Un zoológico de seres humanos y la ciencia del alma

09/08/2026

11 min de lectura

¿El ser humano es inherentemente diferente de cualquier otra criatura?

En agosto del 2005, el Zoológico de Londres fue el primero del mundo en presentar una nueva exhibición: seres humanos. Tras un exhaustivo proceso de selección, se eligieron ocho participantes (entre ellos un químico) para servir como pioneros de esta innovadora atracción. Encerrados en jaulas y acompañados por cuidadores, estos ocho hombres y mujeres se comportaban de manera semejante a los monos. Al igual que los demás habitantes del zoológico, los humanos disponían de diversos entretenimientos: juegos de mesa, música, pinturas y pelotas.

A la entrada del recinto había un cartel que decía: "Advertencia: Humanos en su entorno natural". Allí los cautivos podían verse sobre una plataforma rocosa dentro del recinto de los osos, vestidos únicamente con traje de baño y hojas de higuera sujetas con alfileres.

Tom Mahoney, de 26 años, decidió participar en la exhibición. Él explicó: "Mucha gente cree que los seres humanos están por encima de los demás animales. Ver aquí a los humanos como animales nos recuerda que, en realidad, no somos tan especiales".

La ciencia del siglo XXI sostiene que el ser humano no es más que un primate altamente sofisticado. Desde esta perspectiva, no tendría nada de malo comportarse como un animal, porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos.

Pero ¿cuál es la verdad? ¿Somos simplemente animales con una capacidad intelectual más desarrollada? ¿O, como enseña el judaísmo, el ser humano es en parte un animal, pero posee además un alma especial creada a imagen de Dios?

El intento contemporáneo más contundente por borrar la diferencia entre seres humanos y animales proviene del profesor de Bioética de la Universidad de Princeton, Peter Singer. El profesor Singer, considerado uno de los iniciadores del movimiento por los derechos de los animales, promueve la llamada "liberación animal", que él equipara con los movimientos de liberación de los afroamericanos y de las mujeres.

El profesor Singer también acuñó el término despectivo "especista", en analogía con "racista" o "sexista", para referirse a quienes "otorgan mayor importancia a los intereses de los miembros de su propia especie cuando estos entran en conflicto con los intereses de otras especies".

¿Es casualidad que el profesor Singer, cuya carrera comenzó defendiendo la igualdad entre animales y seres humanos, se hiciera posteriormente conocido por su firme apoyo al infanticidio y la eutanasia? Llegó a escribir: "Matar a un bebé con graves discapacidades no es moralmente equivalente a matar a una persona. A veces no está mal en absoluto" (Washington Times, 22 de octubre de 1999).

Su libro Ética práctica es uno de los textos más utilizados en ética aplicada y él mismo fue autor del artículo principal sobre ética en una edición de la Enciclopedia Británica.

¿Y si el prof. Singer tuviera razón? ¿Existe realmente alguna diferencia esencial entre los seres humanos y los animales?

En cualquier caso, ¿qué importancia tendría eso?

Las ramificaciones son evidentes. En el reino animal no existe la responsabilidad moral. Un león no es considerado un "criminal", un "asesino" o un "desviado" por matar.
Allí rige la ley de la supervivencia del más apto. El darwinismo social, derivado de la teoría de Darwin, sostiene la idea de que el ser humano (como un simio más sofisticado) también está sujeto a la selección natural y a la supervivencia del más fuerte.

El propio Darwin previó algunas consecuencias de su teoría. Él escribió: "En algún período futuro, no muy lejano si se mide en siglos, las razas civilizadas del hombre exterminarán y reemplazarán casi con toda seguridad a las razas salvajes en todo el mundo". (El origen del hombre, 1871).

Apoyándose en esta idea, Hitler logró convencer a gran parte del mundo civilizado de que un determinado pueblo (los judíos) era salvaje y despreciable, digno de ser exterminado. La teoría racial alemana consideraba al ser humano como otra especie animal, completamente sometida a las leyes de la "selección natural". Desde una perspectiva estrictamente darwinista, los alemanes estaban tan justificados como los organizadores de la exhibición de "Seres Humanos" del Zoológico de Londres. En teoría, ¿qué tendría de malo que un darwinista, simplemente porque no le gusta el color o el estilo de tu cabello, decidiera eliminar tus genes del patrimonio genético de la humanidad?

El centro del debate: el alma

¿Existe realmente una diferencia entre los seres humanos y los animales? Y si existe, ¿cuál es?

Desde el punto de vista fisiológico, somos muy parecidos. La ciencia ha revelado que los chimpancés comparten aproximadamente el 99,4% de su material genético con los seres humanos. Incluso hay científicos que han propuesto clasificar a los chimpancés dentro del género Homo sapiens.

Además, muchas de nuestras actividades cotidianas son similares a las de la mayoría de los animales. Tanto humanos como animales comen, duermen, socializan, juegan, se aparean, se reproducen, cuidan de sus crías y viven en grupos sociales. ¿En qué nos diferenciamos de los animales?

En su intento de demostrar que "las diferencias entre nosotros y los demás animales son diferencias de grado y no de naturaleza", el profesor Singer presenta —y luego descarta— varias características que tradicionalmente se consideraban exclusivamente humanas:

Antes se decía que solo los seres humanos utilizaban herramientas. Después se observó que el pájaro carpintero de las islas Galápagos emplea una espina de cactus para extraer insectos de las grietas de los árboles. Entonces se sugirió que, aunque algunos animales usan herramientas, solo los seres humanos las fabrican. Pero Jane Goodall descubrió que los chimpancés en las junglas de Tanzania mastican hojas para fabricar una especie de esponja con la que absorben agua y también preparan ramas quitándoles las hojas para convertirlas en herramientas destinadas a capturar insectos. Otro criterio diferenciador parecía ser el lenguaje. Sin embargo, chimpancés y gorilas han aprendido lenguaje de señas, y existen indicios de que ballenas y delfines poseen formas complejas y propias de comunicación.

Quizá el profesor Singer tenga razón. Si la única diferencia entre los animales y los seres humanos consiste en que superamos genéticamente a los monos por apenas un 0,6%, entonces la diferencia sería solo de grado y no de naturaleza. ¿Con qué derecho, entonces, discriminamos entre animales y seres humanos?

De hecho, en muchos aspectos somos inferiores a diversos animales. Jamás podríamos competir con la velocidad de nado de la mayoría de los peces. Nuestra agilidad no se compara con la de un mono. Un elefante puede levantar con su trompa pesos que harían colapsar al ser humano más fuerte. El sentido del olfato de un perro es entre 10.000 y 100.000 veces más potente que el nuestro. Un murciélago ciego, gracias a la ecolocalización, puede desplazarse por el recorrido más complejo sin chocar con los obstáculos.

El profesor Singer señala: "Que existe un enorme abismo entre los seres humanos y los animales fue algo incuestionable durante la mayor parte de la historia de la civilización occidental". ¿Por qué? Porque la mayoría de las personas creía en el relato bíblico según el cual Dios creó al hombre "a Su imagen". La Biblia afirma que Dios insufló en Adam un alma —un alma inmortal—, y que esa alma constituye la diferencia esencial entre los seres humanos y los animales.

La Biblia también describe el plan divino al crear al ser humano y el mandato de que este ejerza dominio sobre los animales (significativamente, en el mismo versículo):
"Y dijo Dios: 'Hagamos al hombre... y que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, las bestias de la tierra y todo ser viviente que se arrastra sobre la tierra'".

La superioridad del ser humano sobre los animales parece deberse precisamente a esa supuesta alma divina.

Si pudiera demostrarse la existencia de esa alma, incluso el profesor Singer tendría una razón para comer hamburguesas de carne y dejar vivir a los bebés con graves discapacidades.

Cómo hacer feliz a una vaca

Supongamos que por alguna razón te encargan una misión muy peculiar: hacer feliz a una planta. ¿Cómo se hace feliz a una planta? Basta con proporcionarle la cantidad adecuada de luz, aire y agua, y probablemente tendrás una planta saludable.

Tu siguiente tarea es hacer feliz a una vaca. ¿Cómo haces feliz a una vaca? Además de luz, aire y agua, la vaca necesita alimento, ejercicio y la posibilidad de reproducirse. Las vacas que cuentan con todo eso rara vez se quejan de depresión.

Ahora viene el verdadero desafío: ¿Cómo se hace feliz a un ser humano?

El Dr. Abraham Maslow dedicó años al estudio de personas psicológicamente sanas. Sus investigaciones dieron origen a la famosa jerarquía de las necesidades humanas. En el nivel más básico se encuentran las necesidades fisiológicas: aire, agua, alimento, sueño, etc. Es decir, aquellas que compartimos con los animales. Pero cuando estas necesidades están satisfechas, el ser humano no queda plenamente conforme. Entonces surge la necesidad de seguridad: estabilidad y orden. Una vez satisfecha esta necesidad, aparece el deseo de amor y pertenencia. Después de tener amor, los humanos anhelan estima y reconocimiento.

Cuando todas esas necesidades "inferiores" han sido satisfechas, emerge algo exclusivamente humano: la autorrealización. Maslow la definió como: "el deseo de convertirse cada vez más en aquello que uno es; de llegar a ser todo aquello de lo que uno es capaz de ser". Esta necesidad se expresa en la búsqueda del conocimiento, la paz interior, experiencias estéticas, la realización personal, la experiencia religiosa y el servicio desinteresado a los demás.

Ninguna vaca ni ningún chimpancé se detendrá jamás a contemplar un cuadro de Rembrandt, no deseará aprender algo que no tenga utilidad inmediata para su supervivencia ni se ofrecerá voluntariamente para una misión humanitaria. Esta es una diferencia no simplemente cuantitativa sino cualitativa entre los humanos y los animales.

El origen de esa necesidad exclusivamente humana de autorrealización reside en el alma. Pero... ¿es posible demostrar la existencia del alma?

¿Dónde habita el verdadero "yo"?

Aquí aparece una dificultad. Solemos decir que hay que "ver para creer". Pero el alma, por definición, es una realidad espiritual e inmaterial. No puede observarse ni siquiera con el microscopio electrónico más avanzado. Entonces, ¿cómo puede ser posible demostrar su existencia?

Prácticamente todos los físicos aceptan que los agujeros negros existen, aunque nadie los haya visto jamás ni pueda llegar a verlos. Su enorme densidad y su intensísimo campo gravitatorio impiden que escape de ellos cualquier forma de materia o radiación electromagnética. Por esa razón son invisibles para cualquier instrumento. Sin embargo, su existencia se deduce por los efectos que producen sobre los cuerpos celestes que los rodean. Por ejemplo, en 1994 los astrónomos concluyeron que en el centro de la galaxia M87 debía existir un objeto con una masa solar de entre 2.500 y 3.500 millones. Es una inferencia realmente impresionante.

De manera similar, diversos fenómenos parecen señalar la existencia del alma. Primero me gustaría formular algunas preguntas:

El neurólogo Robert Collins dijo: "Es asombroso que el cuerpo alimente al cerebro con azúcar y aminoácidos, y lo que salga de ahí sea poesía y piruetas". Los mismos componentes biológicos llegan al cerebro de animales y seres humanos, sin embargo, el resultado es muy diferente. ¿Por qué?

Ahora señala hacia ti mismo. ¿A dónde apuntaste? Lo más probable es que hayas señalado tu pecho o tu corazón. ¿Eres realmente tu corazón? ¿No es simplemente un músculo? ¿Existe un lugar más apropiado para señalar cuando dices "yo"?

Cuando afirmas: "Estoy feliz" ¿Quién es ese "yo" que siente felicidad? ¿Es tu cerebro? ¿El cerebelo? ¿Los pulmones? ¿El hígado? ¿Quién posee realmente ese sentimiento?
Si fueras parapléjico y acabaran de comunicarte que has ganado la lotería, seguramente experimentarías una enorme alegría. ¿Qué parte de ti sentiría esa alegría?

El fallecido actor Christopher Reeve, famoso por interpretar a Superman, sufrió un accidente que lo dejó tetrapléjico y dependiente de un respirador. Durante mucho tiempo cayó en una profunda depresión. Pero luego cambió radicalmente su actitud. Su perspectiva y su manera de ver la vida se volvieron optimistas y llenas de esperanza. Emprendió una misión para ayudar a otras personas que sufrían de parálisis y dificultades neurológicas. ¿Qué fue lo que cambió? Christopher Reeve explicó que llegó a comprender que: "Mi verdadero yo no es mi cuerpo. Mi verdadero yo es algo mucho, mucho más grande. La felicidad no está limitada a mi cuerpo. La felicidad es el placer que obtengo de las sonrisas de mi esposa y de mis hijos. La felicidad surge del verdadero yo cuando llevo felicidad y esperanza a los demás."

A esta altura, probablemente ya reconoces que el verdadero tú no es simplemente tu cuerpo. Aunque perdieras el uso de él debido a un accidente o a una enfermedad, seguirías siendo tú.

¿Quizás el verdadero yo está centrado únicamente en el cerebro? Investiguemos esta posibilidad.

La ciencia de la cibernética ha descubierto muchas semejanzas entre las computadoras y el cerebro humano. La tecnología informática permite programar una transferencia de memoria: tomar toda la información contenida en una computadora y transferirla a otra. Imaginemos que también fuera posible realizar transferencias electromagnéticas del cerebro. La información contenida en el cerebro de una persona podría transferirse, mediante señales electromagnéticas, al cerebro de otra persona.

Supongamos que toda tu "información" (tus recuerdos, conocimientos, experiencias, etc.) fuera transferida a otra persona. ¿Ahora esa persona sería tú? Y si quedaras privado de tus recuerdos y conocimientos, ¿seguirías siendo tú?

Un paciente con amnesia que no puede recordar su propio nombre ni su historia pasada, sus experiencias o los conocimientos adquiridos, aun así conserva un sentido de identidad, una sensación de ser "él mismo". ¿Ese sentido del yo equivale simplemente al cerebro biológico?

Pensemos en los gemelos idénticos. Estos dos seres humanos comparten exactamente el mismo ADN; genéticamente son idénticos. Si el "yo" estuviera ubicado únicamente en el cerebro biológico, y suponiendo que estos gemelos fueran criados en el mismo ambiente, deberían tener personalidades, ambiciones y predilecciones idénticas. Sin embargo, la experiencia demuestra que incluso los gemelos idénticos son individuos distintos, con personalidades únicas. Si sus cerebros son iguales, ¿cómo pueden ser diferentes?

Llevemos la idea aún más lejos. Analicemos el caso hipotético de un clon humano. En teoría, la clonación funciona extrayendo ADN de cualquier célula de una persona, eliminando el núcleo de un óvulo donado y luego introduciendo en ese óvulo el ADN de la persona que se desea clonar. Después, el óvulo se implanta en el útero de una mujer. El bebé que nace es una réplica genética exacta de la persona clonada. Físicamente, el bebé y el ser humano clonado son idénticos. Tienen exactamente el mismo cerebro. ¿Tendría el clon un sentido del yo diferente y único, o sería simplemente como un CD perfectamente copiado?

A fines de la década de 1940, el doctor Donald Hebb comenzó a plantear que la conciencia no es algo separado del cerebro y que los misterios de la mente pueden reducirse a mecanismos biomecánicos. En otras palabras, que el ser humano no posee un alma distintiva. A esta idea se sumaron numerosos científicos, entre ellos el doctor Francis Crick, famoso por sus investigaciones sobre el ADN, quien denominó a su teoría la "Hipótesis asombrosa": "La hipótesis asombrosa sostiene que tú, tus alegrías y tus tristezas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y tu libre albedrío son, en realidad, nada más que el comportamiento de un enorme conjunto de células nerviosas y de las moléculas asociadas a ellas".

Afortunadamente, otros científicos no estuvieron de acuerdo.

El filósofo de la ciencia Sir Karl Raimund Popper escribió: "Quisiera sugerir que el cerebro pertenece al yo". Esto significa que el verdadero yo es una entidad distinta del cerebro.

El famoso neurocirujano Dr. Wilder Penfield afirmó que la mente es un elemento fundamental en sí mismo, que no puede explicarse mediante ningún mecanismo neuronal. Otros científicos quedaron tan desconcertados ante la naturaleza de la mente (en contraposición al cerebro) que uno de ellos llegó a referirse a ella como "el fantasma dentro de la máquina".

El Dr. Penfield llegó a estas conclusiones basándose en sus investigaciones, en las que observó que los pacientes podían ser conscientes de lo que ocurría en el quirófano y, al mismo tiempo, cuando sus cerebros eran estimulados con electrodos, podían experimentar recuerdos vívidos del pasado. Estos pacientes revivían esencialmente acontecimientos anteriores como si estuvieran ocurriendo en ese mismo momento. Sin embargo, no se confundían por la coexistencia de ambas experiencias. Podían incluso decirle al doctor Penfield: "Usted hizo que yo hiciera eso". Era evidente que existía un "yo" consciente que observaba y sabía lo que estaba ocurriendo, y que existía un cerebro (una especie de banco de datos) que estaba siendo activado para evocar acontecimientos del pasado.

El Dr. Penfield no logró encontrar ninguna zona de la corteza cerebral donde la estimulación mediante electrodos provocara que un paciente creyera algo o tomara una decisión. Las funciones del "yo", o del verdadero tú, no pueden explicarse mediante ningún mecanismo neuronal. Como afirmó el neurocientífico profesor Sir John Eccles, ganador del Premio Nobel de Fisiología: "Es un error pensar que el cerebro lo hace todo y que nuestras experiencias conscientes son simplemente un reflejo de la actividad cerebral".

El Dr. Gerald Edelman, uno de los más destacados directores del Instituto de Neurociencias y ganador del Premio Nobel por sus investigaciones en inmunología, intentó demostrar que la mente no existe como una entidad independiente, sino que es simplemente el resultado del proceso de selección darwiniana. Posteriormente capituló y admitió: "No es totalmente reductible; es decir, no puede atribuirse por completo a la mera realidad física o a la evolución".

Otro científico, el Dr. David Chalmers, de la Universidad Nacional de Australia y director del Centro para el Estudio de la Conciencia, sostiene que la conciencia debe considerarse una categoría fundamental de la realidad, al igual que el espacio, el tiempo o la gravedad, y que solo puede explicarse mediante "leyes psicofísicas especiales".

En otras palabras, el verdadero yo es mucho más que el conjunto de procesos biológicos, neuronales y químicos que te permiten leer este artículo. El verdadero yo debe ser algo que trasciende lo puramente físico.

Lo que estos científicos llaman la "mente", el judaísmo lo denomina el alma.

Esa es la esencia del ser humano. Nutrimos nuestro cuerpo con comida, descanso y ejercicio. Nutrimos nuestro cerebro con libros, estudio y aprendizaje. Y nutrimos nuestra alma mediante actos de bondad, la plegaria y el estudio de la Torá. Ahí reside la clave para comprender la ciencia del alma.

En pocas palabras, de eso trata el judaísmo y eso es lo que hace único a ese ser extraordinario llamado ser humano.


Adaptado de "Search Judaism: Judaism's Answers to a Changing World", por Rav Itzjak Fingerer

Haz clic aquí para comentar sobre este artículo
guest
0 Comments
Más reciente
Más antiguo Más votado
EXPLORA
ESTUDIA
MÁS
Explora
Estudia
Más
Contacto
Lenguajes
Menu
Donar
Únete a nuestro newsletter
Redes sociales
.