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La moralidad del amor

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Ekev (Deuteronomio 7:12-11:25 )

por Rav Jonathan Sacks

Algo que estuvo implícito en la Torá desde el comienzo se vuelve explícito en el Libro de Devarim. Dios es el Dios del amor. Más de lo que nosotros lo amamos a Él, Él nos ama a nosotros. Esto lo vemos, por ejemplo, al comienzo de la parashá de esta semana:

Y [como] consecuencia de que escuchen estos mandamientos, los guarden y los lleven a cabo, Hashem tu Dios guardará el pacto de amor (et habrit ve et hajésed) que juró a tus ancestros, Él te amará, te bendecirá y te multiplicará. (Deuteronomio 7:12-13)

Y más adelante, en la misma parashá leemos:

He aquí que de Hashem tu Dios son los cielos y los cielos siderales, la tierra y todo lo que hay en ella. Pero sólo en tus ancestros Hashem se deleitó para amarlos, y Él escogió a sus descendientes tras ellos, a ustedes entre todas las naciones como es en este día. (Deuteronomio 10:14-15)

Y aquí hay un versículo de la semana pasada:

En virtud de que amó a tus ancestros y escogió a su descendencia después de ellos, y te sacó delante de Él de Egipto con Su inmenso poder. (Deuteronomio 4:37)

El Libro de Deuteronomio está saturado de lenguaje de amor. La raíz de la palabra a-h-v aparece dos veces en Shemot, dos veces en Vaikrá (ambas en Levítico 19) y en Bamidbar no figura. Pero en el Libro de Devarim aparece 23 veces. Devarim es un libro sobre la bienaventuranza de la sociedad y el poder transformador del amor.

Nada puede ser más engañoso y envidioso que el contraste cristiano entre el cristianismo como una religión de amor y perdón y el judaísmo como una religión de ley y retribución. Pero el perdón nace en el judaísmo. El perdón interpersonal nace cuando Iosef perdona a sus hermanos por haberlos vendido como esclavo. El perdón Divino comienza con la institución de Iom Kipur como el día supremo de perdón Divino después del pecado del Becerro de Oro.

Lo mismo ocurre con el amor. Cuando el Nuevo Testamento habla del amor, lo hace citando directamente de Levítico ("Ama a tu prójimo como a ti mismo") y Deuteronomio ("Amarás al Eterno tu Dios con toda tu alma y con todas tus fuerzas"). Como escribió el filósofo Simon May en su espléndido libro "Love: A History": "La creencia generalizada de que la Biblia hebrea trata sobre la venganza y el 'ojo por ojo', mientras que supuestamente los Evangelios inventaron el amor como un valor incondicional y universal, debe ser uno de los malentendidos más extraordinarios de toda la historia occidental. Porque la Biblia hebrea es la fuente no sólo de los dos mandamientos del amor, sino de una visión moral más amplia inspirada por la maravilla del poder del amor".(1) Su juicio es inequívoco: "Si el amor en el mundo occidental tiene un texto básico, ese texto es el hebreo".(2)

Todavía más: en "Ethical Life: The Past and Present of Ethical Cultures", el filósofo Harry Redner distingue cuatro visiones básicas de la vida ética en la historia de las civilizaciones.(3) A una de ellas la llama la ética cívica, la ética de la antigua Grecia y Roma. En segundo lugar, está la ética del deber, la cual él identifica con el confucianismo, el krishnaísmo y el estoicismo tardío. En tercer lugar, está la ética del honor, una combinación distintiva de decoro cortesano y militar que se encuentra entre los persas, los árabes y los turcos, así como en el cristianismo medieval (el "caballerismo del caballero") y el islam.

La cuarta visión, a la que simplemente llama "moralidad", la remonta a Levítico y Deuteronomio. Redner lo define simplemente como "la ética del amor", y representa lo que hizo que el Occidente fuera singular moralmente. "El 'amor al prójimo' bíblico es una forma muy especial de amor, un desarrollo único de la religión judía y diferente a cualquiera que se encuentre fuera de él. Es un amor supremamente altruista, porque amar al prójimo como a uno mismo significa ponerse siempre en su lugar y actuar en su nombre como uno actuaría de forma natural por sí mismo".(4) Sin duda, también el budismo deja espacio para la idea del amor, aunque tiene una inflexión diferente, más impersonal y desconectada de una relación con Dios.

Lo que es radical sobre esta idea es que, en primer lugar, la Torá insiste, virtualmente contra todo el mundo antiguo, que los elementos que constituyen la realidad no son hostiles ni indiferentes a la humanidad. Estamos aquí porque Alguien quiso que estemos. Alguien que se preocupa por nosotros, nos observa y desea nuestro bienestar.

En segundo lugar, el amor con el cual Dios creó el universo no es sólo divino. Es para servir como modelo para nosotros en nuestra humanidad. Estamos obligados a amar a nuestro vecino y al extranjero, a efectuar actos de bondad y compasión, y a construir una sociedad basada en el amor. Así lo declara nuestra parashá:

Pues Hashem, su Dios, es el Dios de todos los dioses y el Señor de todos los señores, Dios grandioso, poderoso y temible, que no muestra favoritismo ni acepta soborno. Él defiende la causa del huérfano y de la viuda, y ama al prosélito para proveerle pan y vestido. Deberán amar al prosélito, pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto. (Deuteronomio 17-19)

En síntesis: Dios creó el mundo con amor y perdón y nos pide que amemos y perdonemos a los demás. Yo creo que esta es la más profunda idea moral de la historia de la humanidad.

Sin embargo, hay una pregunta obvia. ¿Por qué el amor, que ocupa tanto lugar en el Libro de Deuteronomio, es menos evidente en los Libros de Shemot, Vaikrá (con la excepción de Levítico 19) y Bamidbar?

La mejor forma de responder a esta pregunta es formular otra. ¿Por qué el perdón no tiene lugar (por lo menos en la narrativa superficial) en el libro de Bereshit?(5) Dios no perdonó a Adam y Javá ni a Caín (aunque mitigó sus castigos). El perdón no figura en las historias del Diluvio, de la Torre de Babel ni de la destrucción de Sodoma y las ciudades de la llanura (Abraham suplicó que las ciudades se salvaran si había allí cincuenta o diez personas rectas. Esto no fue un pedido de perdón). El perdón Divino aparece por primera vez en el libro de Éxodo después de que Moshé suplicara tras el pecado del Becerro de Oro, y entonces fue institucionalizado en la forma de Iom Kipur (Levítico 16), pero no antes. ¿Por qué?

La respuesta simple y radical es: Dios no perdona a los seres humanos hasta que los seres humanos no aprenden a perdonarse entre ellos. Génesis culmina cuando Iosef perdona a sus hermanos. Sólo entonces Dios puede perdonar a los seres humanos.

Regresemos al amor: Génesis contiene muchas referencias a él. Abraham ama a Itzjak. Itzjak ama a Esav. Rivká ama a Iaakov. Iaakov ama a Rajel. Él también ama a Iosef. Hay muchas referencias al amor interpersonal. Pero prácticamente todo el amor de Génesis termina provocando divisiones. Lleva a tensión entre Iaakov y Esav, entre Rajel y Leá, y entre Iosef y sus hermanos. En Génesis está implícita una profunda observación que se escapó a muchos moralistas y teólogos. El amor en y por sí mismo, el amor real, personal y apasionado, la clase de amor que influyó gran parte de la literatura profética así como Shir HaShirim, el mayor cántico de amor en el Tanaj, en oposición al amor desprendido y generalizado llamado ágape, que asociamos con la Grecia antigua, no es suficiente como base para la sociedad. Él puede tanto dividir como unir.

Por eso no figura como un motivo principal hasta que no alcanzamos la visión social-moral-política integrada de Deuteronomio, donde se combina el amor y la justicia. El tzédek, la justicia, resulta ser otra palabra clave de Deuteronomio, y aparece 18 veces. Esta palabra aparece sólo cuatro veces en Shemot, no aparece nunca en Bamidbar, y en Vaikrá la encontramos sólo en el capítulo 19, el único capitulo en el cual también está la palabra "amor". En otras palabras, en el judaísmo el amor y la justicia van de la mano. También esto lo señaló Simon May:

Lo que debemos notar aquí, porque es fundamental para la historia del amor occidental, es la justicia notable y radical que subyace en el mandamiento del amor de Levítico. No se trata de una justicia fría en la que se reparte debidamente lo que cada uno merece, sino la justicia que lleva al otro, como un individuo con necesidades e intereses, a una relación de respeto. Todos nuestros prójimos deben ser reconocidos como iguales a nosotros ante la ley del amor. Por lo tanto, la justicia y el amor se vuelven inseparables.(6)

El amor sin justicia lleva a la rivalidad, y eventualmente al odio. La justicia sin amor carece de las fuerzas humanizadoras de compasión y misericordia. Necesitamos ambas cosas. Esta singular visión ética, el amor de Dios por los humanos y de los humanos por Dios, se traduce en una ética del amor tanto hacia nuestro prójimo como hacia el extranjero, y es la base de la civilización occidental y su gloria permanente.

Esto nace en el Libro de Deuteronomio, el Libro de la ley como amor y el amor como ley.


NOTAS

  1. Simon May, "Love: A History" (Yale University Press, 2011), 19-20.
  2. Ibíd., 14.
  3. Harry Redner, "Ethical Life: The Past and Present of Ethical Cultures", New York, Rowman and Littlefield, 2001.
  4. Ibíd., 50.
  5. Aquí excluyo las lecturas midráshicas de estos textos, algunas de las cuales sí traen referencias al perdón.
  6. Loc. Cit., 17.



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