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Un rabino asiste a una reunión de Alcoholicos Anónimos

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08/07/2022 | por Rav Efrem Goldberg

Y después de asistir, sale mucho más en sintonía y conectado a Dios

Hace dos años, un joven maravilloso que conozco comenzó a caer en un espiral descendente. Aunque en ese momento él no podía verlo ni admitirlo, el alcohol estaba alterando y saboteando su vida. Con algunos de sus amigos cercanos decidimos confrontarlo en un intento de ayudarlo. Esta semana, asistí con esos amigos a una reunión abierta de AA para celebrar que él recibió una medalla reconociendo sus dos años de sobriedad.

Ya antes tuve el privilegio de asistir a reuniones de recuperación para celebrar hitos de sobriedad, y cada vez salí extremadamente orgulloso de quien celebra, agradecido y humilde de haber sido incluido, pero más que nada, tremendamente inspirado. No conozco otro grupo de personas que sean más vulnerables, genuinas, crudas y unidas en su esfuerzo por enfrentar un impulso y una inclinación autodestructiva.

Algunas partes de la reunión de AA estándar son consistentes e iguales, mientras que otras cambian y fluctúan. Esta reunión en particular se enfocó en el tercer paso de la recuperación: “Decidimos poner nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios, tal como nosotros lo concebimos”.

La base de la recuperación es reconocer que no podemos hacerlo solos, que encontramos la fuerza necesaria al confiar en Dios.

La base de la recuperación es aceptar y subyugarse a Dios, reconocer que no podemos hacerlo solos, que confiamos en Dios y que sólo podemos encontrar la fuerza necesaria para soportar y perseverar si nos apegamos a Él. En medio de la reunión, los asistentes tienen la oportunidad de compartir. Me quedé asombrado de la percepción, la profundidad y la sinceridad de aquellos que abrieron sus corazones.

Un joven, relativamente nuevo en el grupo, contó que siempre había considerado que la religión, Dios y el rezo eran cosas para los débiles, para aquellos que necesitan una muleta y no pueden arreglárselas solos. Cada vez que tropezaba, cada vez que se caía, seguía eligiendo el miedo antes que la fe. Sólo cuando tocó fondo llegó a darse cuenta de que rendirse y subyugarse a Dios es una señal de fuerza, no de debilidad. Comenzó a rezar todos los días y, a pesar de haber sido ateo toda su vida, ahora entiende que la única forma en que puede encontrar la fuerza para mantenerse sobrio es escogiendo a Dios.

Esto me recordó la historia de una niña pequeña que caminaba con su padre por el bosque. En un momento encontraron una gran rama de árbol. La niña le preguntó al padre: “Si lo intento, ¿crees que puedo mover esa rama?” El padre le respondió: “Estoy seguro que puedes hacerlo, si usas toda tu fuerza”. La niña intentó levantar o empujar la rama, pero no tenía suficiente fuerza. Decepcionada, le dijo al padre: “Estabas equivocado, papi. No puedo moverla”. “Trata una vez más con toda tu fuerza”, respondió su padre. Nuevamente, la niña trató de empujar la rama. Ella se esforzó, pero la rama no se movió. “Papi, no puedo hacerlo”, dijo la niña. Entonces su padre le dijo: “Hija mía, te aconsejé usar ‘toda tu fuerza’, pero no lo hiciste. No me pediste ayuda”.

Usar toda nuestra fuerza implica considerarnos dependientes, no independientes; entender que necesitamos a Dios y no pensar que podemos vivir sin Él. Una mujer describió que su último recuerdo de cuando era adicta al alcohol era estar gritando y maldiciendo a su hija pequeña que le pidió que no bebiera el siguiente trago. Ella terminó en rehabilitación, trabajó sobre los pasos, incluyendo este tercero, y cuando se rindió ante Dios y le pidió ayuda, su vida cambió.

Ella compartió que ahora reza dos veces al día, expresa regularmente su gratitud y siempre le pide ayuda a Dios. A veces le pide ayuda para ser honesta ese día, a veces para trabajar duro, otras veces para superar el deseo o el impulso de tomar decisiones y conductas autodestructivas. Cada día, después de rezar, ella pasa unos momentos en meditación. Ella explicó que cuando reza, está hablando con Dios, y cuando medita, libera su mente, escucha y siente que Él le habla.

Mientras estaba ahí sentado y escuchando, pensé sobre nuestras reuniones regulares llamadas minianim y nuestros rezos diarios. ¿Acaso estos son los ejercicios de humildad y crecimiento personal que deberían ser? ¿Cerramos el libro de rezos y sentimos que hemos hablado con Dios y que lo escuchamos hablarnos? ¿Hemos dado el paso de rendirnos y apegarnos a Dios?

Los autores de la Amidá silenciosa, los Hombres de la Gran Asamblea, tuvieron inspiración Divina para componer un rezo que capturara las necesidades universales de la humanidad trascendiendo todo tiempo y lugar. Nosotros utilizamos esta fórmula cada día para articular nuestra gratitud, nuestros sueños, aspiraciones y necesidades.

Pero ellos nunca tuvieron la intención de que sus palabras fueran la suma total de nuestros rezos. Ellos nos ofrecieron el formato y nosotros tenemos que llenar los espacios en blanco, tenemos que escribir nuestros propios pensamientos, sentimientos y necesidades personales entre líneas. Siempre pensé que esto es similar a las tarjetas que entregamos en ocasiones importantes. Si escribo pensamientos sinceros en la parte de atrás de una servilleta y se la doy a mi esposa en nuestro aniversario, es un lindo gesto. Pero no comprar una tarjeta, arruina el esfuerzo. Si compro una tarjeta y se la doy a mi esposa, pero nunca escribo nada personal, es un buen comienzo, pero claramente incompleto, algo está faltando.

Debemos recitar la liturgia, leer los textos inspirados cada día para beneficiarnos de la brillante formula. Pero entregar las palabras del libro de rezos sin personalizarlas, sin una conversación sincera con nuestro Creador, sin expresar nuestra gratitud, nuestras necesidades y peticiones específicas, es incompleto y deficiente. No es que Dios necesite más, nosotros lo precisamos.

Ya sea durante el rezo, al conducir, cocinar, hacer ejercicio o simplemente al estar parado, habla con Dios con tus propias palabras, pídele ayuda con lo que necesitas ese día, agradécele por las bendiciones y los regalos de tu vida y, cuando termines, pasa un momento en silenciosa meditación y presta atención si puedes escuchar Su respuesta.

Salí corriendo de la reunión porque ya se me había hecho tarde para mi siguiente cita. Subí al auto e instintivamente agarré el teléfono para hacer una llamada. Pero entonces recordé lo que acababa de escuchar y decidí hacer otra clase de llamada, una que requería apagar mi teléfono en vez de encenderlo. Pasé ese pequeño trayecto hablando con Dios, y le dije que una de las cosas por las que estoy tan agradecido es por haber estado en esa reunión.



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