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Renunciando a la TV

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09/03/2015 | por Yvette Alt Miller

¿Por qué nuestra familia no ve televisión?

"¡No durarás ni una semana!".

Escuché este comentario —y muchas variaciones del mismo— por parte de toda la gente a la que le conté sobre mi nueva decisión. Mi marido y yo acabábamos de tener nuestro primer hijo y yo había decidido (informándole a mi marido, quien —con mucha cautela— me apoyó) que construiríamos nuestra nueva familia sin que el televisor fuera parte de nuestras vidas.

No sé exactamente qué fue lo que me transformó en alguien tan anti TV cuando me convertí en madre. Fui criada con una firme dieta de programas televisivos, comenzando con Plaza Sésamo y continuando con todo show popular de las décadas de los 80 y 90. De adulta disminuí el tiempo que pasaba frente al televisor —¿quién tiene tiempo para ello?— pero aún era una ávida espectadora de TV cuando decidí experimentar dejarla del todo.

Nuestro hijo tenía cólicos bastante seguido; la única forma de calmarlo era mecerlo suavemente. Desesperada, busqué mecedoras mecánicas en internet. Quizás fueron las opiniones de la gente sobre el producto las que me hicieron decidir dejar de ver televisión. “Si eres como la mayoría de los padres, pondrás esta hamaca frente al televisor”, era una de las alabanzas más comunes. Estaba horrorizada: la idea de poner así a mi bebé frente al televisor, en lugar de hablarle y sonreírle, parecía una idea muy errónea.

La Academia Estadounidense de Pediatras recomienda que la exposición a la pantalla de los menores de dos años sea nula.

Y esa también es la posición de la Academia Estadounidense de Pediatras, la cual recomienda que la exposición a la pantalla de los menores de dos años sea nula. “El cerebro de un niño se desarrolla con rapidez durante los primeros años y los niños pequeños aprenden más interactuando con personas, no con pantallas”, recomienda.

Mis amigas no estaban tan convencidas. "Sí, cómo no", decían ellas, señalando que no abusaban de la TV; que media hora de TV les facilitaba preparar la cena o dormir un ratito, y que sus hijos no parecían sufrir.

Sus bebés realmente parecían alertas y felices, pero de todos modos decidí apegarme a mi resolución: nada de televisión para mi hijo. Además, eso significaba que habría cada vez menos televisión para mí y para mi marido.

Durante unos meses nuestro televisor estuvo en su rincón usual. Lo prendí unas veces mientras el bebé dormía, pero la mayoría del tiempo se mantenía silente y oscuro. Esas primeras semanas de paternidad fueron un tiempo mágico, ni siquiera extrañamos la pantalla.

El gran desafío vino unos meses después, cuando nos mudamos y decidimos no comprar un abono de televisión por cable. Nerviosa ante la realidad de no tener televisión, alquilé una pila de películas que terminé devolviendo sin mirar. Estábamos acostumbrándonos a encontrar nuestras formas de entretenimiento libre de pantallas y, para mi sorpresa, después de unas semanas de abstinencia incluso dejé de pensar en los pocos programas de TV que tanto solía disfrutar. Estábamos oficialmente libres de TV.

Unos pocos años después de comenzar nuestro experimento de vivir sin televisión, nos visitó una pariente que creía que a nuestros hijos les encantaban los mismos programas de televisión que a sus amigos. Se sorprendió al ver que el tema de la televisión nunca surgió. Nuestros hijos más chicos habían conocido a todos los personajes para niños de su edad gracias a libros, y los mayores parecían haber gravitado naturalmente hacia amigos que no miraban mucha televisión.

Incluso mis amigas que más aceptan la TV me dicen que no les gusta tanto en realidad. "¡Mis hijos estuvieron toda la mañana en la casa mirando televisión!", me dijo una amiga cuando me la crucé en un hermoso día soleado. Otra amiga se quejó porque sus hijos habían comenzado a copiar el insolente tono de voz y el sarcástico humor de los personajes de su programa para adolescentes favoritos.

La publicidad es otro dolor de cabeza: la Academia Estadounidense de Pediatras estima que los niños ven 40.000 publicidades por año en la televisión. Eso es mucha televisión. Un estudio del 2011 descubrió que los niños estadounidenses menores de dos años ven 53 minutos de TV o videos por día, un tercio de los cuales tiene incluso su propia TV en el dormitorio. Los niños mayores pasan un promedio de entre tres y cuatro horas al día mirando televisión; para cuando los adolescentes llegan a la secundaria, han pasado más tiempo frente al televisor que en la escuela.

Estudios recientes han mostrado que el hábito de ver televisión está asociado con tener notas más bajas, hacer menos ejercicio y padecer sobrepeso. Ver televisión está incluso relacionado con algunas enfermedades comunes: por cada dos horas de televisión al día, los televidentes elevan el riesgo de desarrollar diabetes tipo II en un 20% y la probabilidad de tener enfermedades cardíacas en un 15%.

Sin televisión, mis hijos (y mi esposo y yo) estamos forzados a generar nuestro propio entretenimiento. Escuchamos música juntos, jugamos juegos, leemos libros. Es cierto, la mayoría de las familias lo hacen, pero yo disfruto que para nosotros no haya alternativa. Sin un escape hacia el mundo de los programas de TV, tenemos que apoyarnos mutuamente para entretenernos, para conversar, para relajarnos.

Aún tenemos un televisor, y en ciertas ocasiones a lo largo de los años (durante las olimpiadas, durante los debates de los postulantes a la presidencia) lo he encendido para mis hijos.

Sin embargo, cuando estábamos mirando juntos esos programas especiales, en lugar de sentir una conexión mágica con los eventos, mis hijos se sintieron aburridos. Odiaron los constantes comerciales que caracterizan a las olimpiadas. Opinaron que los comentarios eran repetitivos. Y, para mi sorpresa, a mí me ocurrió lo mismo. En lugar de ser mágica, la TV me pareció aburrida; ni tan desafiante ni interesante como los libros, la música u otras actividades con las que generalmente llenábamos nuestros días.

El año pasado me emocioné al leer los comentarios de Ela Naegele, una judía ortodoxa que es una de los 83 Eruditos de Rhodes que estudian este año en la Universidad de Oxford. Reflexionando sobre su crianza, Ela dijo que su éxito se lo debe a sus padres, a quienes les agradeció tres cosas en particular: por leerle a ella y a sus hermanos en la noche, por alentarlos a estudiar a tocar instrumentos musicales y por nunca permitirles ver TV.

Todavía no hay un veredicto final respecto a nuestro experimento de vivir sin TV. Parece ser satisfactorio no poder apoyarse en el entretenimiento fácil de la televisión. ¿Tendremos beneficios duraderos? Espero que darles a mis hijos el regalo de poder entretenerse a sí mismos y de pasar tiempo de calidad con la familia y sin distracciones los beneficie en el presente y los enriquezca en el largo plazo.




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