Ver el mundo a través de los ojos del rey David

27/08/2026

3 min de lectura

El rey David enfrentó guerras, mentiras y traiciones. Sin embargo, solo veía la bondad de Dios. Elul nos invita a compartir su visión de luz y confianza.

Hay una plegaria especial que los judíos recitan durante todo el mes hebreo de Elul: el Salmo 27: "LeDavid Hashem ori veishi mimí yirá" (Hashem es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?"). De hecho, este salmo se recita durante Rosh Hashaná, Iom Kipur y hasta el final de Sucot. ¿Por qué?

Me gustaría sugerir que los Sabios nos invitan a entrar en la conciencia del rey David, autor de este salmo, y experimentar cómo veía él el mundo y su relación con Dios.

En este salmo, el rey David habla de ejércitos, guerras, calumnias, mentiras y traiciones; de enemigos que desean "devorar su carne". Sin embargo, solo tiene una petición: tener el mérito de contemplar la dulzura de la presencia de Dios.

La mayoría de las personas preguntaría: "¿Por qué Dios me está haciendo esto?" Pero el rey David no. Todo lo que ocupa su mente es la bondad de Dios.

Antes de intentar comprender la manera de pensar del rey David, debemos plantearnos una pregunta aún más cósmica:

Si existe un Dios, ¿por qué el mundo está tan lleno de problemas?

La respuesta es sencilla: porque el mundo todavía no ha sido perfeccionado, no se ha terminado la misión.

Y precisamente por eso Dios nos creó: para ser Sus socios en la tarea de llevar el mundo hacia la perfección que Él concibió incluso antes de la creación. Un mundo sin odio, sin guerras, sin hambre y sin obstáculos para servirle.

¿Y cómo contribuimos a perfeccionar el mundo? Enfrentando los desafíos de la vida y superándolos.

Cuando lo hacemos, la luz celestial que llevamos dentro (nuestra alma) ilumina el mundo.

Ahora imagina qué ocurriría si todos actuáramos así. El mundo entero quedaría inundado de luz divina y la unicidad de Dios se revelaría plenamente.

El rey David comprendía todo esto. Por eso, las dificultades que enfrentaba nunca contradecían la bondad de Dios.

El rey David jamás tomó los reveses de la vida como algo personal. Veía la dulzura de Dios en todas partes.

Piensa en esto: Dios podría haber creado un mundo en blanco y negro y nunca habríamos sabido que faltaba algo.

Sin embargo, creó todos los colores imaginables, incluyendo más de cuarenta tonos diferentes de magenta. Y no solo creó frutas; también creó los kumquats (naranjas enanas). Nada de eso era estrictamente necesario.

Todas esas expresiones de creatividad son manifestaciones del amor de Dios. Eso es lo que quiso decir el rey David cuando escribió: "Prueben y vean que Dios es bueno".

Detrás de la cáscara

Pero podemos profundizar aún más.

Todo en la vida tiene un 'exterior' y un 'interior'. Por ejemplo, tu cuerpo es el exterior y tu alma es el interior. El mundo también tiene un exterior y un interior.

Aquello que necesita ser reparado (las dificultades y los sufrimientos) constituye el exterior. Pero la esencia del mundo, su interior, es la bondad constante e inmutable de Dios.

Piensa en una naranja. Lo esencial es la fruta que está dentro. La cáscara es la parte exterior que normalmente desechamos. Con esta idea en mente, Pitjei Shearim, una enciclopedia cabalística sobre la creación, afirma algo sorprendente: Desde que Adam y Javá comieron del Árbol del Conocimiento, vemos lo esencial como si fuera desechable y lo superficial como si fuera indispensable. En otras palabras, nos aferramos a la cáscara y tiramos la fruta. ¡Todo está al revés!

El rey David era capaz de atravesar esa ilusión. Él poseía una claridad absoluta. Por eso podía enfrentarse a guerras, mentiras, calumnias y odio y, aun así, decir: "Lo único que deseo es tener el mérito de contemplar la dulzura de la presencia de Dios".

Hace poco, la computadora en la que había estado trabajando sufrió una avería total y perdí años de trabajo. Sin pensarlo, dije: "Dios es bueno. Mi problema es la computadora". Fue un auténtico momento "rey David": aferrarme al interior sin dejarme arrastrar por el exterior.

Esa es la perspectiva de Elul. Entrar en el nuevo año con una visión clara, recordando que cada desafío es una oportunidad que Dios prepara especialmente para nosotros con el fin de perfeccionar nuestra alma y contribuir a perfeccionar el mundo que nos rodea.

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