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Por qué Pésaj Shení es importante para nuestra familia

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17/05/2022 | por Rav Avi Shafran

En esa fecha judía en el año 1945, mi suegro, Itzjak Israel Cohen, fue liberado de Dachau por las fuerzas norteamericanas.

Pésaj Shení, o "el segundo Pésaj", una festividad judía menor, en nuestra familia es muy importante. En esa fecha judía, que en el año 1945 coincidió con el 27 de abril (y este año cayó el 15 de mayo), mi suegro, Itzjak Israel Cohen, fue liberado por el ejercito norteamericano de Kaufering, parte del complejo del campo de concentración conocido como Dachau.

En los tiempos bíblicos, Pésaj Shení, un mes después de Pésaj, era un día en el cual los judíos que por diversas razones no habían podido ofrendar el sacrificio de Pésaj tenían otra oportunidad de hacerlo, y de comer su carne con matzá y hierbas amargas. Para mi suegro, esto se convirtió en un símbolo de su propia "segunda oportunidad" en la vida. Su vida feliz como un niño en la ciudad polaca de Lodz había sido cruelmente interrumpida por los nazis el 8 de setiembre de 1939.

El Sr. Cohen se convirtió en adolescente siendo prisionero de varios campos de concentración. En Pésaj Shení en 1945, él y un amigo, Yosel Carmel, estaban acostados en Kaufering, en un agujero repleto de cadáveres, donde sus captores los habían arrojado pensando que estaban muertos.

Durante los últimos días, hubo rumores respecto a que los comandantes del campo habían recibido órdenes de asesinar a todos los prisioneros para evitar que los ejércitos aliados que se acercaban tuvieran testigos vivos de sus actos.

Sin embargo, los temores de los amigos se vieron aliviados por la esperanza que alentó el sonido de explosiones a la distancia. Posteriormente, mi suegro escribió: "Nosotros rezamos pidiendo que las fuertes explosiones nunca terminaran". Él recordó que los dos "eventualmente nos quedamos dormidos con el bello sonido de las bombas".

Lo único que se movía en el campo eran demacrados "esqueletos andantes", que se arrastraban sin sentido a causa del hambre y el trauma.

Lo único que se movía en el campo eran demacrados "musselmen", los "esqueletos andantes" que se arrastraban sin sentido a causa del hambre y el trauma. Entonces los amigos comenzaron a preguntarse si tal vez los guardias del campo habían abandonado el lugar. Pero entonces los S.S. regresaron y trajeron más prisioneros de otras partes del complejo del campo de exterminio, y los patearon hacia los vagones de carga que los esperaban, literalmente arrojándolos en ellos.

Cuando nadie los observaba, los dos prisioneros lograron bajar de donde los habían arrojado y encontraron un nuevo refugio en una letrina cercana. "Nuestros estómagos estaban convulsionados", recordó años más tarde.

Eventualmente los vagones partieron y los dos jóvenes se arrastraron hacia su barraca, posando como muertos, de forma muy convincente.

Entonces sintieron olor a humo. Los dos amigos observaron desde su escondite y vieron que por todas partes había llamas. La pareja "resucitada" salió corriendo de la barraca y vieron que había un par de soldados alemanes observando cómo se quemaban las barracas. Afortunadamente los soldados estaban de espalda. Por todas partes había pilas de cadáveres, y los dos se arrojaron de inmediato a la pila más cercana que no estaba en llamas.

Mi futuro suegro pensó que ese era el fin, y quiso recitar la "confesión final" que la liturgia judía sugiere para la persona que está por morir. Pero su amigo le recordó un aforismo que el Talmud adjudica al Rey David, respecto a que "incluso cuando se tiene una espada afilada sobre la garganta, uno nunca debe perder las esperanzas de recibir la misericordia Divina".

Y esa misericordia, por lo menos para ellos, había llegado. Cada tantos minutos, volaban bombas sobre sus cabezas, seguidas de fuertes explosiones. La tierra se sacudía, pero cada estallido llenaba sus corazones de esperanzas. Ahora realmente parecía que los alemanes habían partido.

Esquivando las llamas y las ruinas con humo, los dos corrieron hacia el único edificio que quedaba intacto, la cocina del campo. Allí encontraron a otros prisioneros que también habían logrado esconderse de la operación de limpieza de los nazis.

Mi suegro sabía que era Pésaj Shení. Los panes se convirtieron en su matzá. No necesitaban hierbas amargas.

Allí descubrieron una bolsa de harina. La mezclaron con agua, encendieron el horno y hornearon panes chatos. Mi suegro, que a lo largo del cautiverio había llevado un cuidadoso registro del tiempo y del calendario judío, sabía que era Pésaj Shení. Los panes se convirtieron en su matzá. No necesitaban hierbas amargas.

La puerta de abrió de golpe y entró otro prisionero sin aliento. Finalmente gritó: "¡Llegaron los norteamericanos!".

Un convoy de jeeps pasó por el campo. Los soldados norteamericanos se acercaron a las barracas. Mi suegro recordó que algunos lloraban al ver las pilas de esqueletos ennegrecidos y humeantes.

"Todos lloramos junto con los soldados norteamericanos", escribió.

Entonces él recitó la bendición judía de gratitud a Dios por "habernos mantenidos vivos y ser capaces de llegar a este día".

Eventualmente el Sr. Cohen llegó a Francia, donde cuidó y enseñó a huérfanos judíos, y luego se fue a Suiza, donde conoció y se casó con mi suegra, que viva muchos buenos años. La pareja emigró a Toronto y tuvieron cinco hijos. Durante décadas, cada Pésaj Shení él y otros que habían sido liberados de Kaufering ese día, junto con otros sobrevivientes de los campos, organizaban una comida especial de agradecimiento en Toronto o Nueva York, durante la cual compartían sus recuerdos y su gratitud a Dios.

Sin embargo, a medida que pasaban los años, de forma triste pero inevitable, cada vez asistían menos sobrevivientes. Y al igual que su amigo el Sr. Carmel, el Sr. Cohen ya no está con nosotros.

Pero su esposa y mi esposa y sus hermanos, junto con cantidades de nietos y bisnietos dispersos en muchos estados, en Canadá y en Israel, se reúnen en grupos, en persona o virtualmente, cada Pésaj Shení para recordar su sufrimiento y su liberación, la "segunda vida" que estamos tan agradecidos que Dios le haya otorgado.

Hoy muchos son sobrevivientes del odio y la violencia, una vez más contra los judíos en Israel, así como de otras personas en lugares como Sudán, Myanmar, Yemen, Europa y Ucrania. La desesperanza es una reacción natural al ser testigos de tanta maldad. Pero aquellos que como mi suegro (y mi propio padre, quien pasó los años de la guerra en un campo de trabajo soviético en Siberia) perseveraron y crearon nuevas vidas post-trauma, nos mostraron que el pasado no necesariamente paraliza el futuro.

Porque al igual que en el caso de Pésaj Shení, podemos recibir segundas oportunidades.



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