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Herbert Heller sobrevivió a Auschwitz, reconstruyó su vida en San Francisco y pasó sus últimos años asegurándose de que la próxima generación nunca olvidara. El Optimista cuenta su historia.
El Optimista, una poderosa nueva película del escritor y director Finn Taylor, narra la historia de Herbert Heller, un sobreviviente del Holocausto que dedicó sus últimos años a educar a adolescentes del Área de la Bahía de San Francisco sobre sus experiencias antes de su fallecimiento en el 2021. La película está dirigida especialmente a jóvenes que pueden estar enfrentando estos escalofriantes hechos por primera vez.
Durante la mayor parte de su vida, Herbert Heller nunca habló sobre los horrores que sufrió cuando era un adolescente durante el Holocausto. Eso cambió en 2004, cuando aceptó contar su historia como parte del Proyecto de Historia Oral del Holocausto del Área de la Bahía. Después de grabar su testimonio, lo compartió con sus hijas y luego comenzó a hablar públicamente en sinagogas y otros lugares. Muchas de sus charlas eran para estudiantes, donde encontró maneras de transmitir la historia de forma accesible para audiencias jóvenes.
La película captura ese don. Herbert (interpretado por Stephen Lang, de Avatar) accede a contar su historia solo a Abby (Elsie Fisher), una adolescente tímida que trabaja como voluntaria en un proyecto de historia oral. Herbert percibe que Abby también carga con un dolor profundo y le propone un trato: él compartirá su historia si ella acepta abrirse sobre la suya.
Stephen Lang y Elsie Fisher
Poco a poco, estas dos personas heridas comienzan a encontrar paz juntos. En el proceso, El Optimista hace que el Holocausto vuelva a ser relevante para los adolescentes de hoy, presentándolo no solo como una tragedia, sino como una fuente de fortaleza. “He estado en el peor lugar de la Tierra”, le dice Herbert a Abby en la película, antes de asegurarle que es posible encontrar la voluntad de seguir viviendo y amando a pesar de todo.
Herbert nació en 1930 en Teplice-Sanov, una pintoresca ciudad de Checoslovaquia. Su padre, Karel, era ingeniero; su madre, Melanie, cuidaba en la casa a Herbert y a su hermano mayor, Heinz.
Los judíos habían vivido en Teplice-Sanov durante siglos. Cuando Herbert crecía, la ciudad contaba con la segunda población judía más grande de Checoslovaquia, con escuelas judías, tiendas kasher, una mikve (baño ritual) y la Gran Sinagoga, una de las más grandes de Europa. Desde mediados del siglo XIX, los judíos eran miembros iguales y valorados de la sociedad, y los negocios judíos formaban parte del tejido de la ciudad.
Eso comenzó a cambiar en la década de 1930, cuando creció el sentimiento pro-nazi y Alemania presionó para anexar territorio checo. Tras la ocupación alemana de partes de Checoslovaquia en 1938, unos 7.000 judíos huyeron de Teplice-Sanov. Trágicamente, la familia de Herbert se quedó, trasladándose finalmente a Praga para unirse allí a la gran comunidad judía.
Alemania tomó esas tierras checas con el apoyo de Gran Bretaña, Francia e Italia, que firmaron el llamado Pacto de Múnich, entregando partes de Checoslovaquia a Hitler a cambio de su promesa de detener su expansión. El ministro británico de Relaciones Exteriores lo llamó “paz con honor” y declaró haber asegurado “la paz en nuestro tiempo”.
Herbert Heller
El pacto no valió nada. Alemania presionó a Checoslovaquia para dividirse en provincias más pequeñas y, en marzo de 1939, ocupó completamente el territorio occidental. Seis meses después, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia, iniciando la Segunda Guerra Mundial.
La película muestra cómo el antisemitismo se endurece en la ciudad natal de Herbert. Las autoridades alemanas declararon que “los bienes judíos pasan a ser propiedad del pueblo”, eliminando cualquier derecho legal de los judíos sobre sus posesiones. Se les prohibió trabajar en el gobierno y en profesiones públicas. Los niños judíos fueron expulsados de las escuelas estatales y los negocios fueron confiscados. La película muestra a la madre de Herbert cosiendo cuidadosamente estrellas amarillas en la ropa de la familia, diciéndoles a sus hijos que deben lucir con orgullo ese símbolo judío.
En 1941, Heinrich Himmler ordenó la construcción de un sitio de retención para judíos de Checoslovaquia y Austria, que llamó un “basurero” destinado a contener un millón de judíos. Ese lugar se convirtió en Theresienstadt, un enorme campo de concentración donde fueron encarcelados aproximadamente 150.000 judíos, entre ellos la familia de Herbert.
Theresienstadt era diferente a cualquier otro campo en la vasta red nazi de más de 40.000 campos de concentración, trabajo forzado y exterminio. Era, ante todo, una herramienta de propaganda, diseñada para mostrar al mundo la mentira de que los judíos eran tratados de manera humanitaria. Trágicamente, los observadores internacionales estuvieron dispuestos a creerlo.
La Alemania nazi sostuvo la ficción de que los judíos estaban siendo trasladados al este para trabajar en fábricas y minas. Dado que era evidente que las personas mayores y los niños no podían realizar trabajos físicos duros, las autoridades inventaron una historia de cubierta: afirmaban que quienes no podían trabajar eran alojados en instalaciones cómodas. Parte de la propaganda incluso describía a Theresienstadt como una “ciudad balneario” para judíos ancianos.
La realidad era brutal. Aproximadamente 33.000 personas murieron dentro de Theresienstadt debido a enfermedades, hambre, abusos y asesinatos. Morían tantas personas cada día que, para 1942, los nazis construyeron un crematorio fuera de las murallas del campo capaz de reducir a cenizas cada día hasta 200 cuerpos. La sobreviviente Inge Auerbacher, quien estuvo prisionera allí cuando era niña, escribió más tarde:
“Las condiciones en el campo eran duras. Las papas eran tan valiosas como diamantes. Yo estaba hambrienta, asustada y enferma la mayor parte del tiempo. Cuando cumplí ocho años, mis padres me dieron un pequeño pastel de papa con una pizca de azúcar. Cuando cumplí nueve años, con retazos de tela cosieron un vestido para mi muñeca. Y cuando cumplí diez años, me regalaron un poema que escribió mi madre".
Los aproximadamente 15.000 niños enviados a Theresienstadt tenían prohibido asistir a la escuela, pero aun así los prisioneros organizaron clases secretas. También había una biblioteca clandestina que prestaba libros, representaciones teatrales, conferencias y conciertos.
Sin embargo, la función principal de Theresienstadt era servir como punto de tránsito hacia los campos de exterminio. De los aproximadamente 150.000 prisioneros enviados allí, solo sobrevivieron unos pocos miles.
Hubo una breve pausa en las deportaciones: en junio de 1944. La rama danesa de la Cruz Roja Internacional, preocupada por la desaparición de judíos en la Dinamarca ocupada por los nazis, solicitó permiso para inspeccionar un campo. Las autoridades alemanas accedieron y ofrecieron Theresienstadt. Durante las semanas previas, guardias y prisioneros repintaron los edificios y plantaron flores. Más de 7.000 prisioneros fueron enviados a la muerte en las semanas anteriores a la visita para aliviar el hacinamiento.

El 23 de junio de 1944, dos funcionarios de la Cruz Roja recorrieron el campo junto a comandantes nazis y declararon que los nazis estaban tratando bien a los judíos. Concluyeron que cualquier rumor en sentido contrario era falso. En el momento en que se marcharon, se reanudaron las deportaciones a Auschwitz.
En 1944, Herbert, su hermano, sus padres y cientos de otros judíos fueron hacinados en un vagón de ganado tan lleno que apenas podían respirar. “Cuando las puertas se cerraron de golpe y oías cómo las aseguraban con clavos”, dijo Herbert más tarde, “sabías que la siguiente parada no iba a ser buena”.
Llegaron a Auschwitz desorientados y aterrorizados. Los obligaron a formar fila frente a Josef Mengele, el alto funcionario nazi conocido como el “Ángel de la Muerte”, quien decidía en el acto quién sería enviado a las cámaras de gas y quién sería seleccionado para trabajos forzados. Un prisionero judío señaló una enorme chimenea que expulsaba humo negro y advirtió a Herbert: “¿Ves esa chimenea? Vas a presentarte ante el Dr. Mengele, y si él no cree que eres lo suficientemente fuerte para trabajos pesados, ahí es donde terminarás”.
Herbert tomó una decisión en cuestión de segundos. “Tuvimos que desnudarnos, y yo tenía 15 años, era un chico delgado. Me presenté ante el Dr. Mengele y le dije en alemán: ‘Ich kann arbeiten’ (puedo trabajar), y flexioné músculos que no tenía”. Mengele lo señaló hacia la derecha. La otra puerta, por donde eran enviados la mayoría de los prisioneros, estaba marcada como “ducha” y conducía a las cámaras de gas.
Sorprendentemente, los padres y el hermano de Herbert también fueron seleccionados para trabajar. Herbert fue colocado en la misma litera que su padre, y más tarde atribuyó esa cercanía a su supervivencia. “Mi padre me daba mucha fuerza”, dijo, “me decía que la guerra terminaría, que volveríamos a Praga, que tendríamos un coche y que la vida volvería a ser buena. Y yo realmente quería creerlo. Cuando tu padre te dice algo y quieres creerlo, lo crees”.
Herbert trabajaba en la estación de primeros auxilios de Auschwitz, equipada con poco más que vendas endebles y aspirina, atendiendo lesiones que requerían mucho más. Los guardias asesinaban a los prisioneros por infracciones menores. Algunos, quebrados por el hambre y la enfermedad, se lanzaban deliberadamente contra las cercas electrificadas. “Solo querían acabar con su vida”, recordó Herbert.
Eventualmente, su padre Karel y su hermano Heinz fueron llevados y asesinados. Herbert nunca llegó a saber exactamente qué ocurrió con ellos.
En enero de 1945, con las tropas soviéticas acercándose, los guardias de Auschwitz comenzaron a acelerar las ejecuciones. Cuando quedó claro que no podrían matar a todos a tiempo, los nazis obligaron a aproximadamente 60.000 prisioneros a marchar hacia el oeste en un frío brutal. Exhaustos y enfermos, a los prisioneros que se quedaban atrás les disparaban en el camino. Alrededor de 15.000 murieron antes de llegar a su destino.

“Eran muchos los que ya no podían caminar”, recordó Herbert, “y a esos los dejaban al lado del camino, luego llegaban camiones, los subían y nunca más los volvíamos a ver. Les disparaban en algún lugar”.
Entonces Herbert vio una bolsa tirada junto al camino. Lo recogió y lo escondió debajo de su ropa. Adentro había un conjunto completo de ropa civil. Esa noche, se puso la ropa civil sobre el uniforme del campo y se escabulló hacia una estación de tren cercana. Llamando “Mutti, mutti, ¿wo bist du?” (“Mamá, mamá, ¿dónde estás?”), se hizo pasar por un viajero alemán común.
Llegó hasta Praga y llamó a la puerta de una familia católica que había sido amiga antes de la guerra. Lo acogieron. “Quemaron los pijamas a rayas”, recordó Herbert. La madre “me acostó en una cama y creo que dormí durante dos días”. Sabiendo que el número tatuado en su brazo lo identificaría como judío, y que la familia que lo ocultaba sería asesinada si lo descubrían, Herbert se lo quemó con ácido.
Increíblemente, la madre de Herbert, Melanie, también sobrevivió a Auschwitz. Después de la guerra, ambos se mudaron a California y se establecieron en San Francisco. Herbert aprendió inglés, se unió a la Reserva del Ejército y trabajó en Macy’s antes de abrir su propia tienda de ropa infantil en 1958. En 1956 se casó con Annette. Juntos criaron a tres hijas, aunque Herbert nunca les contó nada sobre lo que había vivido. Cuando sus hijas le preguntaban por la cicatriz en su brazo, les decía que se había quemado con el calentador de agua de la familia cuando era niño.

Ese silencio finalmente se rompió en el 2004. Herbert había permanecido callado durante todos esos años porque no quería la compasión de nadie. Un eterno optimista, como sugiere el título de la película, solía decir: “Siempre les digo a las personas lo rico que soy. Tuve una esposa, tres hijas, diez nietos y un perro”.
Herbert falleció en el 2021 a la edad de 92 años. Su historia no podría ser más oportuna. Un estudio reciente encontró que la gran mayoría de los millennials y de la Generación Z carecen de conocimientos básicos sobre el Holocausto, y un 10% no cree que haya ocurrido.
El Optimista es un poderoso antídoto contra esa ignorancia, guiando a los espectadores a través de la cronología del Holocausto por medio de los ojos de un hombre extraordinario, y mostrando cómo su historia puede hablar directamente a jóvenes que enfrentan sus propios desafíos hoy.
The Optimist busca combatir esa ignorancia, narrando el Holocausto a través de los ojos de un hombre extraordinario y mostrando cómo su historia puede inspirar a jóvenes que hoy enfrentan sus propios desafíos.
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Es tan doloroso leer y tratar de entender al ser humano, cuanto horror puede causar y cuanta indiferencia puede demostrar. Lo veo cada dia caminando por las calles.