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¡Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem!
La porción de la Torá de esta semana, Itró, comienza con el versículo:
“Itró, sacerdote de Midián, suegro de Moshé, oyó todo lo que Dios había hecho por Moshé y por Israel Su pueblo.” (Éxodo 18:1).
Aunque dice que Itró oyó todo lo que Dios había hecho, sin embargo el Talmud (Zevajim 116a) afirma que hubo tres cosas específicas que Itró oyó y que lo inspiraron a correr a través del desierto para unirse al pueblo judío:
Debemos entender por qué fueron precisamente estos tres acontecimientos los que lo inspiraron a llegar al campamento de Israel.
Además, debemos analizar este versículo, que describe a Itró como “sacerdote de Midián, suegro de Moshé”. La primera descripción es deshonrosa, pues alude a su pasado idólatra. La segunda es elogiosa, al señalar que es el suegro de Moshé. ¿Por qué etiquetamos a Itró con estos dos títulos diametralmente opuestos?
Compartamos una idea basada en el “Tiferet Shmuel” (volumen 2). Incluso si una persona alcanza los niveles espirituales más elevados, es posible que caiga a los lugares más bajos. Esto es más probable cuando alguien “salta niveles” rápidamente y asume demasiado a la vez. Cuando una persona toma más de lo que puede manejar en términos de crecimiento espiritual, esto puede volverse en su contra. Puede frustrarse y tensionarse hasta el punto de quebrarse y volver a caer.
Esto es exactamente lo que le ocurrió al pueblo judío después de cruzar el Mar Rojo. El “Ialkut Reuveni” dice que antes de la partición del mar, los ángeles testificaron ante Dios que los egipcios eran idólatras y que los judíos también lo eran (Éxodo 14:28). “¿Por qué deberían salvarse los judíos y destruirse los egipcios?”, preguntaron. “Destruyámoslos a ambos”.
Encontramos que antes de la partición del Mar Rojo, los judíos estaban tan involucrados en la idolatría como los egipcios. Habían alcanzado los niveles más bajos posibles. Sin embargo, inmediatamente después de la partición del mar, proclamaron: “Este es mi Dios y Lo glorificaré” (Éxodo 15:2). El Midrash (Mejilta) dice que incluso el judío más simple tuvo una visión de Dios mayor que la que tuvo el profeta Ezequiel. No tomó mucho tiempo cruzar el mar, y en ese breve lapso el pueblo judío pasó de lo más bajo a lo más alto. Saltaron desde las profundidades espirituales hasta la cima.
Hacia el final de la porción de la semana pasada vemos que durante la guerra contra Amalek, el pueblo judío pregunta: “¿Está Dios con nosotros o no?” (Éxodo 17:7). ¿Cómo puede ser esto? Hace un momento todos señalaron y dijeron: “Este es mi Dios”. ¿Cómo pueden estas mismas personas dudar de que Dios esté entre ellos y realizando todos estos milagros? ¿Cómo pueden los judíos, que fueron tan grandes profetas, ser al mismo tiempo casi herejes?
Quizá esto ocurrió porque saltaron de lo más bajo a lo más alto en un lapso tan corto, algo que no es saludable en el crecimiento espiritual y que puede hacer que una persona caiga de nuevo hasta el fondo.
Existen diferentes niveles de “escuchar”. El comentarista Or Guedaliahu explica la grandeza de la declaración del pueblo judío: “Haremos y escucharemos”, señalando que la expresión “haremos” (naasé) aparece primero (ver también Shabat 88a). Al decir “haremos”, el pueblo judío expresó su capacidad de cumplir la voluntad de Dios incluso antes de ser específicamente ordenado en las mitzvot. Podían “escuchar” intuitivamente los deseos de Dios. Según el Or Guedaliahu, este nivel tan elevado de escucha demostró el gran amor del pueblo judío por Dios, al ser capaces dr anticipar Sus deseos.
En un segundo nivel, ligeramente inferior de escucha, no somos capaces de percibir los deseos de Dios antes de que Él los exprese. Sin embargo, una vez que Él articula Su voluntad, podemos discernir el mensaje profundo de las mitzvot. Es decir, a través de cada mitzvá, podemos entender lo que Dios quiere de nosotros.
Con esta idea, podemos entender por qué el pueblo judío utiliza dos expresiones distintas: “haremos” (naasé) y “haremos y escucharemos” (naasé venishmá). La primera expresión (naasé) corresponde al nivel más alto de escucha. Sin oír instrucciones explícitas, ¿cómo sabían los judíos qué hacer? Debe ser que podían intuir la voluntad de Dios incluso sin oírla articulada.
La segunda expresión (naasé venishmá) corresponde al segundo nivel de escucha, en el cual somos capaces de oír, a través de las mitzvot, lo que Dios realmente quiere de nosotros. Después de actuar según lo que se nos ha dicho, podemos escuchar la voluntad de Dios.
El Rebe de Slonim añade que este segundo nivel de escucha no se aplica solo a las mitzvot, sino también a cada situación que encontramos en la vida. Cada circunstancia en la que nos encontramos contiene lecciones hechas a nuestra medida, si tan solo somos capaces de escucharlas. Por ejemplo, si una persona mentalmente inestable comienza a gritarnos en la calle sin razón aparente, en lugar de enojarnos con ella, podemos asumir que, por alguna razón, estamos destinados a escuchar sus palabras. Tal vez haya algún núcleo de verdad en lo que dice que pueda enseñarnos una lección.
La entrega de los Diez Mandamientos en la parashá de esta semana nos enseña que el crecimiento debe ser lento y deliberado. Dios no nos dio un solo mandamiento enorme, sino diez mandamientos individuales. Esto nos enseña que el crecimiento llega paso a paso. Como dice el Talmud (Makot 23b): “Rabí Jananiá ben Akashiá dice que Dios quiso otorgar mérito al pueblo judío y por eso aumentó la Torá y sus mandamientos”.
La Torá debe ser absorbida de a un paso y una mitzvá a la vez. Los Diez Mandamientos reflejan esto al presentar cada mitzvá una tras otra. Este es el significado de la afirmación de Rabí Jananiá ben Akashiá. Dios incrementó la Torá y las mitzvot porque cada una es un peldaño en nuestra escalera espiritual; y cuantos más peldaños tengamos, más seguro y fácil será ascender.
Esto nos ayuda a entender el significado de las tres cosas que inspiraron a Itró a correr por el desierto. Primero vino la partición del mar, donde Itró vio a personas en lo más bajo saltar directamente a lo más alto. Luego oyó acerca de la guerra contra Amalek, donde el pueblo judío cuestionó la existencia de Dios y cayó de nuevo hasta la herejía. Esto ocurrió porque su proceso de teshuvá avanzó demasiado rápido. Itró sabía que él también era un arrepentido y temía que quizá él también había avanzado demasiado deprisa.
Por eso dice que él oyó acerca de la entrega de la Torá, que fue un proceso gradual. Primero Dios dio los Diez Mandamientos y luego el resto de las leyes. Dio la Torá paso a paso, mitzvá por mitzvá. Al ver esto, Itró dijo: “Necesito aprender a crecer a un ritmo lento y constante, en lugar de asumirlo todo de una vez y provocar mi propia rebelión”.
Por eso se destacan estos tres acontecimientos. Esto también nos ayuda a entender la respuesta a la segunda pregunta: por qué la Torá se refiere a Itró en el versículo inicial como “sacerdote de Midián, suegro de Moshé”. Esto muestra que, aunque se convirtió en el suegro del gran Moshé, Itró reconoció que en lo profundo de su interior aún permanecía una parte de la idolatría de Midián. Ya había probado eso, y necesitaba asegurarse de que su viaje de sacerdote de Midián a suegro de Moshé fuera permanente y significativo.
Dios quiere que crezcamos a un ritmo que sea saludable para nosotros y que no asumamos demasiado de una sola vez para terminar dándole la espalda a toda la Torá. Eso ciertamente no es la voluntad de Dios. Más bien, hagámoslo con cautela, un paso a la vez, a un ritmo saludable y productivo. De esa manera, podemos llegar a ser todo lo que realmente podemos ser.
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