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Lo amargo y lo dulce de la vida

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13/04/2022 | por Rav Efrem Goldberg

El hecho de que podamos sentir que algo es amargo es una afirmación de cuán dulces son por lo general nuestras vidas.

En demasiados hogares, el maror, las hierbas amargas, no son lo más amargo que hay en la mesa del Séder. Hay personas que sufren de negatividad crónica, que tiran abajo a quienes las rodean y logran que la mayoría de sus interacciones sean poco placenteras, a menudo confrontaciones y casi siempre negativas.

Hay muchas nuevas investigaciones respecto a cómo aquellos que viven vidas de maror pueden cultivas emociones y actitudes más positivas. Bárbara Fredrikson, una psicóloga de la Universidad del Norte de Carolina, desarrolló una teoría sobre acumular lo que ella denominó "micro momentos de positividad". Ella demostró que más que un repentino estallido de buena suerte, los momentos breves repetidos de sentimientos positivos son los que pueden amortiguar el estrés y la depresión y fomentar la salud física y mental.

Para propiciar los pensamientos positivos, ella y sus colegas sugieren:

  • Reconocer cada día un evento positivo.
  • Saborear el evento y registrarlo en un diario o contárselo a alguien.
  • Registrar un potencial personal y prestar atención cómo lo utilizamos.
  • Fijar un objetivo alcanzable y registrar nuestro progreso.
  • Reconocer y practicar cada día pequeños actos de bondad
  • Practicar mindfulness, enfocarse en el aquí y ahora en vez de estar preocupados por el pasado o por el futuro.

Todas sus sugerencias giran en torno a acumular experiencias, pensamientos y sentimientos positivos, para que superen numéricamente las experiencias negativas. En otras palabras: poner tanto jaroset que ni siquiera nos permita sentir el sabor del maror. Prácticamente no necesitamos la investigación para saber que al enfocarnos en pensamientos positivos nos beneficiamos mental y físicamente.

Sin embargo, la ley judía llega a una conclusión diferente y, en mi opinión, con ella también recibimos una idea profunda respecto a cómo transformarnos de ser personas negativas a ser personas positivas. Sí, durante el Séder de Pésaj sumergimos el maror en jaroset, pero no ocultamos ni tapamos el sabor del maror. Lo comemos específicamente para invocar su amargura.

¿Por qué comemos maror en el Séder? A fin de cuentas, es una noche de liberación, alegría y celebración. Una cosa es comenzar desde el principio de la historia a pesar de que sea degradante o humillante, ¿pero por qué insistir en lo negativo? Para el momento en que completamos el relato esencial de la historia, ya tuvimos el mérito de ser liberados milagrosamente de la esclavitud a la libertad. ¿Por qué no celebrarlo con golosinas dulces? ¿Por qué el maror amargo?

Rav Jonathan Sacks z"l explica que comemos maror porque "dentro de la libertad, nos ordenan no olvidar nunca el sabor de la esclavitud para no dar por sentada la libertad y no olvidar a aquellos que siguen sufriendo aflicción". El Sfat Emet dice que comemos maror para recordar que no sólo la matzá y la libertad vinieron de Dios, sino que también el sufrimiento y la amargura forman parte de Su plan maestro.

Otros dicen que comemos maror para recordar que incluso después de la matzá, después de haber sido liberados, hay en la vida momentos amargos y que también ellos siguen siendo parte de nuestra travesía y de nuestra historia. Hay muchas más respuestas, pero todas tienen en común que el sabor amargo sirve para recordarnos sobre las amarguras.

No comemos el maror para invocar la amargura, sino para afirmar nuestra libertad.

Rav Kook explica que no comemos el maror para invocar la amargura; lo comemos para afirmar nuestra libertad. Un esclavo, cuya vida entera es amarga y sólo tiene acceso a alimentos amargos, ya no siente que nada sea amargo. Lo amargo simplemente se convierte en su sabor estándar, su nueva normalidad. Cuando mordemos algo y recibimos una señal de alerta, cuando nos sorprendemos de su amargura, en verdad somos increíblemente afortunados porque eso significa que no estamos acostumbrados a ese sabor, nunca nos hemos adaptado a eso como parte de nuestra realidad. Rav Kook dice que no comemos el maror para invocar momentos o experiencias amargas, sino todo lo contrario. El hecho de que podamos probar algo tan amargo afirma cuán dulces son en general nuestras vidas.

Quizás podemos transformarnos de ser personas negativas a ser más positivas no al abrumar lo negativo con lo positivo, sino al aceptar lo negativo y reconocer que si esa es nuestra porción negativa, de hecho tenemos vidas mucho más positivas. No me refiero a situaciones extraordinariamente negativas, profundamente dolorosas y devastadoras, que justifican el dolor, la negatividad y la tristeza.

Pero tal como podemos transformarnos con micro momentos de positividad ordinaria, me parece que la mayoría de las personas negativas sufren del compuesto de micro momentos de negatividad ordinaria. En vez de insistir en los pequeños aspectos negativos y en la frustración (alguien dijo algo hiriente, me quedé sin el producto que necesitaba para Pésaj, el tráfico me hizo llegar tarde, el servicio en el restaurante era deficiente), debemos detenernos y recordarnos que si esos son nuestros mayores problemas, nos va muy bien en la vida. Si ese es mi maror, mi amargura, mi vida es muy dulce.

El último año estuvo repleto de frustraciones, desafíos y, para algunas personas, verdadero dolor. Hace un par de años, nadie lo hubiera imaginado, pero muchos pasaron su Séder solos, aislados, lejos de famila y amigos. Todos estábamos en aislamiento, separados y añorando el Pésaj al cual estábamos acostumbrados. Si bien nuestras vidas se vieron alteradas de forma significativa y nos vimos obligados a efectuar grandes ajustes durante esta pandemia, esto es un recordatorio de cuántas bendiciones tenemos de forma habitual, cuánto damos por sentado y cuán dulces son habitualmente nuestras vidas.

El gran entrenador Lou Holtz dijo que "la vida es un 10 por ciento lo que te ocurre y un 90 por ciento la forma en que tú respondes a eso". Los momentos de pequeños dolores y frustraciones sin consecuencias no sólo nos alertan respecto a que hay algo que momentáneamente está mal, sino que son un saludable recordatorio de cuánto más está bien.

Nos ordenaron comer maror para recordar que la lechuga o el rábano picante deben ser las únicas cosas amargas y negativas en nuestra mesa. Si podemos sentir el sabor amargo, de hecho tenemos vidas dulces por las cuales no sólo debemos estar profundamente agradecidos, sino que también debemos ser personas eternamente positivas.



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