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¿Con quién puedo hablar sobre la muerte de mi hijo?

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25/07/2022 | por Rhonda Roth

Hablar sobre el duelo es muy doloroso y a veces no tenemos con quién hablar.

En marzo del 2020, mi querido hijo Jacob, de 24 años, falleció de forma inesperada. El dolor me acompaña constantemente. Tengo la angustia adicional de no poder hablar de mis sentimientos con otras personas.

Para quienes hemos perdido un hijo, hablar sobre nuestros sentimientos de duelo es muy doloroso. A menudo es todavía más difícil porque muchas veces no tenemos con quién hablar del tema.

¿Puedo hablar con un terapeuta de duelo?

Algunos meses después de que Jacob falleciera, hablé con un terapeuta de duelo una vez a la semana. Me ayudó durante unas seis semanas. Hablamos sobre meditación, problemas para dormir e imágenes para ayudarme a salir adelante. El resumen de nuestras sesiones fue que iba a llevarme mucho tiempo superar mi pérdida. No había nada que hacer. Parecía que nuestras sesiones se habían estancado y simplemente no iban hacia ninguna parte.

Aprendí que la terapia de duelo no es apoyo para el duelo. El propósito de las sesiones de terapia de duelo era ayudarme a cambiar mi conducta y la forma en que reacciono ante la realidad de vivir sin mi hijo. El propósito del apoyo de duelo es ayudarme a enfrentar mi pérdida a largo plazo, una pérdida que nunca desaparecerá. Ahí es a donde me dirigí a continuación.

¿Puedo hablar con un grupo de apoyo de duelo?

Participo en un grupo de apoyo de duelo y ayuda mucho. En este grupo todos tienen un hijo/a que falleció siendo un adulto joven. Como estamos todos en el mismo barco, nos sentimos cómodos hablando. El moderador aporta buenas perspectivas y mantiene el flujo de la conversación. Nos reunimos cada dos semanas.

El problema es que mi duelo no espera dos semanas. Incluso ahora, dos años después del fallecimiento de Jacob, todavía necesito ventilar mis sentimientos de tristeza y frustración. ¿Con quién hablo entre medio de las sesiones grupales?

¿Puedo hablar con amigas o parientes?

A veces las personas más cercanas pueden no ser las más adecuadas para ayudarnos a lidiar con nuestro duelo. Si una persona no ha experimentado el dolor de perder a un hijo, le resulta difícil relacionarse con los sentimientos de pérdida irreparable.

Tengo amigas muy queridas que simplemente se sienten incómodas de hablar sobre Jacob. Ellas conocen a nuestra familia desde hace muchos años y conocieron a Jacob cuando era un niño. Creo que les preocupa tanto causarme dolor que no quieren sacar el tema de su muerte por miedo a ponerme triste o quizás incluso ofenderme. Me gustaría hablar con ellas sobre Jacob, pero no lo hago. No quiero que se sientan incómodas.

La gente me pregunta cómo estoy. ¿Cómo creen que estoy? No quiero deprimir a los demás, así que sonrío, hablo sobre cómo va mi día y converso de temas superficiales. Pero en realidad mi mente está en Jacob. Pienso en él desde el momento en que me despierto hasta que me acuesto a dormir por la noche. Cuando estoy concentrada en una tarea específica, no pienso en él. Pero una vez que acabo, mi mente regresa a Jacob.

También hay algunos amigos de la familia con quienes puedo hablar sobre Jacob, pero ellos se enfocan en sus propios sentimientos, no en los míos. Cuando empiezo a hablar de él me dicen cuánto ellos sufren, qué terrible es todo. Tengo que consolarlos. Tienen buenas intenciones. Se preocupan. Simplemente no pueden brindarme nada con lo que pueda trabajar para sentirme mejor.

¿Puedo hablar con Dios?

Parece que el único que realmente quiere hablar conmigo sobre Jacob es Dios. Él está siempre disponible. Nunca está demasiado ocupado para escuchar mis quejas y mi llanto. Mi hijo es Su hijo y Él siente mi pérdida. También habla conmigo; si presto atención, puedo escucharlo. No es que escuche voces o algo así. Es que algunas veces aparecen en mi mente algunos pensamientos de consuelo y sé que Él los puso allí.

A veces saco mis frustraciones y lloro cuando me desahogo con Él. Puedo hablar con Él como hablaría con una amiga o un padre. A fin de cuentas, Él es nuestro Padre Celestial.

Dios nunca se olvida de nosotros

Todos estamos de duelo. Durante este período de las Tres Semanas antes de Tisha B’Av, estoy de duelo junto con todos los judíos por la destrucción del Templo en Jerusalem. Después de miles de años de duelo, ¿qué puedo decirle a Dios? ¿Qué puedo agregar a las plegarias de todos aquellos que me precedieron? Le digo que me importa. Le ruego que por favor nos devuelva nuestro Templo. Le digo que intentaré ser una mejor persona, una mejor judía. A veces me pregunto si Dios dice: “Oh sí, es ella de nuevo. Ya lo he escuchado antes”.

A veces simplemente no sé qué decir. Pero Dios sabe lo que está en mi cabeza y en mi corazón. “Dios, quiero hablar contigo, sólo que no sé qué decir”. El hecho de tratar de acercarme a Dios, incluso sin decir nada, muestra que no me he olvidado de Él. Y sé que Él no se ha olvidado de mí.

Por eso nos sentamos en silencio, como dos amigos íntimos que no sienten la necesidad de llenar el espacio con ruido.



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