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Un reproche efectivo

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Kedoshim (Levítico 19-20 )

por Rav Isajar Frand

Ciertamente reprenderás a tu prójimo y no portarás pecado a causa de él (19:17)

Todos los judíos son mutuamente responsables los unos por los otros. Por lo tanto, si un judío ve que otro comete un pecado, debe reprenderlo y corregirlo. Pero, ¿Cómo debemos reprenderlo? Esto es algo muy difícil de hacer. De hecho, es una de las mitzvot más difíciles de cumplir debidamente.

Las palabras finales del mandamiento son: "velo tisa alav jet", "no portarás pecado a causa de él". ¿Qué significa exactamente esto? Rashi explica que si avergüenzas a la persona que reprendes, entonces cometes un pecado. Esta es una pauta importante para la mitzvá de reprender. Se lo debe hacer con cuidado, con discreción y con mucha gentileza. De lo contrario, avergonzarás a la otra persona. Entonces no sólo habrás fracasado en tu reproche, sino que también habrás cometido un grave pecado.

Rav Guedalia Schorr sugiere otra interpretación basada en una traducción diferente de las palabras "velo tisa alav jet". Esto puede leerse como "no eleves el pecado sobre él". No magnifiques el pecado y disminuyas a la persona.

Si ves que alguien comete un pecado, no enfatices la magnitud del pecado. No digas: "¿Cómo puedes hacer algo tan terrible?" Eso es elevar sobre el pecado, disminuirlo ante la magnitud de lo que ha hecho. De esta forma provocas que la persona sienta que mide medio centímetro. Esta no es la forma de reprochar. Es ofensivo y prácticamente está garantizado que no será efectivo. Es mejor colocar el énfasis en la persona y decir: "¿Cómo es posible que una persona como tú haga algo así?". Es mejor elevar a la persona sobre su pecado, mostrarle que hacer eso está por debajo de su nivel. Que es demasiado grandiosa para hacer algo así. Esta es la forma de reprochar con verdadera bondad y con un efecto duradero.

Una vez le pidieron a un rabino que fuera a hablar en un pueblo vecino, y él eligió como tema de la charla el reproche. Después de hablar sobre la importancia de reprochar de la forma debida, contó una historia.

"No escuché esta historia de primera fuente, pero la escuché muchas veces y creo que es verdadera. El Jafetz Jaim tenía una ieshivá en el pueblo polaco de Radin. En esos días, a comienzos del siglo XX, había muchas presiones sobre los jóvenes estudiantes de ieshivá. Algunos de sus pares abandonaban la fe y buscaban pastos más verdes en el socialismo, el sionismo secular o simplemente en la vida secular. Supongo que era inevitable que algunos de los jóvenes de la ieshivá se vieran afectados, que un pequeño grupo hiciera cosas que ningún joven de ieshivá haría hoy en día.

"Una vez vieron que uno de los jóvenes de la ieshivá del Jafetz Jaim estaba fumando en Shabat. Le contaron esto al Jafetz Jaim y él mandó a llamar a este joven a su habitación. El joven estuvo en la habitación del Jafetz Jaim como dos minutos, y después de eso, cumplió minuciosamente las leyes del Shabat.

"¿Pueden imaginarse cómo debe haber sido el reproche del Jafetz Jaim? ¡Ay!, si pudiera llegar a saber lo que ocurrió en esa habitación en esos dos minutos… ¿Qué fue lo que el Jafetz Jaim le dijo a ese jovencito? Para nosotros sería como un faro de luz. Estoy seguro que a todos nos gustaría saber qué fue lo que le dijo. Pero no lo sabemos. Por lo tanto, sólo podemos tratar de hacer lo mejor que podemos".

Cuando el rabino terminó de hablar, se le acercó una persona. Su rostro estaba empapado de lágrimas. "Rabino, yo puedo decirle lo que el Jafetz Jaim le dijo a ese muchacho. Yo era ese jovencito".

El rabino no pudo creerlo. "Por favor, dígamelo", susurró.

"Cuando me mandaron a llamar a la habitación del Jafetz Jaim, me sentí aterrorizado. ¿Qué podría decirle al gran tzadik? ¿Cómo podría justificar el hecho de fumar en Shabat? ¡Y precisamente en su ieshivá! Ni siquiera lo podía justificar para mí mismo. Fue una de esas cosas tontas y apresuradas que hacen a menudo los jóvenes sin ni siquiera pensarlo. Entré a su habitación, y allí estaba, con su rostro deformado por una mueca de dolor. Se me acercó. Su cabeza apenas llegaba a mi pecho. Tomó mis manos en las suyas. 'Shabes', dijo suavemente, y comenzó a llorar. Después de un minuto, me miró y volvió a decir: 'Shabes'. Sus lagrimas ardientes caían sobre mis manos y el sonido de sus gemidos penetró en mi corazón. Eso fue todo lo que hizo falta. Dos minutos del dolor del Jafetz Jaim".

El Jafetz Jaim no menospreció a este joven, No lo reprendió ni lo rebajó. Suavemente, pero con fuerza, le inculcó la naturaleza sagrada del Shabat. Esa fue la reprimenda más eficaz que pudo haberle dado.

El principio de Rabí Akiva

Una de las expresiones más famosas de Rabí Akiva es "veahavta lereaja kamoja – Ama a tu prójimo como a ti mismo. Este es un principio fundamental de la Torá". Esta mitzvá es uno de los pilares de toda la Torá. Encontramos un pensamiento similar expresado por Hilel. El Talmud (Shabat 31a) cuenta que un gentil que quería convertirse al judaísmo le pidió a Hilel que le enseñara toda la Torá "mientras estaba parado en un pie". Hilel le respondió: "No hagas a los demás lo que odias que te hagan, esa es la esencia de la Torá. Todo el resto es su explicación".

Me parece que Rabí Akiva era el más adecuado para hablar sobre la importancia de esta mitzvá. Rabí Akiva era un gran rosh ieshivá, con muchos miles de estudiantes, y él experimentó una terrible tragedia. Todos sus veinticuatro mil estudiantes murieron durante el período del Ómer entre Pésaj y Shavuot. Es una cifra increíble, un número que no entra en nuestra consciencia ni siquiera en las enormes ieshivot de la actualidad.

¿Cómo hubiéramos enfrentado nosotros semejante golpe? ¿Qué hubiéramos hecho si todos nuestros veinticuatro mil estudiantes murieran de golpe debido a un defecto de carácter? Una catástrofe que inevitablemente debe reflejar algo negativo sobre su rosh ieshivá. En primer lugar, por supuesto, tendríamos que enfrentar un grave episodio de depresión y abatimiento. Y si lográramos superar eso, probablemente nos jubilaríamos con el corazón quebrado.

¿Qué fue lo que hizo Rabí Akiva? El Talmud (Ievamot 62b) nos dice: "Cuando murieron los alumnos de Rabí Akiva y el mundo quedó desolado, él se fue al sur de Eretz Israel y comenzó todo de nuevo".

Sin dudas Rabí Akiva tenía una increíble resiliencia. Sin importar cuán grande fuera el desastre que sufría, él encontraba un rayo de luz en medio de la nube más oscura. Él descubría algo positivo, algo que le daba una nueva esperanza, y eso le brindaba la fuerza y la confianza para comenzar todo de nuevo. "¡No todo está perdido!", proclamaba cuando había perdido prácticamente todo.

Rabí Akiva vivió la destrucción del Beit HaMikdash. El Talmud (Makot 24a) relata que varios Sabios caminaron por las ruinas del Beit HaMikdash y vieron que salió un zorro del sitio del Kódesh HaKodashim. Todos comenzaron a llorar, excepto Rabí Akiva que comenzó a reírse. "¿Por qué te ríes?", el preguntaron. Les respondió: "Porque si la profecía de la destrucción se completó de forma literal, entonces también la profecía de la redención se volverá literalmente una realidad".

Esta capacidad de divisar la luz en la más profunda oscuridad, de encontrar lo positivo, la chispa de esperanza en los peores momentos, llevó a que Rabí Akiva estuviera singularmente sintonizado con la mitzvá de amar a los demás. Él, más que nadie, era capaz de ver el valor de todas las personas y amarlas por lo que eran.

El Baal Shem Tov dio una perspectiva adicional respecto al concepto de amar al prójimo "como a uno mismo". Cuando una persona se levanta a la mañana y se analiza a sí misma, piensa: "Básicamente soy una buena persona. Tengo mis fallas y mis defectos, no soy perfecto. Pero tengo más aspectos buenos que malos". El Baal Shem Tov dice que así es como debemos evaluar a nuestro semejante. Básicamente es bueno. Podemos pasar por alto sus defectos.




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