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Los abuelos que nunca conocí

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12/05/2022 | por Menuja Jana Levin

Sólo sabía que durante la guerra los habían asesinado unas personas terribles llamadas "los nazis".

Durante toda mi vida, su única fotografía estuvo exhibida en el salón de nuestra casa. Pero cuando era pequeña tenía miedo de mirarlos demasiado de cerca.

Eran los padres de mi padre, pero a diferencia de mis abuelos maternos, no sabía nada de ellos. Sólo sabía que me llamaron Menuja por esa abuela desconocida, y que ella y mi abuelo Menajem Mendel habían sido asesinados durante la guerra por unas personas terribles llamadas "los nazis".

Los padres de mi padre.

Hasta donde yo sabía, la única guerra había sido la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, Azriel, milagrosamente había conseguido una rara visa de Lituania tres semanas antes de que comenzara la guerra, en agosto de 1939. Él nos contó sobre su ansiedad en su viaje en tren por Europa, cómo había entablado conversación con un soldado alemán, quien después le agradeció a mi padre por ser un compañero de viaje tan interesante.

Cuando el tren llegó a la seguridad de Holanda, los pasajeros besaron el suelo. Mi padre luego viajó en barco hasta Sudáfrica, lejos de los espantosos acontecimientos de Europa. Aunque se había salvado del terrible destino del Holocausto “como un leño sacado del fuego”, él nunca olvidó a sus amados padres que se habían quedado en Europa.

Cuando finalmente terminó la guerra intentó buscarlos, pero tristemente sin éxito. Una vez recibió una carta diciendo que una mujer llamada Menuja Levin había sobrevivido la guerra y vivía en Israel. Su sueño esperanzado se convirtió en una amarga decepción. Esta mujer no era su madre, irónicamente compartían el mismo nombre.

Mi padre, como otros sobrevivientes, quería seguir adelante con su vida. Se casó con mi madre Lea y al año siguiente, cuando yo nací, me puso mi nombre en honor a mi abuela.

Aunque tampoco conocí a mis abuelos maternos, mi madre me contó muchas historias de ellos. Ellos estuvieron entre los muchos inmigrantes judíos que partieron de Lituania a principios del Siglo XX y se asentaron en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Mi abuelo Moshé había fallecido relativamente joven, después de sufrir una herida en la cabeza, y mi abuela Freida llegó a conocerme, pero falleció poco después de mi primer cumpleaños. De todos modos, ellos me resultaban muy reales debido a las historias que me contaba mi madre.

Pero para mi padre era demasiado doloroso hablar sobre sus padres, así que crecí sin saber nada sobre ellos.

Igualmente deficiente era mi conocimiento sobre los nazis y ese malvado llamado Hitler. A los siete años, al ver la portada de un libro sobre David y Goliat, asumí inmediatamente que Goliat, el gigante aterrador, era Hitler. ¿Quién más podía ser suficientemente grande y fuerte como para asesinar a tantas personas inocentes?

A medida que crecí, comencé a descubrir detalles más exactos y horrorosos sobre el Holocausto, incluyendo la forma en que habían sido asesinados mis abuelos. Cuando los alemanes invadieron Lituania en junio de 1941, allí vivían alrededor de 220.000 judíos. Las ejecuciones comenzaron el primer día de la invasión, cuando los alemanes empezaron a ejecutar su plan asesino para exterminar a los judíos.

Sin embargo, extrañamente me resultaba tranquilizador que por lo menos mis abuelos no hubieran sido embutidos en un vagón de ganado durante días, deportados a Auschwitz y terriblemente sofocados a muerte en una cámara de gas, el destino de demasiados judíos desafortunados de otros países.

En cambio, podía haber sido en un placentero día de verano cuando los obligaron a ir caminando hacia un bosque llamado Ponar, diez kilómetros al sur de Vilna. Me imagino el sol brillando en el cielo azul, el aire perfumado por los pinos de alrededor. Por supuesto, deben haber estado aterrados cuando escucharon sonar los primeros disparos en el bosque y entendieron que sus vidas estaban por acabar, pero espero que por lo menos hayan muerto de inmediato.

La tasa de genocidio de los judíos de Lituania, un horrendo 95 a 97%, fue una de las más altas de Europa, principalmente debido a la entusiasta cooperación de los lituanos locales con las autoridades alemanas.

Monumento al Holocausto, bosque Ponar, Lituania

Así fue que crecí privada no sólo de mis abuelos martirizados, sino también sin ninguna información sobre ellos. Su fotografía reveló más a medida que me fui creciendo. A la distancia parecía que mi abuela tenía una joroba. Para mi sorpresa, descubrí que el cuello volteado de su abrigo oscuro era lo que la hacía parecer así.

Tenía una bufanda blanca prolijamente acomodada y un ajustado sombrero negro, similar al que yo uso ahora. Parados uno al lado del otro, mis abuelos eran una linda pareja.

¿Cómo hubiera sido mi infancia de haber tenido el privilegio de conocerlos? Cuánto me hubiera emocionado ir a visitar a mis queridos Bobe y Zeide, como los hubiera llamado en ídish con acento lituano. Ella me habría contado historias sobre su propia infancia, conectando una generación con otra. Mi Zeide me hubiera dado dulces con una sonrisa cómplice y me hubiese llamado “sheina meidele” (linda pequeñita).

Aunque mis abuelos existen sólo en mi imaginación, ahora he sido bendecida con mis propios y maravillosos nietos. Nuestro tiempo juntos es especial, intercambiando abrazos y bromas, contando historias sobre mi propia niñez, haciendo manualidades, enviándoles adivinanzas por correo electrónico.

Mi Salmo favorito, el 128, contiene esta hermosa bendición: "Que vivas para ver nacer los niños de tus hijos”. Trágicamente, mis abuelos paternos no pudieron conocer a ninguno de sus descendientes, pero yo estoy infinitamente agradecida por el privilegio de ver los míos.



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