10 razones por las que amo ser judía


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Un encuentro entre vecinos tomó un giro inquietante.
La mañana después de que un tornado atravesara mi barrio en las afueras de Kansas, salí al patio y descubrí un árbol de 18 metros de altura tendido a mis pies. Pronto resultó evidente que retirar el árbol sería demasiado para un proyecto de bricolaje, así que contraté a un profesional.
Se presentó unos días después. Cuarenta y tantos años, como yo. De complexión robusta por años de trabajo al aire libre, con un tatuaje de la bandera estadounidense en el antebrazo; el tipo de hombre que te estrecha la mano y lo hace de verdad. Durante los tres días que trabajó en mi jardín, descubrí que era voluntario en su iglesia; que había adoptado a su sobrina con necesidades especiales cuando la adicción de su hermana le impidió hacerse cargo de ella; que amaba su trabajo porque le permitía ayudar a la gente en el peor día de su semana. A juzgar por cualquier criterio honesto, era un mensch estadounidense de pies a cabeza.
A juzgar por cualquier criterio honesto, era un mensch estadounidense de pies a cabeza.
Es muy evidente que mi casa es judía. Uso kipá. Siempre me he sentido identificado con llevar mi kipá, sin importar en qué punto de mi recorrido de observancia religiosa me encontrara. Hay banderas de Israel dentro de mi casa. Galgalatz suena en los parlantes y hay mezuzot en todas las puertas. Mi nombre, Iosef Silver, es evidentemente judío (para cualquiera que no intente insertar una “u” adicional entre la “o” y la “s”).
Este hombre sintió curiosidad y no era para nada tímido. Me preguntó sobre mi vida y mi comunidad; tímidamente rompió el hielo preguntando por el “pequeño sombrero” que llevaba en la cabeza y si todos los judíos los usan todo el tiempo. Preguntó por el desfile de amigos, niños y vecinos que entraban y salían de la casa sin avisar mientras él trabajaba. Escuchó conversaciones telefónicas sobre comidas compartidas de Shabat y asados de verano, y también preguntó por ellas. Yo estaba encantado de compartir.
Me contó lo rica que era su vida gracias a su iglesia y a su comunidad, y lo feliz que estaba de ver un sentido de unidad en una sociedad donde tantas personas ni siquiera conocen los nombres de sus vecinos. Le conté sobre el “grupo juvenil para adultos” que había fundado para derribar barreras para personas que no estaban seguras de dónde encajaban y necesitaban un nuevo espacio para la expresión judía. Le gustó; dijo que su iglesia estaba intentando encontrar una solución para lo mismo.
Durante tres días trabajamos juntos, entrando en un ritmo natural, transportando ramas y troncos desde el patio trasero hasta su enorme trituradora de madera estacionada frente a mi casa, y retirando árboles caídos no solo de mi jardín, sino también de los jardines de los vecinos. Yo tomaba tazas de té mientras él bromeaba sobre la Revolución estadounidense y bebía su Big Gulp. Mis hijos salían a mirar cómo caían las ramas grandes y los troncos se cortaban en leña. Y entonces, el trabajo terminó.
Nos quedamos de pie junto a su camioneta. Me estrechó la mano y dijo que volvería cuando lo necesitara. Dijimos que deberíamos tomar una cerveza. Entonces, con la misma calidez que había mostrado durante los tres días, con la sonrisa espontánea de un hombre que había decidido que yo le caía bien, dijo:
“No sé por qué a la gente no les gustan ustedes, los judíos. De todos modos, ustedes parecen blancos”.
No dije nada. Simplemente me quedé allí parado. Mientras el impacto de su comentario me invadía, él subió a su camioneta y se marchó.
Eso ocurrió hace cuatro años. Cada vez que cuento esta historia, siento lo mismo que aquella primera vez. Ese comentario (que pretendía ser una amabilidad, una muestra de aceptación y bienvenida) reveló algo completamente diferente. Me había observado detenidamente, incluso había llegado a conocerme, y había decidido que yo era aceptable. Que, como podía pasar por blanco, por estadounidense, por normal, había sido aprobado. Nunca llegamos a tomar esa cerveza.
Mi casa sigue llena de la alegría de amigos que aparecen sin avisar. Los viernes, ni siquiera me molesto en cerrar la puerta de entrada. La gente entra por la puerta mosquitera y deja una jalá o recoge un poco de hummus, comparte unas galletas o aparece con flores. Porque eso también es lo que significa ser judío hoy.
No importa cómo te veas, seas judío o no. Esta casa judía está abierta para ti.
Viernes por la noche llenos del sonido de Shalom Aleijem, mesas de Shabat abarrotadas al máximo. Fiestas de Sucot que parecen como si una pequeña ciudad hubiera descendido sobre mi casa. Mesas de Séder hasta altas horas de la noche y fiestas de Janucá que se prolongan hasta la madrugada. Una casa llena de canciones y risas. Havdalá en el patio y fogatas en el jardín que queman la madera del tornado de aquel verano, aquel árbol que dio comienzo a todo esto y que ahora nos mantiene calientes.
No importa cómo te veas, seas judío o no. Esta casa judía está abierta para ti. Mis hijos están viviendo vidas que, hace menos de cien años, otros intentaron impedirles vivir.
Quizás eso sea lo que el hombre de la motosierra necesita ver.
Este artículo apareció originalmente en el Substack de Zibby Owens, On Being Jewish Now.
Imagen del título: por Greg Johnson en Unsplash.
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