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Yo fui víctima de una violación sexual

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20/07/2022 | por Naomi Freeman

Cómo aprendí a dejar de culparme a mí misma después de ser violada y reescribí el guion.

Mi caída cuesta abajo comenzó cuando me violaron a los 15 años. Las repercusiones de ese evento devastador no se sintieron de inmediato. Yo era una adolescente bastante segura de mí misma, y pensaba que era moderna y genial, así que nada podía desconcertarme.

Pero esto lo hizo. Este hecho sacudió mi existencia "despreocupada" y me transportó a un estado de tristeza y paranoia constante en el que sólo quería huir y esconderme del mundo, de los hombres y de mí misma.

No se lo conté a nadie. En el momento pensé que no podía contarlo; a fin de cuentas, era mi culpa por haber salido con ese tipo, por haber aceptado encontrarme con él esa noche, por haberlo atraído en un primer momento. No fue un incidente en el que me atraparon en un callejón y me amenazaron con un cuchillo sobre la garganta. Por ignorancia, creí que lo que había pasado era mi culpa. A pesar de toda mi "modernidad" y "liberación", en esta área era muy ingenua, lo que llevó a que fuera muy vulnerable para ser herida de forma tan espantosa.

Mi ser más interno había sido violado y no sabía adónde acudir. Al carcomerme con recriminación y arrepentimiento, me convertí en una prisionera de la depresión. Antes era una adolescente activa que siempre discutía con mis padres para poder volver más tarde, pero ahora no podían sacarme de la casa. Durante el día me arrastraba hasta la escuela, vestida con ropa negra holgada, fumaba marihuana, dormía durante las clases y comencé a reprobar. En mi mente se repetía constantemente la escena de la violación y volvía a sentir el mismo dolor físico y la angustia mental. Todo el tiempo pensaba en abandonar todo y suicidarme.

Meses después encontré mi nombre garabateado en la pared de uno de los baños de mi escuela. Allí decía: "Naomi está acabada". Borré mi nombre con furia. Al día siguiente, en la misma pared habían escrito: "¡Naomi apesta!".

Miré mi nombre sin poder comprenderlo. ¿Quién podía haber escrito eso? ¿Quién era ese torturador insensible que agregaba más carga a mi confusión interior?

Sentí que mi yo verdadero estaba enterrado vivo debajo de todos esos escombros oscuros, pesados y autoimpuestos, exiliado en una negra cueva de amargura y desesperación. Me estaba asfixiando y tenía que salir y empezar a respirar nuevamente aire fresco. Necesitaba ayuda.

Un refugio

Dos años más tarde, estaba sentada en una ronda con un grupo de mujeres interesadas en entrenarse para convertirse en asesoras en crisis por violación. Una por una, las mujeres fueron diciendo las razones por las que habían decidido participar en ese programa de cinco meses. Casi había llegado mi turno de hablar. Quería decir que era importante estar disponible para que alguien pudiera compartir el dolor y aliviar la carga que llevaba. Nadie debía sentirse sola, carcomerse para siempre como yo lo había estado haciendo.

Eso era lo que quería decir, pero las palabras se trabaron en mi garganta. Todo lo que pude hacer fue sacar unos sollozos desgarradores. La coordinadora del grupo me abrazó y yo seguí llorando. Finalmente había encontrado un lugar seguro y de apoyo para divulgar mi oscuro secreto. Una vez que la historia salió, pude examinarla más objetivamente y aprender a verla como una mala experiencia que ya no poseía mi espíritu y no podía dominar negativamente mi propia imagen.

Me embarqué en un largo y lento proceso terapéutico de reescribir el guion que me permitiría sobrevivir. Comprendí que podía elegir no verme más a mí misma como una "víctima de violación". Podía dejar atrás el trauma y seguir adelante. No tenía que cargar ese pesado veredicto de "víctima" durante toda mi vida. No era algo que podía olvidar, pero no tenía que oscurecer el resto de mi vida.

No se trataba sólo de volver a escribir el guion; era antes que nada elegir volver a ser lo que era, una persona positiva, vivaz, que amaba la vida. Tenía que volver a conectarme con la parte que se había perdido en medio del dolor y encontrar a la jovencita que se había escondido. Tenía que calmarla, asegurarle que sería más cautelosa, más cuidadosa y selectiva respecto a las personas con las que me rodeaba, cómo pasaría mi tiempo y qué haría con mi vida. Y me protegería para no volver a ser "victimizada". Lo que era obvio era que no volvería a tener novios casuales. Todo mi idealismo romántico había sido destruido. Si alguna vez sanaba lo suficiente como para poder volver a confiar en alguien, entonces buscaría a una persona con quien compartir mi vida en una relación permanente y comprometida, alguien a quien mi alma considerara una persona segura.

Mi proceso de sanación

Pasé por muchos cambios desde el momento del trauma a los 15 años hasta que llegué al curso de asistencia en crisis cuando tenía 18. Hubo un breve período en el que me volví anoréxica. Me sentía agradecida de haber dejado de menstruar y no tener más un cuerpo de mujer, pensando que eso lo protegería de recibir una atención no deseada. Era una forma desesperada de sanar y, afortunadamente, lo abandoné. Eventualmente dejé de ir a fiestas, fumar, beber y salir con un grupo de personas poco saludables. Empecé a hacer ejercicio, me volví vegetariana y comía alimentos sanos. Volví a mis estudios. Estudié durante el verano para poder graduarme un año antes y alejarme de la escuela secundaria, ir a la universidad y conocer nuevos amigos que estuvieran preocupados por cosas que estuvieran más allá de las drogas y la música rock.

El entrenamiento para asistir en crisis de violación me ayudó muchísimo. Aprendí que no estaba sola. Aprendí sobre la "violación en una cita". Había mujeres de todas las edades, incluyendo niñas, que eran lastimadas por personas que conocían (parientes, vecinos, conocidos, empleados de oficinas, "citas"), hombres en los que pensaban que podían confiar. Las víctimas de violación en una cita sufren un trauma físico y mental que puede incluir sentimientos abrumadores de humillación, vergüenza y deshonra y, por supuesto, pueden culparse constantemente por el mal perpetrado contra ellas.

Descubrí que durante años había sufrido los síntomas del síndrome de estrés postraumático. Pero podía sanar. Ese entrenamiento fue la terapia que nunca había tenido.

La coordinadora del grupo pensó que yo todavía no estaba emocionalmente preparada para ayudar a otras mujeres en crisis, y entendí que tenía razón. Pero crecí con esa experiencia y me sentía mucho más fuerte, mas entera como persona. Incluso podía llegar a imaginar tener en el futuro una vida normal, casarme y tener hijos, un objetivo que me infundía esperanzas y me daba fuerzas para seguir adelante. No importaba que ninguna de las personas que conocía en la universidad pensara en casarse y tener hijos, yo sabía que eso era lo correcto para mí.

Mi batalla contra el cáncer

El otoño posterior al curso me diagnosticaron cáncer. En mi mente, la devastación de mi ser físico, mental, emocional y espiritual claramente tenía que ver con eso. Cuando me desperté de la biopsia y pude hablar, lo primero que les dije a mis padres fue lo que me había pasado tres años antes. Demasiado daño había tenido lugar por mantener todo guardado y no dejaría que eso siguiera ocurriendo. No iba a permitir que el dolor y la angustia me siguieran atormentando, carcomiéndome por dentro. Curarme del cáncer iba a incluir curarme de todo lo demás que me había sucedido.

No iba a volver a ser una víctima silenciosa. En cambio, lloré y reí, canté y bailé, escribí y busqué ayuda, y hablé mucho, sin dejar nada adentro.

Cuando estaba sola en la cama del hospital, con dolor después de las operaciones y los tratamientos, sabía que en definitiva estaba sola, que nadie puede estar totalmente disponible para ti. Entonces acudí a Dios, Quien siempre está presente. Allí fue cuando descubrí la fuerza de la plegaria.

Y las personas fueron maravillosas. Yo abrí mi alma y ellos respondieron a mi apertura respecto a mi enfermedad. Mis amigas me llamaron, me escribieron y me visitaron. Tener cáncer se convirtió en una increíble experiencia de sanación, de conexión y unidad con otros y con Dios, compartiendo el miedo, sin dejar nada atorado en mi interior. No iba a pasarlo sola nuevamente.

Salud e integridad

Trabajé mucho para volver a escribir ese guion mental de víctima. Había nuevos conceptos que corrían por mi mente: ganar, conquistar, superar, conectarse, fuerza, bienestar, sanación.

Gracias a Dios, eventualmente pude dejar detrás el capítulo del cáncer. Ya no estaba enferma y estaba decidida a pensar de forma positiva para promover la salud y la integridad. Conocí a mi esposo. Juntos nos volvimos religiosos y nos fuimos a vivir a Israel. Se abrieron nuevos capítulos de una buena vida que nunca imaginé que pudiera ser posible.

Hay cierta magia en la liberadora sensación de bienestar que surge al reescribir nuestra propia narrativa personal, eligiendo enfocarnos en todo lo bueno de nuestras vidas.

Podría haber seguido atrapada en algún lugar del abismo en el que me había enterrado décadas atrás. A veces me cuesta creer que sigo aquí y que no acabé con mi vida cuando el mundo parecía ser tan oscuro. Estoy viva y puedo levantarme con energía para valorar cada nuevo día.

Me siento agradecida con Dios por ayudarme a volver a descubrir y recuperar mi esencia, por ayudarme a escalar nuevamente hacia la luz.



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