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Un Kadish que esperó 75 años

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23/06/2022 | por Ronda Robinson, Denise Heimowitz

Pagar la deuda a la persona que salvó la vida de mi padre

—¿Eres judío? —le preguntó el oficial alemán al soldado Shimon Langer. Estaban en Estonia, durante la Primera Guerra Mundial.

—Sí —admitió el joven soldado en alemán.

—Yo también —fue la inesperada respuesta. A continuación vino otra sorpresa —Soy el oficial Lipkovitz, y a partir de este momento ya no estarás en las trincheras con los otros soldados. Serás mi asistente y me ayudarás a cumplir mis deberes como oficial. Seguirás mis órdenes y vivirás conmigo en la barraca de los oficiales. Harás todo lo que yo te diga que hay que hacer.

Puedo imaginar qué alegría debe haber sentido mi padre cuando oyó esa declaración. Ya no tendría que soportar el frío en las trincheras; podría vivir cómodamente en la barraca calefaccionada de los oficiales.

Hans Lipkovitz probablemente salvó la vida de mi padre. Y en una remarcable coincidencia, 75 años más tarde mi familia fue capaz de elevar el alma del Oficial Lipkovitz.

Rav Shimon Langer

Todo comenzó cuando en 1897 nació mi padre, el cabo Langer, en Alsace Lorraine, Francia. Por razones políticas, el idioma oficial a veces era francés y a veces alemán. Pero los habitantes del lugar tenían su propio dialecto, una mezcla de ambos idiomas. Alsace era parte de Francia hasta el final de la Guerra francoalemana en 1871, cuando fue anexada al Imperio Alemán. De todos modos, la población mantuvo su lealtad primordialmente a Francia.

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial entre Francia y Alemania en 1914, Alemania enroló en su ejército al cabo Langer y a otros jóvenes alsacianos. Los alemanes entendieron que esos soldados no podrían luchar contra sus compatriotas en Francia, así que los enviaron al este para que lucharan contra los rusos.

De un judío a otro

El cabo Langer y sus compañeros fueron enviados a Tallin, Estonia. Nunca lucharon una batalla, pero miles de ellos murieron debido al frío extremo. Siendo un judío religioso, mi padre se levantaba al alba, se cubría con su talit, se ponía tefilín y rezaba. Así fue como el oficial Lipkovitz reconoció que había un judío en medio de los soldados franceses.

Poco después, el oficial Lipkovitz le preguntó: "¿Te gustaría visitar a tu madre? Ve a Alsacia y cómprame una caja de cigarros". Él le dio al cabo Lipkovitz dinero para los cigarros y para el pasaje en tren.

¿Acaso esperaba que mi padre regresara a Estonia? No lo sabemos. Pero el cabo Langer, un joven honesto y confiable, regresó después de visitar a su madre en Alsacia y le entregó al oficial Lipkovitz los cigarros que le había comprado.

Cuando terminó la Primer Guerra Mundial en 1918, los soldados que fueron suficientemente afortunados como para sobrevivir regresaron a casa para reencaminar sus vidas. Mi padre decidió convertirse en Rabino y se inscribió en el Seminario Hildesheimer en Berlín. Después de ordenarse como Rabino se casó con mi madre, Caroline Schweizer, en Estrasburgo en 1925. Ellos se habían conocido durante la guerra cuando la familia de mi madre proveyó comida kasher a mi padre y a otros soldados que se encontraban en Alemania.

Rav Shimon Langer

Un oficial y un caballero

Así fue como se volvió a encontrar con el oficial Lipkovitz. Al llegar a Bruselas en 1938, mi padre salió de la estación de trenes a buscar un taxi. Entonces vio al Oficial Lipkovitz tocando el violín en una plaza cercana. El ex cabo Langer corrió con los brazos abiertos y gritó: "¡Lipkovitz, Lipkovitz!". El ex oficial alemán le respondió: "¡Langer, Langer!"

Se abrazaron y comenzaron a ponerse al día sobre lo que habían vivido durante los años que habían transcurrido desde su último encuentro. Mi padre le preguntó:

—¿Cómo llegó a Bruselas y cómo se gana la vida?

—A pesar de que fui un oficial alemán durante la guerra, los alemanes me expulsaron a mí y a muchos otros oficiales judíos. Como tengo aquí una tía anciana, decidí venir a Bruselas. Aquí me paro y toco el violín para ganarme algunos francos.

Al recordar cómo esa persona que ahora estaba frente a él con ropa desgastada le había salvado la vida, mi padre le suplicó:

—Oficial, ¿qué puedo hacer por usted? ¿Cómo puedo pagarle lo que le debo?

—Mi violín es viejo y no suena como me gustaría. Quisiera tener un nuevo violín para poder tocar música bella y ganarme algunos francos de la gente que pasa —fue la respuesta simple de Lipkovitz.

Rav Shimon Langer y su esposa Caroline.

Mi padre de inmediato sacó de su bolsillo dinero para que Lipkovitz pudiera comprar un nuevo violín. Entonces el ex oficial y el soldado se despidieron. Pero su historia no terminó allí.

Huir en un convoy del ejército

En 1939 Francia y Gran Bretaña le declararon la guerra a Alemania, que había invadido Polonia. Mi padre sirvió como capellán en el ejercito francés. Eso resultó ser una bendición cuando Francia se rindió y fue dividida en dos zonas. Mi familia pudo huir en un convoy del ejército desde París que estaba ocupada por los nazis, hacia el sur, a Marsella.

Denise Heimovitz (a la derecha) con su hermana melliza, Alice Weiss

Como líder de la comunidad judía en Marsella, mi padre visitó un gran campamento de refugiados judíos que huían de los nazis. Un día, cuando estaba distribuyendo comida en las barracas vio a Lipkovitz en una de las camas, sufriendo una gangrena.

Él se aseguró de que su ex oficial recibiera la medicina y el alimento necesario en su delicado estado de salud. En una de sus últimas visitas, mi padre buscó a su amigo en las barracas, pero Lipkovitz no estaba en ninguna parte.

Mi padre nunca supo qué fue de su oficial.

Justo a tiempo

En 1941, debido a la insistencia de mi madre, mi familia escapó en barco desde Marsella a Norteamérica. Una semana después de nuestra partida, los alemanes llegaron a buscar a mi padre porque era el líder de la comunidad judía de Marsella, pero llegaron demasiado tarde.

Mi padre tuvo cuatro hijos, se convirtió en un amado rabino en Nueva York, con decenas de nietos y bisnietos por todos los rincones de Estados Unidos e Israel. Años después del fallecimiento de mi padre en 1987 a los 90 años, mi sobrina encontró información sobre el destino de Lipkovitz. De acuerdo con su investigación en Yad Vashem, Lipkovitz falleció en 1941 cerca de la ciudad de Gurs, en el campo donde mi padre lo vio por última vez.

Exactamente 75 años después de la fecha hebrea de la muerte de Lipkovitz, mi hermano asumió el mérito de ir a la sinagoga a decir Kadish (la plegaria de duelo) por el oficial. Él me pidió encender una vela de iortzait en memoria de esta persona tan especial que nunca conocimos. De esta manera, pudimos honrar tributo al hombre que salvó la vida de mi padre y aseguró la continuidad de futuras generaciones.



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