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Una conversación oportuna

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Vaiakel (Éxodo 35:1-38:20 )

por Rav Ari Kahn

Ideas avanzadas basadas en el Midrash y la Cábala.

Moshé fue el líder más grandioso que tuvo el pueblo judío. Hasta el día de hoy nos referimos a él como "Moshé Rabeinu", Moshé nuestro maestro, y no como Moshé el rey ni el redentor. Moshé fue, sobre todo, un maestro. Él nos liberó de la esclavitud, nos guió hasta la Tierra Prometida, nos representó y luchó por nosotros… Pero más que nada fue nuestro maestro.

La lectura de la Torá de esta semana comienza con lo que quizás sea el mayor momento de enseñanza, que tuvo lugar después de varios meses en el que ocurrieron demasiados eventos muy emocionantes: los israelitas salieron de Egipto, fueron testigos de innumerables milagros, lucharon una guerra contra Amalek, recibieron la Torá y experimentaron un nivel de profecía que la humanidad desconocía. Después de eso, algunos de ellos cometieron el error colosal del becerro de oro, todo en unos pocos meses. El destino y el futuro del pueblo judío pendían de un hilo, y las plegarias de Moshé en su defensa fueron aceptadas. Moshé volvió a subir a la cima de la montaña para recibir las nuevas Tablas del Testimonio, que reemplazaron a las que quebró cuando la nación pecó.

Ahora, al descender, finalmente Moshé tiene la oportunidad de enseñarle a toda la nación. Tenía que transmitirles mucho material. Dios le había dado muchas leyes, muchos conceptos y detalles en las diversas ocasiones que subió a la montaña. Moshé enfrentó en ese momento un desafío educativo y espiritual: ¿Por dónde comenzar?

La primera enseñanza de Moshé fue el Shabat:

Moshé congregó a toda la asamblea de los Hijos de Israel y les dijo: "Estas son las cosas que Hashem ordenó hacer. Durante un período de seis días se podrá hacer labores, pero el séptimo día será sagrado para ustedes, un Shabat de reposo completo para Hashem; todo el que haga una labor en él morirá" (Shemot 35:1-3).

Si bien puede haber muchas razones para que Moshé escogiera el Shabat como su primer tema de estudio, vale la pena recordar que las leyes de Shabat fueron el último tema que Dios mencionó antes de darle a Moshé las primeras Tablas.

Hashem habló a Moshé, diciendo: "Y tú, habla a los Hijos de Israel para decir: Sin embargo, guardarán mis Shabatot, pues es un signo entre Yo y ustedes para sus generaciones, para saber que Yo soy Hashem, que los santifica. Guardarán el Shabat, pues es santo para ustedes. Todo el que lo profane ciertamente morirá, porque todo el que haga una labor en ese día, esa alma será cortada de entre su pueblo. Durante seis días se podrá realizar labores y el séptimo es Shabat de cese, sagrado es, para el Eterno, todo el que realice una labor en el día de Shabat ciertamente morirá. Los Hijos de Israel guardarán el Shabat, para hacer el Shabat un pacto perpetuo para sus generaciones. Entre Yo y los Hijos de Israel será un signo para siempre de que en seis días Hashem hizo los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó. Cuando terminó de hablar con él en la montaña del Sinaí, Él entregó a Moshé las dos Tablas del Testimonio, tablas de piedra escritas por el dedo de Dios (Shemot 31:12-18).

Sin embargo, la repetición de las leyes de Shabat no es un recurso literario. Detrás de la elección de Moshé para su primera lección hay algo mucho más importante.

Consideremos el momento: las leyes del Shabat fueron las últimas que Dios transmitió a Moshé antes de ordenarle que regresara al campamento y enfrentara el pecado del becerro de oro. Podemos entender entonces que Dios dijo las leyes de Shabat y le entregó a Moshé las Tablas en el mismo momento en que abajo el pueblo formó y adoró al becerro de oro. Al leer los versículos con los que Dios le presenta a Moshé la observancia del Shabat, deberíamos considerar la disparidad entre las dos escenas (en la cumbre y en la base del Monte Sinaí). Si observamos los eventos en una "pantalla dividida", las palabras de Dios respecto a la observancia del Shabat son todavía más significativas y un poco intrigantes:

Los Hijos de Israel cuidarán el Shabat, observarán el Shabat en todas las generaciones como un pacto eterno: será una señal eterna entre Mí y los Hijos de Israel.

A pesar de la posterior amenaza de Dios de erradicar a toda la nación, pese al terrible pecado que el pueblo cometía en ese mismo momento, Dios estableció las bases para un pacto eterno con el Pueblo Judío, y el símbolo de ese pacto era el Shabat. Cuando el pueblo pecaba en la base de la montaña, Dios le reveló a Moshé que el pueblo judío respetaría eternamente el Shabat, lo cual por extensión implica que el pueblo judío sería eterno.

Pero Dios agregó otra información: la profanación del Shabat se castiga con la muerte. Quienes adoraron al becerro de oro, así como aquellos que permanecieron pasivos y callados, merecían la pena de muerte. Ellos pisotearon los dos primeros de los Diez Mandamientos. Pero en el momento en que deberían haber sido condenados a ser exterminados, Dios enseñó que quien observa el Shabat se salva. Todo el que testifica a través de su observancia del Shabat que Dios (y no un ídolo fabricado por el hombre), creó y sustenta al universo, repudia activamente al becerro de oro y todo lo que él representa. Dios creó el remedio en el mismo momento en que la enfermedad causaba estragos en el campamento.

El renombrado ensayista hebreo Ajad Haam (Asher Guinsberg, 1856-1927) dijo: "más que lo que los judíos mantuvieron el Shabat, el Shabat mantuvo a los judíos". Este comentario es una aguda observación religiosa, sociológica y cultural. Pero Ajad Haam omitió un aspecto adicional de la exegesis bíblica: Dios declaró que el pacto con el Pueblo Judío, con el Shabat como su mayor señal, se mantendría en todas las generaciones. Los judíos sobrevivirían el episodio del becerro de oro y darían un testimonio eterno de que Dios creó el cielo y la tierra.

Por lo tanto, este fue el contenido de la primera enseñanza de Moshé al pueblo judío: el Shabat es la expresión fundamental de nuestro pacto eterno con Dios. Para quienes estuvieron en la base del Monte Sinaí y recibieron esta primera lección de Moshé, el mensaje fue aún más poderoso. A pesar del becerro de oro, a pesar de merecer ser borrados de las páginas de la historia, recibieron un método tanto para reafirmar como para probar su creencia en Dios. Nos dieron la observancia del Shabat para que elevemos los seis días laborales, para que nos identifiquemos con Dios y lo emulemos. El Shabat, para los judíos en el desierto y para todo judío desde entonces, es la señal de nuestra lealtad a Dios, de nuestro pacto con Él. Desde la generación que sobrevivió el debacle del becerro de oro hasta el presente, el Shabat nos salvó y continúa salvándonos cada vez que el futuro parece desolador.



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