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Un pueblo que habita solo

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Balak (Números 22:2-25:9 )

por Rav Jonathan Sacks

Este es un momento extraordinario de la historia judía, por algunas buenas razones y por otras no tan buenas. Por primera vez en casi 4.000 años tenemos simultáneamente soberanía e independencia en la tierra y en el estado de Israel, y libertad e igualdad en la diáspora. Hubo otros momentos, demasiado breves, en los que los judíos tuvieron una u otra cosas, pero nunca antes tuvimos las dos cosas a la vez. Y esta es la buena noticia.

Sin embargo, la noticia menos buena es que el antisemitismo ha regresado con la memoria vívida del Holocausto. El estado de Israel se encuentra aislado en el ámbito político internacional. Sigue rodeado de enemigos. Y es la única nación entre las 193 que forman parte de las Naciones Unidas cuyo derecho a existir constantemente es puesto en tela de juicio y todo el tiempo se encuentra bajo amenaza.

Teniendo en cuenta todo esto, pareciera ser el momento adecuado para reexaminar las palabras que aparecen en la parashá de esta semana, pronunciadas por el profeta pagano Bilaam, lo que muchos consideran el resumen más preciso de la historia y el destino judío:

Desde los picos de las rocas los veo,

Y desde las colinas los atisbo.

He aquí un pueblo que habita solo

Y entre los pueblos no será contado (Números 23:9)

Para dos importantes diplomáticos israelíes del siglo XX, Iaakov Herzog y Naftali Lau-Lavie, estos versículos sintetizan el sentir del pueblo judío después del Holocausto y del establecimiento del Estado de Israel. Herzog, hijo de un Gran Rabino de Israel y hermano de Jaim, quien se convirtió en presidente de Israel, fue director general de la oficina del primer ministro desde 1965 hasta su fallecimiento en 1972. Naftali Lavie, un sobreviviente del Holocausto que se convirtió en el cónsul general de Israel en Nueva York, vivió para ver a su hermano, Rav Israel Meir Lau, ser nombrado Gran Rabino de Israel. La colección de ensayos de Herzog fue publicada con el título tomado de las palabras de Bilam: "Un pueblo que habita solo". La obra de Lavie, "La profecía de Bilaam", también hace referencia a estos versículos.1

Para ambos, el versículo expresa la singularidad del pueblo judío; por un lado, su aislamiento, por otro lado, su desafío y resiliencia. A pesar de haber enfrentado oposición y persecución de algunas de las mayores superpotencias, las sobrevivió a todas.

Ante el retorno del antisemitismo, vale la pena reflexionar en una interpretación particular del versículo, dada por el director de la ieshivá de Volozhin, Rav Naftali Tzvi Iehudá Berlín (el Netziv, Rusia, 1816-1893). El Netziv interpretó el versículo de la siguiente manera: todas las otras naciones, cuando su pueblo salió al exilio y se asimiló a la cultura dominante, encontraron aceptación y respeto. Con los judíos, fue exactamente lo contrario. En el exilio, cuando se mantuvieron fieles a su fe y a su forma de vida, pudieron vivir en paz con sus vecinos gentiles. Cuando trataron de asimilarse, fueron menospreciados y denigrados.

El Netziv dice que el texto debe leerse de la siguiente forma: “Si es un pueblo que está contento de estar solo, fiel a su identidad distintiva, entonces podrá vivir en paz. Pero si los judíos quieren vivir como elr esto de las naciones, éstas no los considerarán dignos de respeto”.2

Esta es una afirmación muy significativa, dado el momento y el lugar en que fue expresada, en Rusia a fines del siglo XIX. En esa época, muchos judíos rusos se habían asimilado, algunos de ellos convirtiéndose al cristianismo. Pero el antisemitismo no disminuyó. Creció, explotando con violencia en los pogromos que se produjeron en más de cien pueblos en 1881, seguido por las antisemitas "Leyes de Mayo" de 1882. Al comprender el peligro que corrían de permanecer allí, entre 3 y 5 millones de judíos huyeron hacia el Occidente.

Fue en ese momento que León Pinsker, un médico judío que creía que el desarrollo del humanismo y del Iluminismo pondrían fin al antisemitismo, cambió radicalmente de opinión y escribió uno de los primeros textos del sionismo secular: "Autoemancipación" (1882). Con palabras llamativamente parecidas a las del Netziv, dijo: “Al buscar la fusión con otros pueblos, los judíos renunciaron deliberadamente a una parte de su propia nacionalidad. Sin embargo, en ningún lugar lograron obtener de sus conciudadanos un reconocimiento como nativos con un estatus equivalente”. Intentaron ser como todos los demás, pero eso los dejó todavía más aislados.

Algo parecido ocurrió en Europa Occidental. Lejos de terminar con la hostilidad hacia los judíos, el Iluminismo y la Emancipación generaron una simple mutación de la judeofobia religiosa al antisemitismo racial. Nadie se refirió a este tema con mayor agudeza que Teodoro Herzl en "El Estado Judío" (1896):

Honestamente, en todas partes hemos tratado incorporarnos en la vida social de las comunidades que nos rodean y preservar la fe de nuestros padres. No nos permitieron hacerlo. En vano somos patriotas leales, en algunos casos nuestra lealtad ha llegado a situaciones extremas; en vano hemos hecho los mismos sacrificios de vida y propiedad que nuestros compatriotas; en vano luchamos por incrementar la fama de nuestros países nativos en los terrenos de la ciencia y el arte, en su riqueza y comercio. En países en los que hemos vivido durante siglos nos siguen tratando como extranjeros... Si tan sólo nos dejaran en paz... Pero creo que no nos dejarán en paz.

Herzl dio a entender que cuanto mayor sea el éxito que tengamos en ser como los demás, más nos odiarán. Conscientemente o no, estas voces del siglo XIX hacen eco a los sentimientos articulados hace 26 siglos por el profeta Ezequiel, al hablar en nombre de Dios a los judíos exiliados en Babilonia que querían asimilarse

Ustedes dicen: “Queremos ser como las naciones, como los pueblos del mundo, que adoran la madera y la piedra". Pero eso que tienen en la mente nunca ocurrirá.” (Ezequiel 20:32)

El antisemitismo es uno de los fenómenos más complejos de la historia del odio, y no es mi intención simplificarlo. Pero hay algo significativo que perdura en la convergencia entre las palabras del Netziv, uno de los grandes rabinos de su época, y de los dos grandes sionistas seculares, Pinsker y Herzl, pese a sus diferencias en muchas otras áreas. La asimilación no es un remedio contra el antisemitismo. Si no te quieren por lo que eres, no te querrán más por pretender ser lo que no eres.

Los judíos no pueden curar el antisemitismo. Sólo pueden hacerlo los antisemitas, junto con la sociedad a la cual pertenecen. La razón es que los judíos no son la causa del antisemitismo. Son el objeto del mismo, lo cual es muy diferente. La causa del antisemitismo es una profunda enfermedad de las culturas en las cuales aparece. Ocurre cuando una sociedad siente que algo no anda bien, cuando hay una disonancia cognitiva profunda entre la forma en que funcionan las cosas y cómo la gente piensa que deberían ser. Entonces el pueblo se enfrenta a dos posibilidades. O se preguntan: “Qué es lo que hicimos mal?” y comienzan a cambiar las cosas, o puede preguntarse: “Quién nos hizo esto?” y comienzan a buscar un chivo expiatorio.

Siglo tras siglo los judíos han sido convertidos en los chivos expiatorios por eventos que no tenían nada que ver con ellos, desde las plagas y el envenenamiento de los pozos de agua en el medioevo hasta las tensiones internas del cristianismo, la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y la baja productividad de muchos estados islámicos de la actualidad. El antisemitismo es una enfermedad y no puede ser curada por los judíos. Es también algo muy malo, y los que lo toleran cuando podrían haber protestado, son cómplices de ese mal.

No tenemos que disculparnos por nuestra insistencia en ser diferentes. El judaísmo comenzó como una protesta contra los imperios, simbolizados por Babilonia en Génesis, y el antiguo Egipto en Éxodo. Estos fueron los primeros grandes imperios, y ellos lograron la libertad de unos pocos a costa de la esclavitud de muchos.

Los judíos siempre irritaron a los imperios por su insistencia en la dignidad de los individuos y en su libertad. El antisemitismo es el último suspiro de una cultura en declive o la primera señal de un nuevo totalitarismo. Dios les ordenó a nuestros ancestros ser diferentes, no porque fueran mejores que otros (“no es por su rectitud que Dios les está dando esta buena tierra” - Deuteronomio 9: 6), sino porque siendo diferentes le enseñamos al mundo la dignidad de la diferencia. Los imperios buscan imponer la unidad en un mundo pluralista. Los judíos saben que esta unidad existe en el cielo. Dios creó diversidad sobre la tierra.

Hay una diferencia fundamental entre el antisemitismo de hoy y el de sus precursores en el pasado. Hoy tenemos el Estado de Israel. Ya no necesitamos temer lo que descubrieron los judíos en la Conferencia de Evian de 1938, cuando las naciones del mundo cerraron sus puertas y los judíos no tenían ni un centímetro cuadrado de tierra que pudieran considerar su hogar. Hogar en el sentido de Robert Frost: “un lugar en el que cuando deseas entrar, deben permitirte hacerlo”.3 Hoy tenemos un hogar, y cada ataque a los judíos y a Israel sólo sirve para volver más fuertes a los judíos y a Israel. Es por esto que el antisemitismo no sólo es algo malvado sino también autodestructivo. El odio destruye al que odia. Nadie nunca ganó nada por convertir a los judíos, o a cualquier otro grupo, en los chivos expiatorios de sus propios pecados.

Nada de esto disminuye la seriedad con la cual debemos emprender junto con otros la lucha contra el antisemitismo y cualquier otra forma de odio religioso o racial. Pero las palabras de Netziv siguen vigentes. No debemos abandonar nunca nuestra singularidad. Eso es lo que nos hace ser lo que somos. Tampoco hay una contradicción entre esto y el universalismo de los profetas. Por el contrario, y esta es una idea transformadora de vida: nuestra universalidad radica en nuestra singularidad. Siendo lo que sólo nosotros somos, contribuimos a la humanidad con lo que sólo nosotros podemos brindar.


NOTAS:

  1. Iaakov Herzog, A people that dwells alone, Weidenfeld and Nicolson, 1975. Naftali Lau-Lavie, Bilaam’s Prophesy, Cornwall Books, 1998. En la introducción, Amijai Yehudá cita este versículo. Sin embargo, en hebreo esta obra fue llamada "Am ke-Lavie", en referencia a las palabras posteriores de Bilaam: “El pueblo se levanta como un león; ellos se levantaron como cachorro de león” (Números 23: 24). Esto es un juego de palabras porque el nombre Lavie en hebreo significa “león”.
  2. Ha-amek Davar sobre Números 23: 9.
  3. Robert Frost, "The Death of the Hired Man" https://wwwpoetryfoundation/ poems/44261/the-death-of-the-hired-man



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