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Vida, remodelada

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06/01/2022 | por Kat Bautista

Cuando era una niña, todo el tiempo estaba emperifollada, mi cabello recogido en una cola o trenzado. Usaba los bellos vestidos que compraba mi madre.

Cuando llegué a la adolescencia, mi madre siguió comprándome la ropa. No puedo explicar por qué no afirmé mi independencia en una edad en la que, por lo general, todos comienzan a hacerlo. Lo atribuyo a mi temperamento afable y pasivo. Pero la trayectoria de mi posterior relación con la ropa no era evidente en ese momento. Asistía a una escuela católica para niñas en Filipinas, donde debíamos usar uniforme. En consecuencia, no me quedaba mucho espacio para escoger qué ropa usar.

Entonces entré a la universidad. Para esta época, mi madre había dejado de vestirme y yo me había convertido, en todos los aspectos, en una desaliñada. Atrás quedaron las atractivas blusas que había usado cuando era adolescente y ya me quedaban chicas. Usaba feas camisetas y polos. Simplemente no me importaba.

Eventualmente me gradué y obtuve un trabajo como tutora de inglés para coreanos. En la oficina vestía blusas con cuello, pantalones negros y zapatos de taco bajo. Nada elegante, pero me veía presentable.

En un momento renuncié a ese trabajo porque quería convertirme en escritora independiente. Ahora que iba a trabajar desde casa, no veía necesidad de vestirme bien. Guardé mi ropa de trabajo en un armario y, cuando salía, usaba mi ropa de la universidad.

Sentía que a las mujeres sólo les importaba verse bonitas para que los hombres les prestaran atención, y yo no estaba interesada.

No me interesaba verme bien. Simplemente no me importaba. Sentía que vestirse con elegancia sólo formaba parte del plan mayor de llegar al matrimonio; que a las mujeres sólo les importaba verse bonitas para que los hombres les prestaran atención. Yo no estaba interesada en casarme ni en tener una relación. Estaba concentrada en tener éxito como escritora de ficción y pensaba que las relaciones eran una mera distracción que afectaban mi carrera.

Entonces llegó el judaísmo. Quería incluir un personaje judío en una historia que estaba escribiendo, y para ayudarme a construir ese personaje, comencé a investigar sobre el judaísmo y me vi atraída hacia su ética y su visión del mundo. Llegué a creer que la Torá era verdad y después de hablar sobre la conversión con un Rabino en Manila, me convertí en Noájica, alguien que sigue siendo no judío, pero al reconocer la realidad de la Torá, cumple los 7 mandamientos que le fueron entregados a Nóaj y que todos los no judíos están obligados a cumplir. Aunque en definitiva quiero unirme al pueblo judío, he prosperado siendo noájica. Descubrí una nueva dirección y medios para desarrollar una relación con Dios, algo que nunca antes había tenido.

Durante este periodo, seguí usando las ropas desaliñadas que me caracterizaban. Pero eventualmente el judaísmo llevó mi atención hacia la ropa. Con nuevas reglas a seguir, comencé a preguntarme qué me iba a poner. Aunque no tuve problema de ajustarme a las reglas de recato, de todos modos debí cambiar lo que usaba. Después de convertirme necesitaría blusas con mangas más largas. Pero el punto decisivo fue cuando comprendí que tendría que usar faldas.

Al principio sentí repulsión. No había usado faldas desde que dejé la secundaria (y usaba un short abajo). Prefería la practicidad de los pantalones. Pero poco después, me adapté. Las faldas serán muy cómodas, pensé. ¡Y frescas! Voy a disfrutar su movimiento cuando ande descalza por la casa. Entonces surgió una pregunta: ¿Con qué las voy a combinar?

Guarde esto entre las cosas que me preguntaba en momentos de aburrimiento, y entonces, “de casualidad”, apareció en mi página de Pinterest una foto de una camisa de manga ¾ combinada con una falda larga plisada y botas hasta la rodilla. Me gustó y seguí el enlace a donde llevaba… Así llegué a la madriguera del conejo. Muy pronto descubrí cuánto me gustaba usar faldas, con plataformas y sandalias con tacón, con blusas o remeras de algodón de manga larga o manga ¾.

Por primera vez, entré voluntariamente a una tienda de ropa. Descubrí mi amor por los colores, los vestidos, las flores y el encaje.

Pensando que tenía que comenzar a prepararme para mi conversión lo antes posible, junté en Pinterest fotos de ropa que me gustaba. Primero busqué en Internet tiendas de ropa recatada y encontré toda una industria. Luego busqué opciones recatadas en las tiendas de ropa disponibles en Filipinas. Por primera vez, entré voluntariamente a una tienda de ropa. Descubrí mi amor por los colores, los vestidos, las flores y el encaje. Compré mi primera blusa, algo que mi madre aprobó. Antes de la pandemia, comencé a usar camisas más elegantes y sandalias en nuestros paseos al centro comercial los domingos. También compré mi primer vestido, lo cual sorprendió a mi madre, y estoy planeando comprar mis primeras sandalias con tacón en un futuro cercano (lo que sin duda volverá a sorprenderla).

Un concepto judío al cual me siento atraída es el énfasis en este mundo, esta vida, en vez de la vida futura; porque esta vida, como creación de Dios, es buena. El mundo no es algo de lo que te desconectas. Este mundo es algo en lo que debes estar involucrado y celebrarlo. Por eso tenemos que disfrutar de todos esos placeres kasher: materiales, espirituales, de relaciones.

Mientras más me involucraba con la moda, comencé a absorber otras implicaciones de esta enseñanza: que Dios en el judaísmo es más generoso y paternal de lo que yo creía. Él quiere que tengamos placer y que vivamos vidas gratificantes, lo que todo padre desea para sus hijos. Ahora quiero verme bien para mí misma y siento que la vida se ha abierto para mí y que participo en ella.

Como hija de Dios, debes vivir con dignidad.

El judaísmo también me dio una perspectiva de vida más rica. Aprendí que tengo una misión única en la vida y que, entre las necesidades de la vida, con la vestimenta tenía una actitud especialmente poco sana. También reconsideré mis ideas sobre el matrimonio y las relaciones y ahora creo que el matrimonio te ayuda a convertirte en un ser humano completo. Comencé a ver como una perspectiva miope mi enfoque extremo en los logros y el éxito. Comprendí que es un ingrediente importante pero no el único elemento de una vida plena. Ahora quiero tenerlo todo: cosas bellas, un matrimonio con un hombre bueno y relaciones con personas buenas, éxito como escritora, sentido en la vida y una relación con Dios.

Yo solía burlarme de la moda, la descartaba como una búsqueda superficial. Ahora para mí la moda no es un interés superficial; se trata de preocuparse por cómo te presentas ante otros y cómo afectas a los demás por la forma en que te presentas. Eres responsable del cuerpo que Dios te ha prestado y, como hijo de Dios, debes vivir con dignidad. La ropa también te permite tener placer en el mundo, ¡verte atractiva y saborear la vida! A fin de cuentas, Dios creó este mundo con amor y generosidad y nosotros debemos ser afectuosos y generosos con nosotros mismos.

De una mujer que no sabía cómo disfrutar realmente la vida y que finalmente llegó a abrazarla.



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