Usemos nuestras palabras para construir, no para destruir

29/07/2025

3 min de lectura

Al acercarnos a Tishá BeAv, podemos esforzarnos por enmendar las cosas usando nuestras palabras para construir, no para destruir.

Mi vecina, Deby, tiene poderes mágicos. Dudo que sea consciente del alcance de su destreza, de la profunda capacidad que tienen sus palabras para transformar a quienes las reciben, pero de esto estoy segura: es una maestra en su arte.

"¡Malky! ¡Te ves tan elegante!", exclama. Yo me acomodo la boina que llevo torcida y agudizo el oído mientras saco otro triciclo del desorden de nuestro garaje. "De verdad, ¡no sé cómo lo haces!" Sinceramente, no sé de qué está hablando, pero no puedo evitar sonreír de oreja a oreja.

Deby no se da cuenta de que, sea cual sea la nube que me esté rondando en ese momento, se abre como el Mar Rojo en cuanto ella aparece, permitiendo que todo el brillo del sol caliente los corazones de quienes la rodean.

Quizás está mintiendo. Tal vez quiere mi lugar de estacionamiento. Quizás se impuso algún compromiso que la obliga a elogiar a otros. O tal vez realmente cree que tengo un alma especial sólo porque llevé a una amiga al supermercado, o que soy una supermamá porque mi hija compartió sus Chips.

¿A quién le importa? Sea como sea, de pronto me siento “elegante”. Cuando llegue a casa y vea el desorden de libros que cierto pequeñito dejó en el suelo, o cuando abra el gabinete de repostería y me reciba una avalancha de moldes y pirotines metidos a la fuerza por cierta madre, no suspiraré con impotencia ni cerraré el gabinete de un portazo antes de que caiga algo más y me iré en cambio a hacer helados de jugo. No. Voy a ordenar, reorganizar y acomodar, porque hoy estoy “elegante”.

Cuando me siento una “supermamá”, me esfuerzo más por no gritarles a mis hijos. Cuando me siento una “esposa increíble”, me esfuerzo por recibir a mi esposo con una sonrisa (en vez de quejarme por las burbujas que hicieron sobre la cabeza al bebé) cuando vuelve del trabajo.

Cuando me siento capaz, actúo.

Las madres sabemos desde siempre el poder que tiene el elogio. Al elogiar correctamente a nuestros hijos, podemos elevarlos a la grandeza de lo que pueden llegar a ser. Si lo hacemos con sabiduría y cuidado, podemos guiarlos hacia el rol especial que Dios les ha asignado, ayudándolos a descubrir sus fortalezas interiores. Con ayuda de Dios y nuestra atención consciente, nosotras también podemos hacer magia.

Lo que quizás no nos damos cuenta es que esta herramienta también es una estrategia de supervivencia muy útil para los adultos.

Mientras avanzamos por nuestras rutas individuales, con el GPS encendido, a menudo pasamos unos junto a otros sin siquiera mirarnos. Oportunidades para acercarnos y fortalecernos mutuamente pasan como carteles en la autopista, y estamos demasiado absortos en nuestros iPads para notarlos. Entonces, cuando nos encontramos perdidos, cuando el mundo no es como queremos, de pronto sí notamos a los demás mientras tratamos de buscar culpables.

Con solo un pequeño cumplido o una sonrisa auténtica, podemos traer una chispa de magia a nuestras relaciones.

Tal vez compartimos una casa, un barrio o simplemente una salida al zoológico. Quizás no compartimos más que este mundo. Y eso, mis amigos, ya es motivo suficiente para cultivar nuestra conexión dentro de él.

Con sólo un pequeño cumplido, que sea honesto, o una sonrisa auténtica, podemos atravesar la desconexión que muchos sentimos y alegrarle el día a alguien. Y ese efecto, muchas veces, se esparce mucho más de lo que imaginamos.

Hace muchos siglos, nuestros antepasados aprendieron esta lección por las malas. La Tierra Prometida no siempre fue llamada así. Cuando se enviaron a doce líderes a explorar la tierra especial que Dios nos había prometido, diez de ellos regresaron con un informe desalentador.

Oh, sí, es una tierra que fluye leche y miel, dijeron implícitamente, pero no lo lograremos, no con nuestros pecados. Ellos sabían que sólo podríamos conquistarla bajo el liderazgo de Dios, y eso dependía de nuestras acciones.

En vez de usar sus palabras para animarnos, pintaron la tierra con colores de miedo, haciendo temblar al pueblo entero hasta el punto de llorar y desear regresar a la esclavitud de Egipto. Esa noche era Tishá BeAv, que luego se convirtió en el día más triste del calendario judío.

Si ellos hubieran creído en nosotros… si hubiéramos creído en nosotros mismos… quizás la historia habría sido diferente.

Al acercarnos a Tishá BeAv, podemos intentar reparar lo perdido. Podemos revertir la tendencia usando nuestras palabras para construir, no para destruir.

Ya sea que le digas a ese vecino con el que nunca hablaste algo como: “¡Qué bien quedó tu césped recién cortado!”, o que le digas a un extraño en el supermercado: “¡Uau! ¡Pasaste delante de los chocolates en oferta y ni los miraste! ¡Debes tener una fuerza de voluntad tremenda!”, estás construyendo a alguien. Y no termina ahí. Esa persona, a su vez, transmitirá parte de esos ladrillos de construcción a alguien más.

Gracias, Deby, por hacerme sentir que salvo al mundo del hambre cada vez que te presto una cebolla. Has compartido algo de tu magia conmigo.

Parece que salvar el mundo no es tan difícil, después de todo.

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Gloria
Gloria
4 meses hace

❤️

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