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Vigilancia y Privacidad

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22/07/2013 | por Rav Benjamín Blech

La invasión a la privacidad en Estados Unidos – Cada momento está siendo grabado para la posteridad.

Recientemente, millones de estadounidenses quedaron sumamente conmocionados al darse cuenta de que ya no existe realmente la privacidad.

El gobierno de Estados Unidos admitió haber estado recolectando información de las conversaciones telefónicas de sus ciudadanos durante los últimos siete años. Ellos saben perfectamente quién llamó a quién, cuánto tiempo duró cada conversación – y tan sólo podemos especular respecto a cuánto más han descubierto sobre cada persona en base a las grabaciones que requisaron de las compañías telefónicas más importantes.

La vigilancia se ha vuelto una parte innegable de nuestras vidas. Con la ayuda de la tecnología moderna ya no hay prácticamente nada que pueda mantenerse en secreto. “Obviamente no había forma de saber si estabas siendo observado en determinado momento”, escribió George Orwell en su clásico y profético trabajo “1984”. Lo que hacemos y lo que decimos es por lo general accesible para otros, incluso cuando no lo publicamos voluntariamente en Facebook o Twitter.

No estoy listo para tomar una posición sobre el espionaje gubernamental. Me doy cuenta de cómo la amenaza del terrorismo nos ha forzado a realizar difíciles – pero necesarias – concesiones respecto al ideal de la libertad individual y el derecho a la privacidad. Sin embargo, también me doy cuenta del peligro inherente que hay en el hecho de que los líderes que fueron democráticamente elegidos tengan acceso a información que fácilmente podrían utilizar para obtener un poder ilegítimo.

Pero estoy profundamente intrigado por un aspecto en particular del furor que azota a los Estados Unidos después de que el gobierno reconociera el hecho de que la privacidad absoluta ya no es parte de la vida contemporánea. Mucha gente no está aterrorizada solamente por el hecho de que otros puedan conocer los secretos de sus vidas privadas, sino que están asustados por lo que pueda implicar dicho conocimiento en la forma en que son percibidos y por cómo se verán forzados a acotar sus actividades. Y sin embargo, desde un punto de vista espiritual, la idea de que todo lo que hacemos es supervisado por un Poder Superior y es grabado para la posteridad, es una presunción que supuestamente debiese haber guiado nuestras vidas desde mucho antes que la tecnología hiciese posible su implementación.

Cuando Rabí Yehuda Ha Nasí, autor de la Mishná, quiso ofrecer una breve receta de cómo tener una vida buena y honorable, escribió: “Considera tres cosas y no caerás en las garras del pecado: conoce lo que hay sobre ti – un ojo observador, un oído atento y todas tus acciones son siempre registradas en un Libro” (Pirkei Avot 2:1).

Desde la perspectiva de la Torá, los días de nuestra vida son las páginas del libro que escribimos mientras estamos aquí en la tierra. Su contenido es completamente conocido para nuestro Creador y en el futuro llegará el día en que tendremos que rendir cuentas por cada una de las cosas que allí aparecen. Es mucho más que un registro; es un testimonio fidedigno de nuestros éxitos y de nuestros fracasos. Es el legado que dejamos para la posteridad, el cual testifica acerca de si nuestra existencia valió la pena o no. Incluye todo lo que nos hace sentir orgullosos, pero también incluye las cosas de las cuales, en retrospectiva, nos avergonzamos enormemente.

El Midrash nos ofrece una hermosa perspectiva basándose en las acciones de uno de nuestros mayores héroes bíblicos. Nos cuenta que si Reuben, el primogénito de Yaakov, hubiese sabido que la Torá registraría el hecho de que él salvó a Iosef del pozo al que había sido arrojado por sus hermanos, habría hecho mucho más que simplemente rescatarlo; habría llevado a Iosef sobre sus hombros hasta dónde se encontraba su padre. Si Aarón, el hermano de Moshé, hubiese sabido que su desinteresada aceptación del nombramiento de su hermano menor como líder del pueblo judío, en lugar de él, sería registrada por un versículo en el libro del Éxodo, habría demostrado su aprobación por medio de cantos y bailes. Si Boaz hubiese sabido que su bondad con Rut al ofrecerle seis medidas de grano sería parte de un texto bíblico, la hubiera alimentado con terneros y otras delicias.

El punto es profundo. Incluso el bien que hacemos se vería multiplicado si sintiéramos que nada quedará en secreto. Y ante los ojos de Dios no existe tal cosa como la vida privada, ya sea que nuestras acciones queden registradas en la Torá o en el libro que cada uno de nosotros escribe para la eternidad.

La constante vigilancia de Dios, a diferencia de un espía humano, tiene como propósito recordarnos nuestra misión de hacer que nuestras propias vidas sean significativas.

Nuestros ancestros no sabían nada acerca de las amenazas tecnológicas en contra la privacidad. Difícilmente podrían haber imaginado lo que significa el espionaje por Internet, la grabación de conversaciones telefónicas, las cámaras espías o cualquier otra de las millones de formas en las cuales es posible estar al tanto de la información privada del resto de la gente. Y sin embargo, quienes guiaban sus vidas con fe, vivían cada momento con la certeza de que todo lo que ellos hacían sería obviado por Aquel a quien le debían total lealtad. Y eso no era visto como una constante e indeseable intrusión en su privacidad, si no que era considerado una bendición que les permitía esforzarse constantemente para mejorarse a sí mismos.

Saber que Dios está mirando todo lo que ocurre nos incentiva a tener vidas más éticas que no nos avergüencen ante los ojos de nuestro Creador. La constante vigilancia de Dios, a diferencia de un espía humano, tiene como propósito recordarnos nuestra misión de hacer que nuestras propias vidas sean significativas de acuerdo a Su estándar y de impulsarnos hacia la santidad incluso cuando Él es el único que está observando nuestras acciones.

“¡Él está Observando!”

Una de las hermosas historias que se relatan sobre el famoso rabino conocido como el Jafetz Jaim, Rav Israel Meir Kagan, cuenta de la vez en que fue recogido – mientras caminaba entre un pueblo y otro – por un conductor que no tenía ni la más mínima idea de la identidad de su pasajero. Mientras pasaban por un terreno despoblado que contenía una gran cantidad de frondosos y descuidados árboles frutales, el conductor se detuvo para robar parte de la cosecha y decidió solicitar ayuda de su compañero de viaje. “Yo voy a tomar todo lo que pueda y a ti te pediré un pequeño favor. Si ves a alguien observándome, por favor llámame inmediatamente para que podamos escapar y evitemos ser atrapados”. El conductor se apresuró a comenzar con su tarea, e inmediatamente el rabino gritó: “¡Él te está observando, te está observando!”.

Asustado, el conductor volvió rápidamente a su asiento y escapó con presteza. “A todo esto” – le preguntó al rabino – “¿quién me estaba observando?”.

La respuesta del rabino fue simplemente apuntar hacia el cielo y enfatizar su primera palabra: “Él te está observando”.

Los creyentes siempre han sabido que en realidad no existe nada que sea totalmente privado. Hay una gran dosis de verdad en lo que le respondió el ex presidente de Google, Eric Schmidt, a un reportero hace algunos años atrás: “Si tienes algo que no quieres que nadie sepa, quizás no deberías estar haciéndolo en primer lugar”.




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