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El judío alemán que instauró los juegos paralímpicos

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14/10/2022 | por Eliana Cline

El Dr. Ludwig Guttman creía en el valor de cada ser humano y eso cambió el futuro de las personas discapacitadas.

En la historia reciente hay muchas personas discapacitadas famosas e influyentes. Por ejemplo, Christopher Reeves y Stephen Hawking, figuras inspiradoras que simbolizan el coraje, el heroísmo y la resiliencia.

Sin embargo, hace menos de un siglo, las cosas eran completamente diferentes. Las personas discapacitadas eran evitadas y excluidas, las encerraban en instituciones y asumían que tenían poco que contribuir al mundo. El Dr. Ludwig Guttman, un neurocirujano judío alemán, creía profundamente en el concepto judío del valor infinito de cada ser humano, sin importar sus limitaciones físicas. Con su trascendental e infatigable compromiso con su visión, él alteró el futuro de todas las personas discapacitadas.

Guttman nació en la cúspide del sigo XIX en un pequeño pueblo de Alemania, en una familia judía ortodoxa. Su pasión por ayudar a los pacientes con lesiones en la columna se encendió cuando en su adolescencia fue voluntario en un hospital donde había mineros que habían sufrido lesiones.

Hubo una experiencia que tuvo un profundo impacto en su vida. Guttman conoció a un robusto y joven minero que se había roto la espalda en un accidente en una mina y estaba paralizado desde la cintura hacia abajo, pero fuera de eso estaba sano y lleno de vida.

En esa época, el método de tratamiento habitual para pacientes con lesiones en la médula espinal era envolverlos en yeso, aislarlos y esperar que murieran. Cuando Guttman les preguntó a los médicos por ese joven minero, le respondieron: “No te molestes, estará muerto en unas pocas semanas”.

En sólo cinco semanas el joven minero falleció. La trágica e innecesaria muerte de ese hombre quedó para siempre grabada en Guttman, quien dijo: “Aunque vi muchas otras víctimas sufrir el mismo destino, la imagen de ese hombre joven quedó permanentemente fijada en mi memoria”.

Al terminar de estudiar medicina y especializarse como neurocirujano, Guttman se convirtió en un destacado especialista en Alemania. Su creciente reputación llevó a que recibiera muchas ofertas de trabajo fuera del país, pero él las rechazó a todas. Entonces tuvo lugar Kristallnacht, la Noche de los Cristales, en 1938. Después de ver a los nazis incendiar sinagogas, vandalizar las propiedades judías y asesinar a decenas de judíos, Guttman escapó de Alemania y llegó a Gran Bretaña en marzo de 1939 con su esposa, dos hijos y nada de dinero.

Guttman se estableció en Oxford y continuó sus investigaciones de cirugía de lesiones vertebrales en el departamento de neurocirugía Nuffield en la clínica Radcliffe.

En esa época, la mayoría de las personas que sufrían lesiones en la columna morían al cabo de tres meses. Los pocos que sobrevivían vivían como lisiados inútiles, desempleados y no deseados, condenados a vivir y morir en instituciones para pacientes incurables.

Guttman veía un futuro significativo para estos pacientes más allá de sus lesiones. Él creía que las personas lesionadas seguían siendo valiosas y tenían un futuro vibrante, aunque diferente, después de su lesión. Guttman estaba convencido de que, con el tratamiento apropiado, los parapléjicos podían vivir vidas plenas y provechosas. Su estatus de refugiado no lo detuvo. Cada vez que pudo, él abogó por la rehabilitación y el cuidado de los pacientes con lesiones en la médula espinal.

Cuando el gobierno británico decidió abrir una unidad especial de lesiones de  columna para tratar las lesiones de la guerra, obviamente Guttman fue la persona indicada para dirigirla.

Como pionero individualista, Guttman aceptó con la condición de que le permitieran tratar a los pacientes a su forma, sin interferencias. El centro abrió en el hospital Stoke Mandeville, en Aylesbury, con tan sólo dos pacientes. Entonces comenzó una nueva era para los pacientes con lesiones vertebrales.

En el centro, Guttman trataba a los pacientes de forma holística —médica, física y psicológicamente— y en unos pocos años, su enfoque revolucionario transformó una tasa de muerte de 80:20 en 20:80.

Pero Guttman tenía mayores ambiciones. Su meta era la completa integración de esos pacientes en la sociedad, como miembros respetables y productivos a pesar de su discapacidad (algo que en ese momento se consideraba imposible).

Guttman comprendía profundamente los desafíos emocionales que enfrenta una persona discapacitada. Él había sido testigo de la extrema pérdida de autoestima y respeto por sí mismos y la consiguiente autocompasión. Todas las definiciones previas de valor les eran quitadas y no veían ningún futuro para sí mismos.

Pero Guttman veía más allá de las lesiones, la miseria y el abatimiento. Él veía el potencial de cada ser humano para adaptarse a las circunstancias y vivir vidas significativas y felices. Para fortalecer a sus pacientes, Guttman usaba los deportes como parte integral del tratamiento, mostrándoles a sus pacientes que ellos aún eran competentes y exitosos, ayudándolos a recobrar la confianza en sí mismos y autodisciplina.

Él instauró una competencia atlética en el terreno del hospital que coincidió con el día de apertura de las Olimpiadas de 1948 en el Estadio Wembley de Londres.

La competencia contaba con 16 competidores (incluyendo dos mujeres), que compitieron en tiro con arco en el césped afuera del pabellón del hospital. Aunque era algo pequeño en tamaño, la idea de que los parapléjicos se convirtieran en atletas era completamente insólita.

Las competencias en la clínica pronto se convirtieron en actividades deportivas en las cuales hombres, mujeres y niños podían participar después de ser dados de alta y comenzaron a atraer a competidores internacionales.

Una década después de su humilde comienzo en el parque del hospital, en el año 1960, en Roma, 400 atletas de 23 países compitieron en la primera Olimpiada Paralímpica.

Dr. Ludwig Guttman

Aunque alguna vez fue inconcebible que las personas discapacitadas pudieran ser atletas, las Olimpiadas Paralímpicas se convirtieron en uno de los eventos deportivos mundiales con mayor asistencia, seguido por millones de personas.

La convicción de Ludwig Guttman en el espíritu humano sigue viva no sólo en la magnífica Olimpiada Paralímpica, sino en algo aún más importante, en cada persona discapacitada que tiene la posibilidad de vivir como un miembro valioso y productivo de la sociedad.



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