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¿Por qué las personas buenas sufren y los malvados prosperan?

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30/06/2022 | por Rav Mordejai Becher

Muchos grandes pensadores creen que la pregunta "¿Por qué les pasan cosas malas a personas buenas?" es la pregunta más desconcertante de la filosofía y la teología. ¿Hay algunas respuestas realmente buenas?

La vida de, por ejemplo, una rata, que participa en una investigación corriendo por laberintos en un laboratorio de psicología, no es muy significativa. Presiona una palanca y recibe balines de alimento, presiona otra palanca y recibe un shock eléctrico. Eventualmente, queda condicionada a presionar la palanca apropiada (a menos que sea una rata realmente extraña) y a correr por el laberinto siguiendo siempre un camino específico.

La vida humana es mucho más arriesgada, ambigua y desafiante. A menudo tomamos decisiones moralmente correctas y, de todos modos, perdemos o sufrimos. También, puede que hagamos elecciones inmorales y tengamos éxito y prosperemos. No somos criaturas que simplemente reaccionan ante un estímulo o actúan sólo cuando la causa y efecto son obvias, sino que nos esforzamos para tomar decisiones y somos influenciados por nuestras motivaciones e intenciones. Esta capacidad, el libre albedrío, es crucial para entender por qué a veces las personas buenas sufren y las malvadas prosperan.

Fotografía: Unplash.com, Maksym Kaharlytzkyi.

Primero, algunos comentarios introductorios. La razón por la que las buenas personas sufren es lo que le preguntó Moshé a Dios, y un tema al que se dedica un libro entero de la Biblia: Job. Además, es una pregunta que analizaron los filósofos religiosos y seculares durante toda la historia. El gran filósofo alemán Gottfried Wilhem Leibnitz escribió un libro sobre el tema, titulado Teodicea, del griego Teos, Dios y dike, justicia; en otras palabras, justificando a Dios.

Si esta pregunta te molesta, es una buena señal. Muestra que el sufrimiento no te resulta indiferente, y también revela que esperas que en este mundo haya justicia. Esa expectativa se basa en una creencia arraigada en lo más profundo de nuestro ser, que nos dice que hay un Juez: un Dios justo y benevolente y que, en consecuencia, debería haber justicia.

Si esta pregunta te molesta es una buena señal. Muestra que el sufrimiento no te resulta indiferente, y también revela que esperas que en este mundo haya.

Por supuesto, la pregunta no aplica al sufrimiento autoinfligido a causa del estilo de vida y las elecciones morales. Maimónides, el gran filósofo, talmudista, médico y líder comunitario judío del siglo XIII (Cairo), explica que la mayoría del sufrimiento es consecuencia de que las personas siguen ciegamente sus deseos de dinero, poder, materialismo y honor. "Al seguir por completo la guía de la lujuria, como hacen los tontos, el hombre pierde su energía intelectual, lastima su cuerpo y muere de forma prematura. El estrés y las preocupaciones se multiplican, aumenta la envidia, el odio y la violencia con el objetivo de obtener lo que tienen los demás (Maimónides, La guía de los perplejos 3:33).

Volvamos ahora a nuestra pregunta original de teodicea. Los judíos, así como todos los monoteístas, creemos que Dios es perfecto, completo en todos los aspectos y absolutamente independiente. Rav Aryeh Kaplan, un sabio judío del siglo XX, expresó que "Dios no tuvo ninguna necesidad de crear el mundo. Dios es perfección absoluta, y no necesita nada, ni siquiera la creación. Entonces, podemos decir que Dios creó el universo para hacer bondad con las personas. Dios Mismo llama a Su creación un "acto de bondad". Por esa razón, al final de los seis días de la creación, después de crear a Adam, el libro de Génesis dice: 'Y Dios vio todo lo que había hecho, y era muy bueno'. Se nos dice que la creación del universo fue una expresión de Su bondad" (Inner Space, pág. 9).

Rav Moshé Jaim Luzzatto (Italia, siglo XVIII) explica que, dado que Dios es perfecto, lo que Él nos da también debe serlo. Entonces, el regalo supremo que puede darnos es ser "Dios". Pero, lógicamente, es imposible que una creación sea el Creador, por lo que Dios le permitió a la creación ser tan similar a Él como fuese posible. Dado que Dios es independiente y existe por sí mismo, creó al ser humano con características similares, una de las cuales es la posibilidad de desarrollarse o "crearse a sí mismo". A través del poder del libre albedrío, el ser humano se crea a sí mismo y, así, pasa literalmente a ser un "creador", no solamente una creación (El camino de Dios, Sección 1, Cap. 2).

Como sabemos, el libre albedrío es esencial para el cumplimiento del objetivo de Dios, pero esa capacidad no es suficiente: debe estar acompañada por un escenario que permita la toma libre de decisiones.

Imagina un mundo donde toda decisión buena fuera recompensada, y toda decisión mala fuera castigada. Los empresarios honestos tendrían éxito, mientras que todos los estafadores fracasarían; el bueno siempre terminaría primero, y el malo último. Un mundo así sería como un laberinto en un laboratorio de sicología, y nosotros seríamos las ratas. En un mundo así, las respuestas condicionadas eliminarían el libre albedrío y, en lugar de crearnos a nosotros mismos, seríamos resultado de la intervención de Dios. Cuanto más interviene Dios, menos libre albedrío tenemos.

Unsplash.com, Jack Hunter

Dios quiere que tengamos una vida significativa y seamos creadores similares a Él, por lo que sólo interfiere cuando es absolutamente necesario. Sin embargo, al minimizarse la intervención de Dios, con frecuencia los rectos sufren y los malvados prosperan (se hará justicia en la vida después de la muerte, pero eso es tema para otra conversación). Pedirle a Dios que intervenga siempre que haya injusticia es pedirle que la humanidad deje de existir como tal, que pase a ser como ratas de laboratorio que responden a estímulos y que esté condicionada por la intervención Divina inmediata. Y, si Dios interviene, ¿cuál sería la línea roja? ¿Con los asesinos? ¿Con los niños? Si queremos un mundo en el que puede existir una persona sagrada, también debe existir la posibilidad de que exista un Stalin.

Si queremos una vida significativa debemos tener libre albedrío, y para tener libre albedrío el malvado a veces tiene que ganar, y el bueno a veces tiene que perder.


Imagen destacada: Unsplash.com, Ashley Batz




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