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Vendiendo Tu Alma

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01/07/2008 | por Sara Yoheved Rigler

¿Tiene cada uno de nosotros un precio?

Mi marido y yo nos registramos en nuestra habitación del hotel, con suficiente tiempo para prepararnos para nuestros tratamientos de Spa a las cinco de la tarde. Sólo tenia que llamar a mi editor de Nueva York para indicarle las correcciones finales de mi nuevo libro.

Me senté en el escritorio, y mientras comía la torta de cortesía del hotel, marqué. La línea estaba ocupada. Después de cinco minutos atendió la recepcionista, pero mi editor no estaba en su escritorio. Cuando finalmente conseguí entregarle las correcciones, eran las 4:40.

Me apuré para estar lista para el tratamiento. Mientras me sacaba el reloj y mi colgante de oro y los dejaba en el escritorio, mi marido, a quien le molesta cuando lo retraso, me dijo que estaba poniendo mi billetera en la caja de seguridad del closet. Él ya estaba parado en la puerta cuando me di cuenta que aún tenía mi anillo de ópalo en el dedo. Rápidamente me lo quité, lo puse al lado del reloj, y salimos corriendo.

Después de nuestros tratamientos de Spa, mi marido fue a la sinagoga del hotel a rezar Minjá, y yo regresé a nuestra habitación. Mientras me acercaba, vi que la puerta de nuestra habitación estaba completamente abierta, y que la mucama recién salía. En un comienzo me sobresalté, pero luego me di cuenta que entre las comodidades de un hotel cinco estrellas a veces se incluye una limpieza por la tarde. Le sonreí y le agradecí, pero ella no correspondió mi sonrisa.

De inmediato me di cuenta que ella había limpiado el escritorio. Las migas de la torta ya no estaban y las páginas del manuscrito, que había dejado desordenadas, estaban ordenadas en una pila. Quince minutos después, cuando había terminado de vestirme para la cena, fui a ponerme mis joyas. El reloj y el colgante de oro estaban exactamente donde yo los había dejado, pero el anillo no estaba.

Busqué bajo cada uno de los objetos que estaban sobre el escritorio. Busqué por todo el piso. Ya entrando en pánico, revisé la pieza completa y el baño, a pesar de que estaba absolutamente segura que había dejado el anillo sobre el escritorio, al lado de mi reloj.

Sólo había dos posibilidades: o mi marido había puesto el anillo en la caja de seguridad o la mucama lo había robado. No tenia como revisar la caja de seguridad; mi marido tenía la tarjeta de crédito para abrirla, y estaba en la mitad de su rezo. Además, me acordaba vagamente que él ya estaba parado en la puerta cuando me saqué el anillo. En cuanto a la mucama, una mirada hacia el pasillo me reveló que había terminado de limpiar nuestro piso y estaba parada frente al ascensor de servicio. Si la confrontaba inmediatamente, mientras todavía tenia el anillo con ella, quizás lo devolvería. Cuando se fuera a su casa, me di cuenta con una sensación de hundimiento, nunca recuperaría mi anillo. Me encantaba ese anillo con sus resplandecientes ópalos azules, un regalo de mi marido para mi cumpleaños este año. En mi mente escuché un susurro de advertencia: "No tienes permiso de acusar precipitadamente a la mucama. Hay mitzvot (mandamientos de la Torá) que se aplican aquí". Pero el susurro fue ahogado por un fuerte chillido: "¡QUIERO MI ANILLO DE VUELTA!".

Corrí por el pasillo. Con los dientes apretados, le dije a la mucama en hebreo, "Mi anillo no está en el cuarto. Si me lo regresas ahora, prometo que no le diré nada a nadie".

Ella me miró sin expresión alguna. "¿Cuál es su habitación?" preguntó con acento ruso.

"Habitación 710".

Comenzó a caminar hacia mi habitación. Ella quiere devolvérmelo en privado, supuse con satisfacción. Estaba feliz de haber actuado rápidamente.

Parada al lado del escritorio, apunté a la escena del crimen. "El anillo estaba justo aquí. Se que lo dejé justo ahí".

En vez de entregarme el anillo, ella comenzó a examinar el piso. Enojada, repetí mi oferta: "Si me lo regresas ahora, no voy a decirle a nadie. Sólo quiero mi anillo de vuelta".

La mucama me miró con una mirada penetrante. "He trabajado aquí durante seis años,", dijo clara y justamente, "y nunca he robado nada".

En ese momento, supe que ella estaba diciendo la verdad. Mi acusación rebotó y me pegó con toda su fuerza. Ella no era culpable de ningún mal acto, pero yo era culpable de transgredir la Torá por herir a una persona vulnerable con mis palabras.

Resultó ser que mi recuerdo de la secuencia de los eventos me engañó. Antes de irme de la habitación, mientras estaba apurándome para estar lista, mi marido había puesto el anillo en la caja de seguridad.

Es el Dinero

El anillo valía $175 dólares, una cantidad nada insignificante para nuestro presupuesto familiar, pero ciertamente no suficiente como para transgredir la Torá por ella. Esa noche, mientras me atormentaba con como me había permitido contradecir mi propio estándar de conducta, se me ocurrió una escena como de película: Si un vulgar personaje se me hubiese acercado y me hubiera dicho, "te pagaré $175 dólares por ignorar uno de los mandamientos de la Torá", le hubiera respondido ofendida: "¡Como te atreves! Yo nunca ignoraría una mitzvá por $175 dólares o por 10 veces esa suma. ¡No me puedes sobornar!"

Pero, en realidad, eso era exactamente lo que había hecho; me permití el comprometer mi estándar moral por $175 dólares. Si hubiera callado a mi mente chillona por suficiente tiempo como para sopesar el asunto, me podría haber preguntado: "Si no acusas precipitadamente a la mucama y ella en verdad lo robó, ¿qué es lo máximo que puedes perder?" Y la respuesta hubiera sido: "$175 dólares y el tiempo que toma entrar a una joyería a cinco minutos de nuestra casa y comprar un anillo nuevo".

Si alguien te ofreciera varios miles de dólares con la condición de nunca más volver a hablar con tu hermano o hermana, tu podrías responder con indignación: "¡Mi relación con mi hermano/a no está a la venta!" Sin embargo, ¿cuántos hermanos en su edad adulta se enredan en furiosas peleas, e incluso en pleitos para toda la vida, por la herencia de sus padres?

Una espeluznante estadística indica que más de la mitad de los divorcios son causados por pleitos financieros. Al principio parece absurdo que un adulto pensante elegiría el dolor y la soledad del divorcio, junto con las cicatrices psicológicas que ello causa a los niños, por sobre cualquier cantidad de dinero.

Mi amiga Marcia me contó una vez esta historia: Barry, el marido de Marcia le había prestado $5.000 dólares a un antiguo amigo de escuela, Neil. A ella nunca le había caído bien Neil, y, como sus finanzas no eran muy estables, la horrorizó que Barry le haya prestado tal suma. Barry no lo había consultado con ella, entonces, solamente podía esperar que Neil les regresara el dinero.

Alrededor de un año después, Marcia, que es escritora, consiguió un adelanto de dinero por su nuevo libro. Estaba emocionada de poder depositar $5.000 dólares en el fondo familiar para vacaciones. Esa misma noche, Barry abordó lo que claramente era un tema doloroso para él. El seguro del auto y la casa habían vencido y el tenía pensado pagarlo con el dinero que Neil debía devolverle. Pero Neil, después de varios recordatorios, finalmente había confesado que no tenía forma alguna de devolverle el dinero. Tendrían que usar los $5.000 dólares de Marcia para el seguro.

Marcia estalló. Ella nunca había estado de acuerdo con el préstamo, y ahora que el miserable amigo de Barry no había cumplido con el pago, ¿ella tendía que sacrificar las vacaciones familiares? "Si tu tocas mis $5.000 dólares, ¡no te hablaré nunca más! Gritó mientras se iba.

Dio una vuelta por la manzana, indignada por la credulidad de su marido al confiar en ese miserable. Cuando estaba dando la tercera vuelta, de pronto pensó: si alguien se hubiera acercado a ella y le hubiera dicho: "Te pagaré $5.000 dólares por convertir tu casa en un campo de batalla", se hubiera burlado de la oferta. Pero ahí estaba, sacrificando su armonía matrimonial por $5.000 dólares.

"Sí, mi marido es demasiado inocente", Marcia pensó. "Y estuvo mal que prestara dinero sin consultarme. Pero si $5.000 dólares cayeran ahora mismo del cielo, yo sería lo suficientemente madura como para perdonar todas sus faltas". Por lo tanto: Cuando alguien dice, "No es por dinero, es una cuestión de principios", ten por seguro que es por dinero.

"Con Todo Tu Dinero"

La segunda línea del "Shemá Israel" dice: "Y amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todos tus medios". Los comentarios clásicos explican que "con todo tu corazón" se refiere a con tus buenas y malas inclinaciones, "con toda tu alma" se refiere a con tu propia vida, y "con todos tus medios" se refiere a con todo tu dinero. Como la mitzvá parece estar dicha en orden de aumento de dificultad, surge la pregunta de cómo amar a Dios con todo tu dinero puede ser más difícil que entregar tu vida. La respuesta: "Algunas personas aman más a su dinero que a su propia vida".

Esta enseñanza talmúdica solía hacerme pensar en los adinerados Judíos Alemanes en los años 30, quienes eligieron no dejar Alemania sin sus propiedades y pagaron por esa elección con sus vidas. Después de mi fracaso con mi anillo de ópalo, me di cuenta que ninguno de nosotros es inmune a que el poder del dinero distorsione nuestros valores y corrompa nuestras decisiones. Es triste decirlo, pero todos tenemos nuestro precio.

La cura para este predicamento fáustico es identificar claramente los dos lados de la elección. Si pudiéramos separar las capas de principios, y exponer la opción por lo que es, quedaríamos impresionados al descubrir cuán a menudo somos desviados por el dinero.

La próxima vez que estés enfrentado en una disputa interpersonal con un pariente, amigo o vecino, pregúntate que cantidad de dinero resolvería el problema. Por ejemplo, digamos que el conejo de tu vecino se escapó de su jaula y se dio un festín con las flores de tu jardín. Tú le pediste cortésmente a tus vecinos, con quienes siempre has tenido buenas relaciones, que se aseguraran que los niños fueran más cuidadosos en el futuro de cerrar la jaula, y le pediste a tu jardinero que remplace las flores dañadas con nuevas. Varias semanas después, el conejo volvió a escapar y arruinar tus flores. Esto ya se ha convertido en un verdadero punto de conflicto con tus vecinos. El problema es, por supuesto, que tus vecinos no son suficientemente responsables, no vigilan a sus hijos lo suficiente, y no les enseñan sus deberes cívicos. Pero si te preguntaras a ti mismo cuantas veces durante la temporada de crecimiento de flores en el verano, el conejo sale de su jaula y cuando te costaría a ti simplemente reparar las flores ese número de veces, te darías cuenta que podrías comprar la paz con tus vecinos por menos de $100 dólares.

Un rabino recomienda que en el mismo momento en que separas dinero para a un fondo de vacaciones o de retiro, deberías separar dinero para un "fondo de shalom". Entonces, cuando surjan las disputas con parientes o vecinos, puedes usar ese dinero para restablecer la paz. A largo plazo, este "fondo de shalom" vale la pena, no solo moralmente, sino también físicamente. ¿No vale la pena gastar $100 dólares en vez de obtener una úlcera o tener la presión sanguínea elevada?

Comprándote a Ti Mismo por lo Bueno

Mientras Rosh Hashaná se acerca, somos invitados a mejorarnos a nosotros mismos, el hacer teshuvá, y el considerar tomar mejores decisiones este nuevo año. Tomar conciencia sobre nuestra propensión humana a ser "comprados" puede ayudarnos a tomar mejores decisiones de dos maneras.

La primera es convocar a ese vulgar personaje de entre las sombras e identificarlo claramente. Cuando te encuentres envuelto en una discusión sobre dinero o que pueda resolverse con dinero, visualiza a ese personaje de tipo mafioso haciéndote una oferta, "Te pagaré X cantidad de dólares si sacrificas tu _____ (estándar moral, relación con tu pareja o hermano, armonía en tu vida, etc.)". Luego pregúntate a ti mismo, "¿Estoy realmente dispuesto a ser comprado por esa cantidad de dinero?".

El segundo método es comprarte a ti mismo por lo bueno. Si tú no logras hacer algo que valga la pena ya que te resulta difícil, ¡cómprate a ti mismo! Por ejemplo, este año nuevo, tú quieres establecer una mejor relación con tus padres, pero cada conversación por teléfono se degenera en ellos presionándote en tus puntos sensibles y tú respondiendo duramente. Piensa para ti mismo: "Por cada cinco minutos al teléfono con mis padres en que no les digo una palabra irrespetuosa, me daré a mi mismo $10 dólares para ese nuevo X que quiero pero que realmente no puedo pagar". Te asombrarás de cuán rápido llegarás a nuevos niveles de respeto a tus padres.

Como dice el Talmud: Si haces la cosa correcta por un motivo que no es el indicado (como el dinero), eventualmente terminarás haciendo la cosa correcta por su propio valor.

También podemos aprovechar nuestro impulso de ser comprados preguntándonos: "No puedo hablar civilizadamente con mi cuñado, pero si repentinamente me diera $1000 dólares, ¿cambiará mi conducta hacia él?". Un honesto "Sí" nos debería guiar a la siguiente etapa: "Si lo haría por $1000 dólares, ¿por qué no hacerlo solamente por el bien de la armonía familiar?

Jack Benny solía contar el siguiente chiste: "Cuando estaba camino hacia aquí hoy en la noche, un ladrón me puso una pistola en la cabeza y me amenazó, "Tu dinero o tu vida". Luego de unos segundos, me gritó nuevamente: ¡TU DINERO O TU VIDA!"

"Estoy pensando, estoy pensando" era la famosa respuesta del tacaño.

En Rosh Hashaná y Iom Kipur, la vida y la muerte es decretada para cada uno de nosotros. Nuestras decisiones morales pueden, como afirma el Majzor, "revertir el decreto severo" Visto claramente, tus opciones están a menudo entre "tu dinero o tu vida".

Este Rosh Hashaná, elige la vida.

 




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