quienes intentan destruir a Israel por medios políticos cuando reconocen que no pueden hacerlo por la fuerza).

El Zóhar afirma que Balak era un gran hechicero. Si era así, ¿por qué necesitó contratar a Bilam para destruir al pueblo judío? ¿Por qué no pudo hacerlo él mismo?

Podemos explicarlo basándonos en la enseñanza del Iesod VeShoresh HaAvodá (2:3:12, citando a Maimónides en la Guía de los Perplejos), que dice que cuando un judío está apegado a lo Divino queda protegido de toda negatividad y de los juicios severos. De acuerdo con esta perspectiva, las desgracias solo alcanzan a las personas justas en momentos de interrupción o distracción. Esos momentos rompen su concentración y debilitan su conexión con Dios, creando una apertura por la que puede entrar la negatividad.

El Netivot Shalom utiliza esta idea para explicar el mecanismo de las bendiciones y las maldiciones. Una bendición crea conexión y apego a Dios; una maldición crea separación y distancia con Dios. Por lo tanto, el poder de Bilam para maldecir revelaba su verdadero objetivo: separar al pueblo judío de su cercanía con lo Divino.

Ahora podemos entender por qué Balak necesitaba la ayuda de Bilam para destruir a los judíos. Mientras el pueblo judío permaneciera unido a Dios, sería inmune a todas las fuerzas negativas. Ni siquiera la hechicería más poderosa podría afectarlo. Por eso Balak quería que Bilam maldijera a los judíos para romper su fuerte vínculo con Dios. Si lograba quebrar esa conexión, entonces su magia maligna podría penetrar y provocar la destrucción de los judíos.

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Transformar la maldición

Sin embargo, a medida que avanza la parashá vemos que Bilam es incapaz de maldecir a los judíos, a pesar de sus repetidos intentos. De hecho, cada vez que intenta maldecirlos, Dios lo obliga a pronunciar bendiciones. El Talmud comenta: "De las bendiciones de ese malvado se puede aprender lo que había en su corazón" (Sanedrín 105b). Aparentemente, las verdaderas intenciones de Bilam no quedaron completamente ocultas detrás de las bendiciones que se vio obligado a pronunciar. ¿Cómo podemos deducir la intención original de Bilam?

La Torá dice: "Hashem, tu Dios, transformó para ti la maldición en bendición, porque Hashem, tu Dios, te ama" (Deuteronomio 23:6). Las bendiciones son lo opuesto a las maldiciones. Por lo tanto, podemos descubrir las verdaderas intenciones de Bilam simplemente leyendo lo opuesto de lo que dijo. Por ejemplo, Bilam declara: "No vio iniquidad en Iaakov ni perversidad en Israel. Hashem su Dios está con él, y el favor del Rey está entre ellos" (Números 23:21). Esta bendición, como muchas de las pronunciadas por Bilam, implica una relación muy cercana con Dios, una conexión de intimidad y apego. De ello podemos inferir que Bilam habría preferido maldecirnos con una separación total de Dios.

Antes de pronunciar su última bendición, la Torá relata que Bilam "vio al pueblo de Israel acampado según sus tribus" (Números 24:2). Esto presenta la imagen de una nación que vive en comunidades unidas y armoniosas. Según el Netivot Shalom, este sentimiento de cercanía nace del amor, porque cuando amamos a alguien deseamos estar con esa persona constantemente. Esto nos enseña una lección importante. Para alcanzar una relación íntima con Dios, primero debemos cultivarla entre nosotros mismos. Nuestros esfuerzos por desarrollar vínculos profundos con otras personas son un entrenamiento que nos ayuda, en última instancia, a desarrollar una conexión profunda con Dios.

Encontramos una prueba de esta idea en el famoso versículo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo; Yo soy Hashem" (Levítico 19:18). ¿Por qué Dios necesita identificarse al final del versículo? ¿Acaso no sabemos ya que Él es la fuente de todos los mandamientos de la Torá? El Netivot Shalom explica que el versículo no pretende enseñarnos quién ordena la mitzvá, sino mostrarnos la progresión de nuestras relaciones. Solo después de desarrollar la capacidad de amar a los demás como a nosotros mismos podremos comprender cómo experimentar cercanía con Dios.

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Uno más amor

Encontramos una alusión a esta idea en la palabra hebrea ejad ("uno"), símbolo de unidad, unicidad y conexión. El valor numérico de ejad es 13, y el valor numérico de ahavá ("amor") también es 13. Si sumamos ejad y ahavá, obtenemos 26, el mismo valor numérico del Nombre de Dios de cuatro letras. De aquí aprendemos que cuando una persona se une a otra con cercanía y amor, ese vínculo termina conduciéndola a una relación semejante con Dios.

Una manera práctica de crear cercanía y amor en nuestra vida es bendecirnos mutuamente. Al ofrecer bendiciones generamos un ambiente de amor, aceptación y conexión. Esto nos acerca unos a otros y abre la posibilidad de acercarnos también a Dios. Por el contrario, si nos maldecimos unos a otros (que Dios no lo permita) creamos división y desunión, lo que nos aleja de Dios y nos deja desprotegidos frente a la negatividad.

Este era exactamente el escenario que Balak esperaba provocar cuando contrató a Bilam. No quería que la maldición de Bilam actuara por sí sola. Más bien, Balak esperaba que Bilam nos incitara a maldecirnos entre nosotros, creando una brecha entre el pueblo judío y Dios y haciéndonos vulnerables a todas las energías negativas del mundo.

Que nunca olvidemos lo ocurrido en tiempos de Balak y Bilam. Que aprendamos que la única forma de protegernos de la negatividad es aferrándonos a Dios, y que solo podemos acercarnos a Dios acercándonos primero los unos a los otros. Que aprendamos que bendecirnos mutuamente crea una poderosa fuerza de unidad, y que nuestras bendiciones fluyan siempre entre nosotros con amor, protegiéndonos de toda desgracia.

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