Zot Janucá y la naturaleza de lo natural

22/12/2025

3 min de lectura

¿Cuál es la diferencia entre lo natural y lo milagroso?

Rav E. E. Dessler, el célebre pensador judío (1892-1953), nos pide contemplar un panorama extraño y desconcertante: un mundo donde los muertos se levantan rutinariamente de sus tumbas, pero ningún grano ni vegetación ha crecido jamás.

El experimento mental continúa con la aparición repentina de un hombre que consigue una semilla, algo nunca visto antes en ese universo insólito, y la planta en la tierra. Los habitantes consideran el acto como enterrar una piedra, y quedan atónitos cuando, varios días después, un brote atraviesa la tierra donde se había depositado la semilla, y finalmente se desarrolla en una planta plenamente formada que, lo más asombroso de todo, ¡produce sus propias semillas!

Rav Dessler señala que no existe una diferencia inherente entre la naturaleza y lo que llamamos lo milagroso. Simplemente usamos la palabra “naturaleza” para los milagros a los que estamos acostumbrados, y la palabra “milagro” para aquellos que no hemos experimentado antes. En definitiva, todo es la voluntad de Dios.

Es un pensamiento plasmado poéticamente por Emerson, quien escribió: “Si las estrellas aparecieran una noche cada mil años, ¡cómo creerían y adorarían los hombres…!”

Un pensamiento que, de hecho, influyó sutilmente en la opinión del famoso físico Paul Davies, quien escribió en The New York Times que “la propia noción de ley física es una noción teológica”.

Y es un pensamiento que también es pertinente para Janucá.

La naturaleza sobrenatural de lo natural está en el eje de una respuesta a una de las preguntas más famosas del canon de la ley religiosa judía, planteada en el siglo XVI por el autor del Shulján Aruj, Rav Iosef Karo: ¿Por qué Janucá dura ocho días si cuando los macabeos recuperaron el Templo Sagrado de Jerusalem del control de los seleúcidas encontraron suficiente aceite para que la Menorá estuviera encendida durante un día? Es cierto que ése fue el tiempo que las llamas ardieron, permitiendo a los sacerdotes preparar aceite nuevo y no contaminado. Pero ¿acaso no fue uno de esos ocho días simplemente el día para el cual el aceite encontrado era suficiente, y por lo tanto no un día milagroso digno de conmemoración?

Rav David Feinstein, director de Mesivta Tiferet Jerusalem, sugiere: siete de los días de Janucá conmemoran el milagro de que, en tiempos de los macabeos, las llamas del candelabro ardieron sin aceite. El octavo día conmemora simplemente el milagro del hecho de que el aceite arda.

La sugerencia evoca un relato del Talmud (Taanit 25a), en el cual la hija del sabio talmúdico Rabí Janina ben Dosa se dio cuenta, poco antes del Shabat, de que accidentalmente había vertido vinagre en lugar de aceite en las lámparas sabáticas, y comenzó a entrar en pánico. Rabí Janina, un hombre que percibía vívidamente la mano de Dios en todo y que, por ello, merecía particularmente lo que la mayoría llamaría milagros, la tranquilizó. “Aquel que ordenó al aceite que arda también puede ordenar al vinagre que arda”.

De hecho, hay un día de los ocho de Janucá que está separado de los demás, designado con un apelativo especial. El día final de la festividad se conoce como “zot Janucá”, por el pasaje de la Torá que comienza con “zot janukat hamizbeaj” (“Ésta es la dedicación del altar”), que se lee ese día en la sinagoga.

Las fuentes místicas judías consideran ese día como la reverberación final del período de las Altas Fiestas celebradas varias semanas antes. Aunque Rosh Hashaná fue el día de juicio del año y Iom Kipur la culminación de los días de arrepentimiento, también se mencionan otras “piedras de tiempo” del período del juicio divino sobre nuestras acciones. Una es Hoshana Rabá, el último día de Sucot. Y la última, de acuerdo con las fuentes, es “zot Janucá”.

De hecho, parecería ser un día apropiado para reflexionar profundamente sobre lo “sobrenatural” en la naturaleza, lo milagroso en lo aparentemente mundano. Porque… ¿qué es lo que llamamos milagro sino una manifestación de Dios más clara de lo habitual? ¿Y qué son los días de las Altas Fiestas sino un tiempo en que Él está “cerca” de nosotros, cuando la conciencia de Dios está al frente y en el centro?

Quizá el día final de Janucá nos presente una oportunidad singular para reflexionar sobre cómo, así como la ubicuidad y la previsibilidad de la naturaleza pueden engañarnos y permitirnos olvidar que todo es, en realidad, la voluntad de Dios, así también las semanas transcurridas desde las Altas Fiestas al final del verano pueden adormecernos, llevándonos a un estado de falta de conciencia respecto a la importancia de nuestras acciones.

Si es así, la última noche de Janucá podría ser un momento especialmente adecuado para contemplar las ocho llamas que iluminan el mundo y, mientras nos preparamos para adentrarnos en la sombría oscuridad de lo que algunos podrían considerar un “invierno abandonado por Dios”, saber que, aun así, como siempre, “Su gloria llena el universo”.

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