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Suelta el Mouse

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06/06/2010 | por Sara Yoheved Rigler

Un antídoto para los obsesivos del control.

Obedecer las recomendaciones de Microsoft puede llevar a la catástrofe. Eso es lo que pasó cuando inocentemente hice clic en “Si” en la ventana que recomendaba condensar mis e-mails para ahorrar espacio en mi disco duro. Unos 20 minutos después, el trabajo estaba listo - y los e-mails del último mes y medio desaparecieron.

“No entres en pánico”, me dije. “Deben estar en algún lado”. Pero a medida que el fantasma de docenas de e-mails que necesitaban respuesta comenzó a obsesionarme, me comencé a agitar. 45 frenéticos segundos después, llamé al soporte técnico de Microsoft en Israel.

Yaniv era tranquilizador. “No se preocupe”, me calmó. “Están en la papelera de reciclaje de su escritorio”. ¡Quién lo hubiese dicho, estaban allí! ¿Pero como los pongo de nuevo en mi Outlook Express?

“Bueno, es un poco complicado”, dijo Yaniv. “No creo que pueda hacerlo sola. ¿Está dispuesta a compartir el control de su computadora conmigo hasta que resolvamos el problema?”.

Una persona ahogándose en el ciberespacio estará de acuerdo con lo que sea. “¡Sí!” Respondí.

Lo primero que tenía que hacer es bajar el programa, “Microsoft Easy Assist”. Luego apareció una ventana preguntando si yo quería compartir el control de mi computadora con un asistente técnico de Microsoft. “Sí”, hice clic enérgicamente.

Una pequeña caja azul apareció en el rincón inferior derecho de mi pantalla. Preguntó lo mismo de nuevo. Aparentemente, renunciar al control no es tan fácil para algunas personas. “Está bien, Yaniv”, le dije por teléfono. “Confío en ti”. Hice clic en “Si”, y la pequeña caja azul cambió de mensaje. Ahora aparecía que en cualquier momento en que quisiera dejar de compartir el control con el asistente técnico todo lo que tenía que hacer es clic en la caja apropiada. “¿Por qué querría eso?” Me pregunté. “Me está ayudando a hacer lo que nunca hubiese podido hacer sola. Supongo que algunas personas realmente tienen problemas de control”.

 “Bueno, ¿estás lista?” Preguntó Yaniv.

“Sí”.

“Ahora suelte el mouse”.

“¿Perdón?”.

“Suelte el mouse. Voy a controlar su mouse”.

¿Soltar mi mouse? Me senté allí con mi mano congelada sobre mi leal mouse.

“Si quieres que recupere tus e-mails”, Yaniv explicó pacientemente, “Tienes que dejarme controlar tu mouse”.

Lo solté.

Como un tablero preternatural del juego de la copa, mi cursor comenzó a moverse por sí mismo. Yo no estaba haciendo nada. Él estaba haciendo todo.

Luego, como una ouija sobrenatural, mi cursor comenzó a moverse por sí mismo. Con mis manos plegadas fuertemente sobre mi falda y mis ojos bien abiertos, vi el cursor moverse y cliquear rápidamente. Cada movimiento estaba acompañado por las declaraciones en primera persona plural de Yaniv: “Ahora, vamos a hacer clic aquí. Ahora abriremos esta ventana. Ahora haremos clic derecho sobre ésto”. Era un majestuoso “nosotros”. Yo no estaba haciendo nada. Él estaba haciendo todo.

Diez minutos después los fantasmagóricos e-mails estaban de vuelta en mi Outlook Express. Yaniv me dijo que cliquee en la pequeña caja azul retirando el permiso para que él controle mi computadora. Lo hice con desgano. Obviamente, él sabía cómo manejar mi computadora mejor que yo.

Suelta y deja que Dios tome el control

 Mientras que algunos de nosotros son más locos por el control que otros, todos nos resistimos a abandonar el control de nuestras vidas en manos de Dios. Nosotros, los seres humanos, hemos estado en competencia con Dios desde que Adam y Eva fueron seducidos a comer el fruto del Árbol del Conocimiento por el atractivo: “Serán como dioses”.

¿Qué tiene de malo querer controlar tu vida en lugar de dejar que Dios sea Dios?

Antes que nada, pensar que estás en control absoluto de todo lo que te pasa, (que en realidad es lo mismo que pensar que eres dios), es más loco que pensar que eres Napoleón. Esta ilusión falsa nos estrella contra la realidad cada vez que quedas varado en un embotellamiento inesperado, o que tu vuelo es retrasado tres horas (haciéndote perder la conexión), o te enfermas en un día en el que simplemente no te puedes dar el lujo de faltar al trabajo.

El mejor atenuador de daños es darte cuenta de que no estás en control, como el cartel que colgaba de mi puerta hace tres décadas: “SUELTA Y DEJA QUE DIOS TOME EL CONTROL”. Si no renuncias al control, estarás varado en el tráfico mientras las horas pasan, tu presión sanguínea estará catapultándose en niveles peligrosos y te puedes encontrar gritándole a la aeromoza o haciendo amenazas vanas de nunca viajar con esa aerolínea de nuevo, aunque sea la única que viaja a Xanpliwey.

El día posterior a mi lección de "dejar ir" de Microsoft, me encontré en una posición desagradable. Había aceptado enviar una canasta de bienvenida a una familia importante que estaba llegando a Israel para estudiar judaísmo. Mi tarea era llevar un taxi al vecindario en el que ellos se iban a hospedar y visitarlos por quince minutos para hacerlos sentir cómodos. Estaba programado que lleguen un viernes a la tarde. El jueves, compré con mucho cuidado el surtido perfecto de frutas, ensaladas, sushi, chocolates, y comida chatarra para los niños. Luego encontré la canasta ideal. Con mucho cuidado, acomodé cada cosa en la canasta.

El viernes al mediodía, comencé a llamar a los dos números celulares que me habían dado. No estaban encendidos. Con creciente consternación ya que Shabat se acercaba más y más, seguí marcando los números, en vano. Mi hijo adolescente sugirió que vaya y deje la canasta, ya sea que estén allí o no, pero le respondí que la idea era que yo los visitara. Mi hija sugirió que quizás habían llegado a la mañana temprano y que habían apagado los celulares porque ahora estaban durmiendo, por lo que yo simplemente debería ir y tocar a su puerta. Señalé que eso sería aún peor. ¿Se supone que debo generar una impresión favorable y en cambio los voy a molestar despertándolos?  

 A las cuatro sus teléfonos todavía estaban apagados. Finalmente, desesperada, llamé un taxi y fui. Mientras estaba en el taxi, en un estado de mucha ansiedad - ¿Y si no están allí? ¿Y si los estoy despertando? - de repente escuché la voz de Yaniv: “Suelta el mouse”.

Había hecho todo lo que podía hacer, y ahora ya no estaba en control.

Con una sacudida me di cuenta: había hecho todo lo que podía hacer, y ahora ya no estaba en control. Dios dirige el mundo. Será como Él quiera. Solté el mouse, y me relajé.

Cuando llegué a la dirección, encontré al propietario regando el jardín. Le pregunté por la familia que se suponía iba a estar quedándose arriba. Me informó que su vuelo había sido re-direccionado, y que iban a estar llegando a Jerusalem solamente unos minutos antes de Shabat. Me dejó entrar al departamento para dejar mi canasta y refrigerar el sushi y las ensaladas. Dejé mi tarjeta con un saludo, decidiendo llamar después de Shabat. Y eso fue todo. No salió como lo había planeado, salió como lo había planeado Dios. ¿Y quién sabe qué situación era la mejor al final? Gracias a que solté el mouse, volví a casa relajada y contenta, en lugar de frustrada y molesta.

El mejor controlador

La segunda razón para dejar que Dios sea Dios es que Él hace un mejor trabajo que el que nosotros haríamos. Al igual que renunciar al control del mouse a manos de Yaniv produjo un mejor resultado que yo tratando de resolver el problema, a veces se nos permite dar un vistazo de cómo Dios es más adecuado que nosotros para dirigir el mundo.

Hedy Kleiman, quien vive en Jerusalem, fue a visitar a su padre a Toronto por dos semanas. Su padre padecía una enfermedad crónica del riñón desde hacía ocho años. Con sus hijos viviendo en Israel, él había sido muy bien cuidado durante años por su mujer. Desde la muerte de ella hacía nueve meses, Hedy había ido a Toronto dos veces para ayudar a su padre. Esta vez lo encontró más débil que la primera, pero estable.

Su viaje para volver a Israel estaba agendado para un martes a la noche. El martes al mediodía sonó el teléfono. Era una llamada de El-Al para Hedy. “¿Cómo consiguieron mi número de Toronto?”, preguntó Hedy perpleja. La empleada administrativa de El-Al dijo que había llamado al número de Hedy en Jerusalem, y que su hijo le había dado el número de Toronto. El-Al estaba llamando para pedirle a Hedy que resignara su lugar en el vuelo esa misma noche. Como compensación, El-Al le daría una reserva en un vuelo el jueves a la noche más un pasaje Tel Aviv-Toronto gratis.

Hedy estaba desconcertada. Tenía cinco chicos que cuidar en casa, y un trabajo que ya le había dado más de su tiempo de vacaciones que el que le correspondía. Por el otro lado, ella pensó: un viaje gratis le permitiría volver a Toronto para el Yorzait de su madre en abril. ¿Y por qué, se preguntó con dificultad, fue ella la seleccionada por El-Al de entre cientos de pasajeros?

“Primero”, respondió Hedy, “no puedo viajar el jueves a la noche. El avión podría aterrizar el viernes muy cerca de Shabat. ¿Puede ser el sábado a la noche?”.    

“El vuelo del sábado a la noche está lleno. Lo mejor que puedo hacer es darle una reserva para el domingo a la noche”.

“No puedo decidir sin hablar con mi marido y mi jefe”, respondió Hedy. “Te llamaré de nuevo”.

“No, nosotros le llamaremos de nuevo”, insistió la empleada. “¿Cuántos minutos necesita?”.

“Diez”, respondió Hedy. No podía encontrar a su marido (quien le dijo después que la hubiese aconsejado en contra de postergar el vuelo), pero su jefe accedió a darle los días extra. Cuando la empleada de El-Al llamó con inusual rapidez, Hedy aceptó ser dada de baja y viajar el domingo a la noche.

El sábado a la noche, tarde, el padre de Hedy enfermó de repente y le pidió que llamara una ambulancia. El domingo en la mañana él había perdido la conciencia. Hedy recitó “Shemá Israel” y el tradicional “Vidui” (confesión) por él. A las 11:30 AM del domingo, murió. Gracias a su agente de viajes celestial, su amada hija estuvo a su lado.




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