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Ese Sentimiento de Hundimiento - Costa Concordia

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19/01/2012 | por Rav Benjamín Blech

La tragedia del Costa Concordia.

Yo fui un pasajero del Costa Concordia, sí, el crucero que acaba de aparecer en los titulares de todo el mundo hundiéndose en la costa de Toscana.

No, gracias a Dios no estuve en este último y horrendo viaje que resultó en terribles lesiones y víctimas fatales. Fue en el verano del 2008 que tuve la oportunidad de servir como rabino-a-bordo para un programa casher en este magnífico transatlántico. Y nunca olvidaré el lujo, la belleza y la tecnología de última generación que era evidente en todo el barco.

Un miembro de alto rango de la tripulación me dio un tour privado, destacando parte del extraordinariamente avanzado equipo de GPS que aseguraba absoluta seguridad. Lo que recuerdo fue su graciosa referencia al famoso barco de hace un siglo atrás, mientras me aseguraba que “nunca nadie tendría una experiencia titánica aquí”.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

¿Cómo pudo ocurrir? Con todo nuestro progreso científico, ¿cómo puede ser que un barco se hunda?

La respuesta tiene profundas implicancias en nuestro entendimiento de la causa real de las tragedias de este tipo.

En realidad, no había ningún motivo para que el Titanic estuviera en esa área peligrosa. Sólo fue porque la gente en 1912 estaba tan asombrada por la proeza del Titanic que eso condujo a la soberbia, y eso permitió que se ordenara navegar “a toda máquina” por aguas congeladas. Esta orden fue dada por los dueños del Titanic para recuperar el trofeo por el cruce más rápido del atlántico, que estaba en manos de los alemanes - para asegurar mayores ganancias con su inversión - y fue ejecutada por el capitán del Titanic, que eligió cruzar por una ruta del norte, que era mucho más corta que la tradicional ruta del sur, la cual era utilizada por los marineros en esa época del año.

Este desastre era absolutamente evitable. Cruzar el Atlántico Norte involucraba peligros bien conocidos por los marineros, y los reportes de primera mano de las condiciones de los hielos le llegaron a los oficiales del Titanic ese mismo día. El Titanic tenía una radio, que envió y recibió mensajes constantemente durante todo el viaje.

Los operadores de comunicación tenían dos funciones – recibir los reportes climáticos y transmitir mensajes para las personas ricas a bordo. Ganaban su dinero de los últimos. El 14 de abril de 1912, otro barco, el California, le envió continuos mensajes al Titanic, informando que había un gran iceberg (de un millón de toneladas) en la ruta del Titanic.

La maravillosa tecnología del Titanic no pudo compensar un error moral.

Recibir estos mensajes molestó al operador que trataba de recibir mensajes para sus ricos jefes. El operador del Titanic le ordenó al California que dejara de molestarlos. Ellos lo hicieron y apagaron su radio. Los mensajes nunca le llegaron al Capitán.

Las 1.517 personas que murieron, fueron asesinadas por la codicia. La tecnología del Titanic no pudo compensar un error moral.

El Costa Concordia era el orgulloso símbolo de las maravillas contemporáneas de la ciencia. Y también era “inhundible”, así como el Titanic. Su GPS lo mantenía siempre en un curso seguro. Pero el ego del capitán, que quiso acercarse más a la costa para fanfarronear con su “juguete” ante sus amigos en la isla, superó toda precaución.

Un GPS, al igual que la Torá, sólo puede direccionarnos. No puede obligarnos a seguir su voluntad. Todavía tenemos la libertad de obedecer sus advertencias. Pero lo que nunca puede ser evitado son las consecuencias de nuestras acciones.

Es por eso que nuestras elecciones morales, dictadas por un compromiso a principios éticos más elevados, siempre serán más importantes que nuestros logros científicos.

Babel

Esta lección se remonta a miles de años atrás, a una trascendental historia bíblica. Los constructores de la torre de Babel fueron retratados como la primera “era de la tecnología”. Hasta ese momento, las personas eran pastores y granjeros. Respondían ante la naturaleza pero no sabían cómo controlarla ni darle forma. Pero llegó el momento en que aprendieron a construir ladrillos y a hacer casas que resistían las inclemencias del tiempo. Se consideraban tan importantes que decidieron construir una torre que llegara al cielo, para así destronar a Dios de Su trono

Lo que más deseaban, dice la Torá, era “hacerse un nombre”. Con el avance científico llegó el ego del tecnócrata que estaba convencido de que su intelecto convertía a Dios en innecesario.

No fue hace mucho que el primer astronauta, el ruso Yuri Gagarin, con el mismo espíritu que los constructores de la torre de Babel dijo a su regreso del espacio exterior: “Busqué y busqué, pero no encontré a Dios”.

Pero el final de la historia bíblica deja en claro el precio que siempre debe ser pagado cuando elegimos adorarnos a nosotros mismos por sobre la autoridad del GPS Divino. Con toda su brillantez, la sociedad de la torre de Babel se auto-condenó a la destrucción. Los ladrillos se volvieron más importantes que las personas. Cuando un ladrillo caía y se rompía, lloraban, pero cuando una persona caía y moría, la ignoraban. Los sentimientos fueron reemplazados por fórmulas. La comunicación entre humanos ya no importaba. El habla se convirtió en un balbuceo. La tecnología creó un mundo aparentemente perfecto – habitado por gente que era mucho más imperfecta.

Yo creo que la lección principal que hay que destacar es que necesitamos reordenar nuestras prioridades.

El capitán estuvo entre los primeros en huir.

Los reportes de lo que pasó mientras el Costa Concordia se hundía son escalofriantes, ya que reflejan mucho nuestro comportamiento contemporáneo. Cuando el Titanic se hundió, las mujeres y los niños tuvieron precedencia. La gran mayoría de ellos sobrevivió por la caballerosidad de personas como Benjamin Guggenheim, que eligió quedarse atrás, se puso sus ropas de gala, y cediendo su asiento en el bote salvavidas dijo: “Nos hemos vestidos con nuestra ropa de gala y estamos preparados para hundirnos como caballeros”.

Los pasajeros del Costa Concordia en cambio, tuvieron que pelear con la tripulación por los pocos asientos que ofrecían una posibilidad de supervivencia. El capitán estuvo entre los primeros que huyeron, desmintiendo el noble ideal de que “el capitán se hunde con su barco”. Los fuertes empujaron a los débiles. Y el orden moral que nos define como civilizados, como lo más selecto de la creación, como aquellos formados a imagen de Dios buscando emular sus atributos divinos, también murió con las víctimas.

Vivimos en una época en que se idolatra todo adelanto científico. Estamos obsesionados con dispositivos electrónicos que supuestamente deberían hacer nuestra vida más fácil y divertida. Pero pasamos muy poco tiempo considerando la importancia de un sistema de valores sin el cual todos estos avances son insignificantes.

Esta tragedia ocurrió por un error humano. Estuvo llena de faltas morales impactantes. Lo que debemos hacer ahora es recordar que nuestro énfasis en los logros tecnológicos debe ser acompañado por un interés aún más grande en nuestro crecimiento ético. Sólo comprometiéndonos a ambas cosas podremos prevenir desastres de proporciones titánicas.





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