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Una brújula moral

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Ajarei Mot (Levítico 16-18 )

por Rav Benji Levy

Antes de detallar las relaciones sexuales prohibidas. Dios declaró: "Llevarán a cabo Mis juicios y guardarán Mis decretos; Yo soy Hashem, tu Dios" (Levítico 18:4). Parece extraño que la Torá use dos términos diferentes (juicios y decretos) en la misma frase. Rashi distingue entre estos dos términos. Él explica que la lógica detrás de un juicio es clara. En cambio, los decretos son emitidos por aquellos que tienen autoridad y no necesariamente siempre son entendidos por quienes se ven sujetos a ellos. Es decir que en general entendemos las razones de los juicios, por ejemplo la prohibición de asesinar y de robar (Éxodo 20:13), y los observaríamos incluso sin que existiera un mandamiento impuesto por una autoridad externa. En contraste, respecto a los decretos, como la prohibición de vestir una prenda que combine lana y lino (Levítico 19:19, Deuteronomio 22:11), no hay ninguna razón obvia para actuar de esa manera en ausencia de una orden explícita. Si bien el último parece carecer del razonamiento obvio del primero, ambos derivan de la misma fuente Divina eternamente vinculante, y esto se ve reforzado por la repetición de la expresión: "Yo soy Hashem, tu Dios" a lo largo de este capítulo que está totalmente dedicado a las relaciones prohibidas (Levítico 18:2,4-6, 21, 30). ¿Por qué este capítulo enfatiza tanto el origen Divino de las leyes?

Si se le pide a un grupo de estudiantes universitarios liberales del siglo XXI que definan una ética sexual, su respuesta típica probablemente sería que dos adultos que consientan pueden hacer lo que quieran en privado siempre que eso no cause daño ni obstaculice los derechos de los demás. Sin embargo, aplicar este principio a dos hermanos adultos sería repulsivo para muchos de esos mismos estudiantes. Aunque en principio el incesto entre dos adultos que consienten a cometerlo cumple con la definición antes mencionada, una fuerza moral intuitiva obliga a la mayoría de las personas a diferenciar ciertos casos.

Si las leyes morales se basan en un estándar subjetivo, eventualmente se desafiará incluso la estipulación de que los derechos de los demás no pueden ser obstaculizados. Es famoso que Hitler escribió:

¡Sí, somos bárbaros! ¡Queremos ser bárbaros! Es un título honorable… La providencia ha ordenado que yo fuera el mayor liberador de la humanidad. Estoy liberando a los hombres de la auto mortificación sucia y degradante de una visión falsa (un invento judío) llamado "conciencia" y "moralidad" (Hermann Rauschning, Hitler Speaks)

Cuando el estándar de comportamiento moral deriva de una fuente subjetiva, las compuertas están abiertas. Los aztecas creían que los sacrificios humanos eran necesarios para que el sol saliera (Jacques Soustelle, Daily Life of the Aztecs) y la Torá menciona el sacrificio de niños en el contexto de los que idolatraban a Mólej (Rambán sobre Levítico 18:21). Estos precedentes históricos extremos muestran el grado en el cual la ética personal subjetiva puede justificar actos que hoy instintivamente consideramos inmorales.

La historia muestra las innumerables trampas de la moralidad subjetiva. Si bien no está inmune a trágicas excepciones, el judaísmo siempre ha reverenciado una moralidad objetiva que se adapta en vez de cambiar de acuerdo con el contexto. Quizás esta filosofía de la razón está detrás de la repetición de la frase "Yo Soy Hashem, tu Dios" a lo largo del capítulo que trata sobre las relaciones prohibidas. En un panorama ético en cambio constante, la Torá sirve como una brújula moral objetiva para cada individuo, requiriendo que seamos sensibles a los demás mientras mantenemos un sentido constante de integridad moral.




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