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La infancia de una niña judía en un pequeño pueblo de Canadá

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28/12/2022 | por Devorah Vale

Tenía plena consciencia de que yo era diferente a los no judíos que me rodeaban.

Crecí en el pequeño pueblo de St. Catharines, Ontario, y durante la estación de la navidad, tenía plena consciencia de que yo era diferente.

A mi alrededor las casas resplandecían con el destello y el brillo de las luces, mientras que -en comparación- nuestra casa estaba oscura. De pequeña, imaginaba cuán hermosa se vería nuestra casa iluminada por luces coloridas como las de nuestros vecinos. Las únicas luces que teníamos eran las diminutas y parpadeantes llamas de la menorá de Janucá.

En la casa del lado vivía mi mejor amiga de la infancia, Susan McCarthy. Nos conocimos cuando yo tenía cuatro años y nuestra relación cercana continuó durante la escuela secundaria. Susan venía de una familia de devotos bautistas. Ellos eran las personas más religiosas que yo conocía, bendecían antes de comer, se vestían con recato, lo cual incluía no usar maquillaje, asistían regularmente a la iglesia y eran un buen ejemplo de todas las cosas "sanas".

Susan y yo tuvimos varias discusiones serias sobre religión. “Si quieres ir al cielo, tienes que ser salvada y aceptar a Jesús en tu corazón. De otra forma, ¡estás perdida!”, me explicó.

Yo no lograba entenderlo. De la poca teología judía que había recibido en casa, sabía que todas las personas morales, judías y no judías por igual, van al cielo. Lo más importante es que seas una buena persona.

Pero Susan insistía en que yo debía ser salvada. ¿Cómo uno es "salvado" y exactamente de qué estoy siendo salvada?, me preguntaba.

Una visita a la iglesia

Susan estuvo feliz cuando mi hermana y yo accedimos a acompañarla a la iglesia una tarde de domingo para participar de la escuela bíblica de vacaciones. Había muchos niños de todas las edades y nos dividieron en grupos para hacer un proyecto de arte. Poco después, llamaron a todos a reunirse en el salón de conferencias, donde había sillas acomodadas frente a un escenario. Mi hermana Rebeca y yo nos sentamos juntas en la primera fila y observamos asombradas como un apasionado predicador invitada a miembros de la audiencia a subir al escenario, aceptar a Jesús en sus corazones y ser "salvados".

Las personas saltaban de sus asientos y Bec y yo estábamos nerviosas. ¿Debíamos levantarnos? ¿Recibiríamos una golosina o un premio si lo hacíamos? Estábamos muy quietas, esperando que nadie se diera cuenta de que esas dos judías no daban el brazo a torcer.

Tan ansiosa como estaba Susan de que yo "fuera salvada", yo ansiaba enseñarle a ella cosas judías. “Tienes que sacar un tenedor de carne de ese cajón. Nosotros no comemos leche y carne juntas”, le expliqué. Me encantaba enseñarle a leer hebreo, compartiendo mis conocimientos de la escuela hebrea a la que iba después de la escuela. Susan practicaba diligentemente sus letras y sonidos. También la invitábamos a nuestra mesa de Shabat del viernes por la noche, en donde cantábamos canciones en hebreo y comíamos una suntuosa cena comenzando con el kidush y la bendición de hamotzi por la jalá. Recitábamos "Una mujer virtuosa" en inglés y alabábamos a todas las madres judías.

Susan y yo caminábamos juntas a la escuela todos los días. Una mañana, ella estaba particularmente nerviosa porque iba a leer del Nuevo Testamento en frente de toda la escuela durante las ceremonias matutinas y tenía pánico escénico. Yo iba a ser la maestra de ceremonias y la presentaría.

El que no debe nombrarse

A mí nunca me iban a llamar a leer del Nuevo Testamento, ya que mi madre le había dejado claro a mi maestra que iba en contra de nuestra religión. En esa época, en Canadá no había demasiada separación entre iglesia y estado. Luego de esa lectura, se entonaban himnos y se recitaban plegarias en las que esperaban que todos participáramos. Esto implicaba decir el nombre "Jesús", que yo pensaba que -como judíos- teníamos que evitar decirlo incluso bajo amenaza de muerte.

Con gran urgencia, el mensaje viajó desde quinto grado hasta el preescolar, como un cable de teléfono incendiándose. “¡No lo digan!” nos susurrábamos enfáticamente. No estábamos exactamente seguros de lo que pasaría si decíamos ese nombre, pero nadie quería descubrirlo.

El Sr. McGregor, nuestro director, guiaba con entusiasmo las canciones, agitando muchísimo sus brazos mientras cantábamos, “Hay una iglesia en el valle junto al bosque, un lugar maravilloso en el valle”. Terminábamos con la favorita de todos: “Jesús me ama, eso lo sé”. Durante este himno, yo siempre pensaba en mi hermano mayor, que había inventado su propia versión de esta canción. Él la cantaba a todo pulmón, mientras se hamacaba en el patio, suficientemente fuerte para que todo el barrio lo escuchara. “Jesús me odia, eso lo sé bien, todos los rabinos me lo dicen”.

Mi padre siempre señalaba que Jesús era judío y que si volviera a la vida y descubriera que millones de personas lo alaban como un dios, sufriría un shock. Como judío, él se inclinaría más a encender las velas de Janucá y hacer un Séder de Pésaj que a celebrar las festividades cristianas. A Susan le iba a costar mucho trabajo convencerme de que tenía que salvarme a través de Jesús, el judío.

Convertir a un judío al cristianismo era el mayor logro que cualquier misionero podía lograr. Era como ganar la medalla de oro, por lo que Susan no se iba a dar por vencida tan fácilmente.

¿Ir al infierno?

Nuestras conversaciones continuaron durante años. Cuando éramos adolescentes, yo la desafié con una pregunta.

—¿Quieres decirme que todas las personas judías que murieron en los campos de concentración se fueron al infierno?

—Si —respondió Susan con confianza—. Si no fueron salvados, entonces eso es lo que ocurrió.

—Es decir que esos amables y compasivos judíos, hombres, mujeres y niños que nunca le hicieron daño a nadie se fueron al infierno; mientras que los asesinos nazis que iban a la iglesia, responsables de las crueles y despiadadas muertes de innumerables personas de mi pueblo, se fueron al cielo, siempre y cuando hayan sido salvados del pecado a través de Jesús.

—Así es como funciona —asintió Susan.

—Bueno, si eso es lo que cree tu religión, yo nunca podría aceptarla.

En mi mente ese fue el final de la discusión… ¡para siempre!

La bondad de mi madre

Sentadas afuera de mi casa, Susan y yo observábamos cómo un trabajador municipal cubría la calle con alquitrán. “No lo toquen”, nos advirtió. “Está hirviendo”.

Apenas él se dio vuelta, Susan sumergió su dedo índice en una burbuja de alquitrán hirviendo. Comenzó a llorar de dolor y corrimos a casa, donde mi mamá puso el dedo de Susan sobre un cubo de hielo.

Durante años, Susan mostró con orgullo la pequeña cicatriz en la yema de su dedo índice. “¡La Sra. Monson es tan buena! ¡Ella salvó mi dedo!”

Al oír esas palabras, me preguntaba si después de haber salvado el dedo de Susan de todos modos mi mamá necesitaba salvarse. ¿Acaso ese acto heroico de bondad le daba méritos para entrar por los perlados portones o seguía destinada a ser un alma condenada a ir en la dirección opuesta? ¡Temía preguntarlo!

En retrospectiva, entendí que Susan fue una de las luces en mi camino buscando la verdad, porque me llevó a formularme preguntas más profundas en búsqueda de mis propias raíces. En una pegatina popular que pegaban en los autos en esa época muchos cristianos renacidos decía: “¡LO ENCONTRÉ!” En respuesta, algunos judíos pusieron una pegatina que decía: “¡NOSOTROS NUNCA LO PERDIMOS!” Era un mensaje que me daba fuerza.

Pienso que Susan estaría feliz de saber que digo bendiciones, me visto con recato y asisto a la sinagoga regularmente. Soy parte de una próspera comunidad de judíos que toman seriamente la práctica de la religión. Gracias a Susan McCarthy, una bautista fanática de la biblia, hoy soy una judía observante.



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