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¿Por qué fue un milagro tan grande que la menorá ardiera durante 8 días?

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21/12/2021 | por Aryeh Rosenzweig

Al crecer, Janucá —y casi todo lo relacionado con el judaísmo— me parecía vacío y superficial. Luego empecé a aprender.

Las sillas rechinaban en el suelo de la cafetería cuando los estudiantes se daban vuelta para mirar a los únicos judíos del colegio. Mi hermano pequeño encendía las velas de Janucá en medio del programa de Navidad del colegio. Gracias a mi madre, había un mínimo de contenido judío en el programa de Navidad de la escuela para la única familia judía de un remoto pueblo del suroeste de Colorado de 1000 habitantes.

Yo no compartía el orgullo judío de mi madre. ¿Por qué querría destacar como el judío del pueblo y someterme a las burlas de los demás? Durante toda mi infancia, mi identidad judía siguió siendo una fuente de conflicto. Con el tiempo, me vi obligado a investigar qué significaba para mí ser judío.

¿Acaso el pueblo judío representa algo significativo y valioso que pueda generar orgullo? Sentí que me debía a mí mismo averiguarlo, y si no encontraba nada, cambiaría mi nombre que sonaba a judío y me desharía de los vestigios de judaísmo. No quería ir por la vida con una identidad judía conflictiva que me parecía más una carga que una ventaja. Después de terminar la escuela de ingeniería y mi primer trabajo decepcionante, viajé a Israel en una misión de investigación.

Eventualmente, encontré el camino a Aish HaTorá y conocí a gente con respuestas interesantes. A través de una comprensión más profunda de la filosofía y la práctica judía, me di cuenta de que mi falta de conocimiento era lo que hacía que el judaísmo pareciera superficial y vacío. Janucá es un buen ejemplo de esto.

Hace más de 2000 años, los macabeos vencieron al poderoso ejército griego en una guerra que se libró para preservar el estilo de vida judío que los griegos pretendían desarraigar. Al volver a consagrar el Templo, hubo escasez de aceite utilizable para la menorá. Los judíos encendieron la menorá con un frasco de aceite puro, suficiente para un día. Y para asombro de todos, las llamas continuaron ardiendo durante siete días más.

¿Acaso el hecho de que la menorá ardiera siete días más era un milagro tan grande que justificaba que el pueblo judío encendiera una menorá durante miles de años en conmemoración? ¿Qué estamos celebrando? Dios ha hecho milagros mucho más impresionantes que ese.

Naturaleza y milagro

Para responder a esta pregunta, tenemos que definir algunos términos. Empecemos con las definiciones de "naturaleza" y "milagro". Estamos acostumbrados a tratar las leyes de la naturaleza como permanentes e inmutables. Las leyes de la física y la química definen el orden natural del mundo, y estamos obligados a funcionar dentro de ese orden; no hay manera de eludirlas.

El pensamiento judío enseña que, aunque estamos obligados a funcionar dentro de los límites de la naturaleza, ésta carece de existencia propia. Las leyes de la naturaleza son establecidas y sostenidas por Dios y pueden ser cambiadas por Dios.

Un acontecimiento que surge de acuerdo con la física que conocemos se llama 'acontecimiento natural'. Un acontecimiento que se desarrolla de forma incompatible con la física que conocemos se denomina 'milagro'. En ambos casos, sin embargo, es Dios quien mueve los hilos.

Hubo dos milagros en la historia de Janucá. El milagro del aceite y el milagro de la victoria judía sobre el ejército griego. Grecia era una potencia mundial con un ejército de primera clase. Los macabeos eran una familia de sacerdotes del Templo que iniciaron la guerra contra los griegos.

Los griegos superaban en número a los soldados judíos y eran profundamente más hábiles militarmente. Si la guerra se hubiera desarrollado según el orden natural del mundo, el pueblo judío habría sufrido una derrota total. Por lo tanto, la victoria judía encarna un milagro; sin embargo, es un milagro oculto dentro del orden natural. Es el tipo de milagro que no es evidente hasta que uno no lo contempla.

El milagro de la luz

La derrota de los griegos a manos del muy inferior ejército judío encarnó un milagro más significativo e impresionante que el de las velas que ardieron durante siete días más. Entonces, ¿por qué no destacamos el milagro mayor de la derrota del ejército griego? La respuesta es que existe el peligro de que la gente acabe desestimando el milagro oculto en el orden natural y atribuya la victoria a la superioridad de las habilidades de combate y la estrategia de los macabeos.

El milagro de las velas enmarca la victoria militar también como producto de la intervención de Dios.

 

En cambio, el milagro de las velas es un milagro obvio, abiertamente aparente, no atribuible al orden natural. En consecuencia, el acontecimiento se atribuirá a la intervención de Dios. El milagro de las velas arroja luz sobre la guerra, enmarcando la victoria militar como un producto de la intervención de Dios también.

Con esta mentalidad, nuestras velas de Janucá pueden ayudarnos a transformar la forma en que vemos nuestras propias vidas.  Al contemplarlas, podemos reconocer que los acontecimientos aleatorios de nuestra propia trayectoria vital no son en absoluto aleatorios; sino que son el producto de la mano de Dios.

Descubrir el significado de Janucá fue sólo un ejemplo de la transformación de lo que para mí parecía un ritual vacío en una práctica impregnada de significado y sabiduría. Encontré una fuente de respuestas a mis preguntas. Ahora, todo lo que tenía que hacer era aprender.





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