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La carta de Eichmann y Ban Ki-Moon

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03/02/2016 | por Rav Benjamín Blech

Justificando el mal, una vez más.

La semana pasada hubo dos historias que hicieron noticia, y me parece que hay una irónica conexión entre ambas.

La primera trata de una revelación sobre uno de los arquitectos del Holocausto. No había sido revelada hasta ahora, y sirve como una destacable y fascinante nota al margen sobre la ejecución de Adolf Eichmann por sus indescriptibles crímenes a la humanidad y al pueblo judío. Nos enteramos recientemente que Eichmann, después del juicio en el que fue declarado culpable de haber jugado un papel protagónico en la muerte de 6 millones de judíos, envió una carta rogando por su vida y por el perdón, basándose en que “yo no era el responsable y, como tal, no me siento culpable”. Afirmó que él sólo “seguía órdenes”, la misma justificación que intentaron sus codemandados en los juicios de Nuremberg.

No hay culpa, no hay remordimiento, no hay arrepentimiento… porque Eichmann fue capaz de racionalizar los barbáricos actos perpetrados por el régimen nazi bajo su mandato.

No hay culpa, no hay remordimiento, no hay arrepentimiento… porque Eichmann fue capaz de racionalizar los barbáricos actos perpetrados por el régimen nazi bajo su mandato. En su malvada mente, una excusa era suficiente para auto justificarse; una razón que le debía otorgar absolución y perdón.

La carta, escrita a mano por Eichmann en alemán, y otros documentos oficiales del caso, fueron publicados por primera vez el miércoles pasado por el presidente de Israel, Reuvén Rivlin, durante un evento para conmemorar el Día Internacional de Recuerdo del Holocausto.

El presidente de Israel de ese entonces, Itzhak Ben-Zvi, rechazó la petición de Eichmann. El ahorcamiento de Adolf Eichmann —la única vez en que Israel ha aplicado la pena de muerte— buscaba enviar un claro mensaje al mundo y a las generaciones futuras: el mal no puede ser racionalizado y ninguna explicación será considerada jamás una causa de justificación.

En una nota escrita a mano que fue adjuntada por Ben-Zvi al telegrama en el que se rechazaba la petición de Eichmann, el presidente escribió un versículo del Tanaj: “Pero Shmuel dijo: ‘Tal como tu espada ha hecho a mujeres infértiles, de la misma forma tu madre quedará sin hijos entre las mujeres” (Shmuel I 15:33).

El mal debe ser condenado, sin explicaciones ni reservas.

La publicación de la carta de Eichmann, especialmente por el hecho de haber sido revelada en el Día Internacional de Recuerdo del Holocausto, fue un fuerte recordatorio de una verdad que el mundo desesperadamente necesita entender si pretende evitar que se repita una tragedia como aquella, una tragedia que mancha todo recuerdo del siglo XX: el mal debe ser condenado, sin explicaciones ni reservas.

Y entonces, en una ironía sin paralelo que siembra la duda sobre la legitimidad misma de la ONU, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, dejó en claro que no comprende ni acepta esta idea.

En repuesta a la violencia y terrorismo que afectan actualmente a Israel —un terrorismo de una inimaginable crueldad— Ban Ki-Moon expresó su reacción ante estos horrendos actos y explicó que deben ser entendidos “como una reacción natural humana ante la ocupación”. Puede que superficialmente parezca estar mal, explico él, pero no podemos olvidar que el terrorismo palestino tiene una razón de ser. Es una respuesta a la provocación israelí... y, de acuerdo a Ban Ki-Moon, el significado de esta respuesta no es más ni menos que “una respuesta natural humana”.

Intentemos comprender el significado de la calumnia del Secretario General sobre nuestra supuesta “naturaleza humana”. El diccionario es un buen lugar para comenzar. El diccionario Webster define naturaleza humana como “las formas de pensamiento, sentimiento y acción que son comunes a la mayoría de la gente”.

Consecuentemente, algunas de las siguientes respuestas palestinas serían “comunes a la mayoría de la gente”:

  • Acuchillar a una madre hasta matarla en frente de sus hijos.

  • Herir de gravedad a un joven de 13 años de edad, acuchillándolo mientras andaba en su bicicleta.

  • Asesinar judíos cuyo único crimen fuera de su identidad judía fue reunirse a rezar en una sinagoga.

  • Disparar azarosamente a gente que disfrutaba de un café en Tel Aviv.

La lista sigue y sigue, con horripilantes detalles. Es una historia de crueldad sin fin que debería conmocionar a la mente civilizada por su depravación.

Pero esto es lo que el Secretario General de la ONU —una organización que supuestamente fue creada para sacar a relucir lo mejor de la raza humana— realmente considera que es la verdad de la naturaleza humana, una verdad que puede explicar la existencia del mal como una mera expresión de nuestra innata e inalterable existencia como humanos.

Cualquiera que comparta la creencia bíblica de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, no puede siquiera pensar en excusar el mal por medio de una racionalización. La naturaleza humana se basa en nuestra esencia espiritual. Nuestras almas buscan hacer el bien. Es verdad, el libre albedrío permite que exista el mal. Pero ver como la gente pervierte su esencia espiritual e ignora su verdadera y divina “naturaleza humana” nos hace sentir repugnancia.

El Holocausto ocurrió sólo porque había gente que sentía que el mal que causaban podía ser excusado, que sus crímenes podían ser justificados. Cuán triste es ver que 70 años después, el portavoz de las naciones del mundo repite el mismo embuste sólo que camuflado con diferentes palabras. Sería trágico que no reaccionáramos con el apropiado enojo ante la sugerencia de que mediante nuestra “naturaleza humana” podríamos terminar cometiendo crueles actos de violencia y asesinato, porque un mundo que está de acuerdo con esa obscena propuesta estaría a sólo un paso de convertirla en una realidad.




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