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¿Demandarías a tus padres?

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08/02/2016 | por Rav Benjamín Blech

Los niños pasaron de ser nuestros empleados a ser nuestros jefes, reemplazando la responsabilidad con el sentimiento de derecho.

La paternidad ya no es como antes.

En su fascinante libro All Joy and No Fun: The Paradox of Modern Parenthood (Pura alegría y nada de diversión: la paradoja de la paternidad moderna), la autora, Jennifer Senior, explica que el concepto de vida familiar actual comenzó a existir recién después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la idea de la infancia, como la conocemos ahora, hizo su primera aparición.

Durante la mayoría de la historia de los países de América los niños entendían que su rol daba por sentada la idea de la reciprocidad. En el pasado, trabajaban en los campos y también ayudaban en el cuidado de sus hermanos. Con la industrialización, su contribución al ingreso familiar venía desde una edad muy temprana a partir de trabajos en fábricas, minas y molinos, de tratos comerciales y de la popular tarea de repartir periódicos en los barrios. En resumen, todos entendían que la relación entre los padres y los hijos era asimétrica. Todos eran socios en la difícil tarea de asegurar las necesidades para la supervivencia mutua.

Los niños pasaron de ser ayudantes a ser completamente dependientes, de ser ‘útiles’ a ser ‘protegidos’.

Los mejores tiempos no sólo produjeron una transformación económica, sino que también produjeron una transformación sicológica. Ya no se espera que los niños contribuyan. Pasaron de ser ayudantes a ser personas completamente dependientes a quienes hay que evitarles todas las dificultades de la vida. Los historiadores sociales describen esta transformación diciendo que pasaron de ser ‘útiles’ a ser ‘protegidos’.

Jennifer Senior lo resume así: “Los niños dejaron de trabajar y los padres trabajan el doble. Los niños pasaron de ser nuestros empleados a ser nuestros jefes”.

Sin embargo, ni siquiera este breve resumen consigue expresar el gigantesco cambio en la relación padre-hijo, cuya ilustración más chocante ocurrió el año pasado en el sistema judicial de Nueva Jersey, Estados Unidos.

Rachel Canning es una joven de 18 años que demandó a sus padres. Presentó una demanda para forzar a sus padres a pagar su educación privada y sus gastos personales.

Parece ser que mientras vivía en su casa, sus padres fijaron reglas que ella debía seguir. Tenía que estar en casa a una cierta hora, comprometerse a hacer tareas que también hacían sus hermanos y debía respetar a sus mayores. Sin embargo, ella eligió en cambio irse de su casa y vivir con la familia de una amiga; una casa en donde tenía la libertad para emborracharse y salir de fiesta cuando quisiera. Pareciera que valoró la independencia por sobre todas las cosas

Desafortunadamente, no tenía suficiente independencia como para sustentarse a sí misma, por lo que exigió que sus padres, quienes le habían comprado un auto, pagado la escuela y ahorrado para su educación universitaria, tuvieran la obligación legal de continuar encargándose de ella en el estilo al que se había acostumbrado.

El contrato que según ella guiaba la relación era: Me debes todo, te debo nada. ¿La razón? Después de todo, esa es la forma en que tantos miembros de mi generación definimos tu tarea como padre.

En una corte de Morristown, después de que Rachel presentara una solicitud para recibir de sus padres $600 dólares por semana, el juez Peter Bogaard regañó a la joven, haciendo referencia a un obsceno mensaje de voz que le había dejado a su madre.

“¿Has visto alguna vez a una joven mostrar semejante falta de respeto hacia un padre en un mensaje de voz?”, preguntó. “La joven se mofa de sus padres, deja la casa y vuelve para obligarlos a darles dinero semanalmente”.

Pero no todos ven el asunto desde esta óptica. La voz de la generación joven en Facebook estuvo bien representada por la siguiente reacción:

“Me sorprende la avaricia financiera de los padres modernos, a quienes les preocupa más jubilarse e ir a vivir a una ciudad de fantasía en lugar de proveer para la universidad de sus hijos y para sus primeros años de adultez. Los nacidos en la postguerra que viven en las zonas residenciales son los peores: ganan grandes cantidades de dinero, están acostumbrados a viajar a destinos de lujo cuando quieren y compran cosas que no necesitan… la gente debería tender a ver las cosas como yo las veo”.

¡Quizás más ridículo aún que la idea de la demanda misma es la legitimación de que para toda una subcultura contemporánea su premisa no sólo es legítima, sino que también es loable!

Cómo se atreven los padres a trabajar duro para ganar dinero y luego tener la tonta idea de que pueden gastar parte de ese dinero en ellos mismos. Y cómo se atreven a pensar que sólo porque tienen valores y estándares que consideran sagrados pueden imponerlos sobre sus adolescentes como condición para recibir el apoyo completo.

Es difícil entender cómo el honrar a los padres —uno de los Diez Mandamientos— puede haberse distorsionado tanto. Honrar a los padres es el quinto mandamiento y aparece al final de la primera tabla. Las leyes de Dios fueron dadas en dos tablas para promulgar la idea de que la religión debe reconocer dos grandes ideales: cumplir con las obligaciones tanto hacia Dios como hacia los otros hombres.

Los comentaristas preguntan: ¿Por qué el mandamiento de honrar a los padres está en la primera tabla, la cual resume nuestras obligaciones hacia Dios? La respuesta es profunda: debemos sentir un agradecimiento eterno, tanto con nuestros padres como con Dios, por el rol que jugaron en nuestra creación. Y quienes no puedan ser agradecidos con sus padres seguramente serán incapaces también de expresarle gratitud a Dios.

Esta increíble demanda de una niña contra sus padres es otro ejemplo de que el síntoma actual de “sentir que todo nos corresponde” se está permeando en todo segmento de nuestra sociedad. Los niños sienten, al igual que tantos otros, que todo lo que desean les pertenece por derecho. Es la enfermedad de un mundo que quiere olvidar la idea de la responsabilidad. Y es una condición cuya mejor cura es volcarse nuevamente a los valores bíblicos de obligación personal y gratitud.




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