¿Qué dice realmente el judaísmo sobre los no judíos?
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El traje hace al hombre, o por lo menos eso dicen. Pero en el judaísmo, va mucho más profundo: la ropa nos hace humanos.
Cuando Dios se convirtió en el primer diseñador de moda en el Jardín del Edén, no se trataba solo de protección contra los elementos ni siquiera únicamente de modestia. Se trataba de algo mucho más profundo. En la porción de la Torá de esta semana, esta filosofía divina del diseño alcanza su punto culminante con las vestimentas del Sumo Sacerdote, confeccionadas para “honor (kavod) y belleza (tiferet)”.(1)
¿Qué secretos se esconden en estas palabras cuidadosamente elegidas? ¿Y qué pueden enseñarnos sobre la ropa que usamos hoy?
Para entender la ropa, debemos volver a su origen. Adam y Javá nacieron desnudos y sin sentir vergüenza. El Sforno explica por qué: "ellos usaban sus miembros únicamente para el servicio de su Creador, no para la búsqueda de placeres bajos. Por lo tanto, no consideraban las relaciones matrimoniales como diferentes de comer o beber, y sus órganos reproductivos no eran diferentes de su boca o de sus manos".(2)
El Zóhar revela que originalmente Adam y Javá eran seres de pura luz, cuya fisicalidad apenas era visible. Pero todo cambió con un solo mordisco del fruto prohibido. Después del pecado, sus cuerpos se volvieron densos y corporales, ocultando casi por completo su esencia espiritual. Sus cuerpos se transformaron de instrumentos de servicio divino en detonantes de deseos instintivos. De repente, Adam y Javá sintieron vergüenza.
Para ayudarlos a enfrentar su degradación y moderar sus pasiones recién despertadas, Dios les hizo ropa. La palabra hebrea para vestimenta, “begued”, comparte su raíz con “bogued”, que significa traidor.(3) Después del pecado, la fisicalidad se convirtió en traidora de nuestra verdadera esencia. Entonces enviamos nuestro propio “doble agente”, la ropa, para redirigir el enfoque de nuestras tendencias animales hacia nuestro núcleo divino.
Esto nos lleva a las vestimentas del Sumo Sacerdote y su doble propósito: kavod (honor) y tiferet (belleza). Kavod tiene que ver con revelar —no el cuerpo, sino el alma. Piénsalo: ¿acaso alguien realmente quiere que lo amen por su apariencia? ¿Por su estatura? ¿Por su físico? ¡No! Queremos que valoren nuestros principios, sabiduría y carácter. Por eso la vestimenta judía tradicional cubre todo excepto el rostro y las manos, nuestras principales herramientas de expresión.(4) Eso es kavod: un honor que revela nuestra esencia espiritual.
Pero tiferet nos recuerda que la estética importa. Las vestimentas del Sumo Sacerdote no eran solo modestas. Eran magníficas.(5)
Cuando llegué por primera vez a la ieshivá, mi guardarropa consistía en pantalones deportivos y camisetas. La comodidad era lo primero. Pero a medida que crecí en la observancia, comencé a entender que mi ropa reflejaba mi dignidad. Imagina visitar un reino donde el príncipe vistiera harapos. ¿Qué diría eso del rey?(6) Cuando representas al Rey de Reyes, te vistes acorde al cargo. Tiferet, belleza, no se trata de atraer atención al cuerpo, sino de reflejar la majestad de Aquel a quien representamos.(7)
Durante la Revolución Industrial, una sociedad obsesionada con la productividad menospreciaba a quienes estudiaban Torá todo el día. Preocupado por la baja autoestima de sus alumnos, el Rav Natan Tzvi Finkel, el director de la Ieshivá de Slobodka, llevaba a cada nuevo estudiante a comprar la moda más elegante disponible. Cuando sus alumnos le preguntaban por esta práctica inusual, él respondía: “La misión de la ieshivá es revelar la grandeza de cada persona”. Al vestir a sus estudiantes como la aristocracia espiritual que estaban destinados a ser, los ayudó a convertirse exactamente en eso. ¿Su legado? La mayoría de los eruditos de Torá actuales trazan su linaje hasta su ieshivá.(8)
En el mundo actual de filtros de Instagram y selfies interminables, hemos perdido el arte de la verdadera autoexpresión. Revelamos nuestros cuerpos mientras ocultamos nuestras almas. Pero la sabiduría judía ofrece un camino diferente: usa la ropa no como máscara, sino como lente; una que ponga el foco en tu luz interior.
La renovación de tu guardarropa espiritual comienza con dos principios. Primero, kavod: deja que tu ropa ayude a los demás a ver más allá de tu exterior físico hacia tu verdadera esencia. Segundo, tiferet: condúcete con la dignidad de alguien que representa la realeza divina.
Esta semana, elige un aspecto de cómo te presentas (tu vestimenta o tu conducta) y añade un toque más de refinamiento. No por la moda en sí, sino para expresar adecuadamente quién eres realmente. Porque cuando nos vestimos con propósito, no solo cambiamos nuestra apariencia sino que aportamos honor y belleza a nosotros mismos, a nuestro pueblo y a nuestro Creador.
Inspirado en una clase de mi Rosh Ieshivá, Rav Gershenfeld
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