Home » Espiritualidad » Odiseas espirituales

La difícil decisión de abortar y qué dice el judaísmo al respecto

.
28/06/2022 | por Sara Shamansky

Por qué una mujer ortodoxa eligió abortar y cómo se sintió respecto a su decisión.

La segunda línea rosada era tan pálida que apenas se veía, pero cuando la vi en la prueba de embarazo, sentí que se iluminaba toda mi alma. Ya tenía dos hijos e iba a amar mucho a ese bebé.

Siete semanas más tarde, fui a efectuar la prueba de translucencia nucal. Me recosté en la camilla y le sonreí a mi esposo mientras levantaba mi remera dejando ver el pequeño bulto que comenzaba a aparecer. Esperábamos ver a nuestro bebé en la pantalla. El médico esparció un gel tibio sobre mi estómago, colocó sobre mi piel el disco redondo y lo ajustó hasta que aparecieron en un costado de la pantalla los latidos del corazón.

"Aquí está su mano", dijo el médico.

"Mira, nos está saludando", dijo mi esposo y me sonrió.

"Es demasiado grueso", declaró el médico.

Yo no entendí qué estaba diciendo. Pensé que se refería a que el bebé estaba en una posición que hacía difícil medirlo, que a continuación empujaría mi estomago para alentarlo a moverse o ajustaría su equipo.

"Esperamos ver en la nuca un valor de acumulación de fluido inferior a dos, y aquí tenemos más de cuatro", dijo con calma.

"¿Quiere decir que tiene que volver a medirlo?"

"No. Ya lo volví a medir. Miren aquí, este número que muestra la pantalla, el grosor del fluido detrás de la nuca".

Comencé a comprender que algo no estaba bien.

"¿Qué significa esto?"

Mi único pensamiento fue agradecerle a Dios que mi esposo estuviera a mi lado, sosteniendo mi mano. No hubiera podido sobrevivir a eso sola.

El médico comenzó a jugar con los números en la computadora. "Hay 1 en 2 probabilidades de que haya una anomalía cromosómica. Recomiendo que hagan otras pruebas".

Optamos por efectuar una prueba de ADN fetal, a pesar de que no lo cubría nuestro seguro de salud, porque es una prueba no invasiva y no hay riesgo de causar daño al bebé. La recepcionista pasó mi tarjeta de crédito, me dio para que firmara los formularios y las explicaciones de la precisión e la prueba. Lo que siguió fue un simple análisis de sangre. Era difícil entender que una medición d con un ecógrafo y un examen de sangre pudieran dar vuelta nuestras vidas.

"¿Un aborto?", me respondió mi marido. "¿Cómo puedes decir eso? Lo vimos. Nos saludó".

Al bajar al estacionamiento después de esta cita espantosa, le dije a mi esposo: "Tiene razón, y está permitido. Quiero un aborto".

"¿Un aborto?", respondió mi marido. "¿Cómo puedes decir eso? Lo vimos, nos saludó".

"No estoy diciendo que yo voy a ponerle término, pero tenemos que preguntar a un Rabino y ver qué nos dicen. Hablamos con un Rabino cuando quisimos saber si una olla se había vuelto taref. Esta es la mayor decisión de nuestras vidas. ¿Acaso no debemos averiguar cual es la opinión de la Torá y no asumir que ya la sabemos?"

"Tienes razón, pero recemos para que no lleguemos a eso".

Nunca pensé que haría un aborto. No es que estuviera en contra del aborto por sí mismo, sólo que no era algo que personalmente yo fuera a hacer. Al vivir en una comunidad ultraortodoxa de Jerusalem, el aborto era algo que pertenecía a otro mundo; lo asociaba con cosas que eran irrelevantes en mi vida, como ir a bailar a un night-club o experimentar con drogas. Pero ahora, de repente, se había vuelto algo relevante, parte de mi mundo.

El médico dijo que los resultados de la prueba de ADN fetal demorarían una o dos semanas. Mientras tanto no había nada que pudiéramos hacer, más que esperar. En casa, elegía cintas para el cabello, encontraba los calcetines que hacían juego y recogía duplo y crayones del piso de la sala. Por la noche, esperaba, rezaba y lloraba. Busqué en Google términos y estadísticas en los que nunca antes había pensado demasiado, porque eran cosas que formaban parte de la vida de otras personas, no de la mía.

Ese viernes a la noche encendí las velas de Shabat y recé por el bienestar de mi esposo y de mis hijos. También recé por el bebé que llevaba en mi interior, por ubarí, insertando en mi plegaria la palabra en hebreo que significa "mi feto", mi propia modificación, algo que hacía cada semana desde que supe que estaba embarazada.

Cuando finalmente llamó el médico, estaba sola en mi oficina. Cerré la puerta y escuché sus palabras: "Lo siento mucho, me dijo.

La calle bordeada de árboles estaba vacía y el sol brillaba con fuerza mientras mi esposo y yo caminamos hacia la oficina del Rabino. Habíamos regresado a lo del especialista para hacer una ecografía completa del segundo trimestre, y ahora sabíamos que el bebé que llevaba en mi vientre sufría de alguna anomalía cromosómica y que nacería con algún nivel de discapacidad mental y física, además de tener problemas de salud que requerirían cirugías. En Internet abundan las conversaciones sobre los médicos que "no saben de lo que hablan" y que "después de todo lo que mostraban las pruebas, el bebé nació sano". Sin embargo, en la mayoría de los casos esto se aplica a la etapa en que el diagnóstico es una probabilidad estadística. Lamentablemente en mi caso las pruebas mostraban una y otra vez que el diagnóstico era seguro. Ya no podía rezar pidiendo un milagro.

La Torá tiene 70 caras, porque es una Torá viva, creada para almas vivas, para cada persona. En el judaísmo hay muchas opiniones diversas sobre el aborto. El mismo Rabino puede decirle cosas diferentes a diferentes parejas que enfrentan el mismo diagnóstico médico, basado en su situación. En nuestro caso, él nos escuchó, nos aconsejó y terminó diciendo que era nuestra elección, que nosotros debíamos tomar la decisión.

Esta no era una situación en la que podíamos llegar a un compromiso y encontrar un camino intermedio.

Mi esposo me dijo que yo debía ser quien lo decidiera. Dijo que una vez que sabía que la Torá apoyaba cualquiera de las dos decisiones, sentía que podría vivir con cualquier camino que siguiéramos, y que yo era su primordial preocupación. Una parte mía quería suplicarle que me dijera qué hacer. Pero la otra parte sabía que si lo hacía y yo seguía su opinión, corría el riesgo de culparlo para siempre. Esta no era una situación en la que podíamos llegar a un compromiso y encontrar un camino intermedio. A pesar de ser el padre, y que ambos nos encontráramos frente a una encrucijada que impactaría nuestras vidas y la de toda nuestra familia, en un nivel profundo sentí que se trataba de mi cuerpo, que yo llevaba esa vida en mi interior y que debía ser mi elección.

Elección, pensé. Esto hace que parezca una cosa buena. ¿Pero qué pasa cuando ambas opciones son malas?

Quería elegir tener el bebé, sin importar lo que pasara. Quería apoyar mi mano sobre mi vientre y decirle a mi bebé: "No te preocupes, estarás seguro dentro de mí. Te llevaré, te nutriré, te dejaré crecer dentro de mí. Me volveré gorda y pesada, mi vientre embarazado estará a la vista de todo el mundo. Tomaré vitaminas prenatales, no comeré sushi ni beberé alcohol, no entraré a jacuzis ni saunas, todo para mantenerte a salvo. Entraré en trabajo de parto, respiraré a lo largo de la agonía, y te daré a luz. Te sostendré en mis brazos y te amamantaré".

Quería prometerle a mi bebé que lo cuidaría para siempre, que sería para siempre su madre.

Quería ser una madre fuerte, una tigresa que defiende a su cría; que lucha por su vida y por su salud en las guardias de los hospitales, que lucha por su desarrollo en clínicas y oficinas de terapia, que defiende su orgullo y su dignidad en escuelas y plazas.

Quería seguir encendiendo las velas de Shabat semana tras semana, y rezar por mi bebé.

Quería llevarlo a casa desde el hospital, envuelto en una manta con un gorro haciendo juego, y decirles a mis hijos que ese era nuestro pequeño bebé. Que estaba un poco enfermo, por lo qu tendríamos que cuidarlo muy bien, que era especial y diferente a otros bebés, y que lo amaríamos mucho porque era nuestro bello bebé especial.

Quería que mis hijos crecieran y fueran personas afectuosas, cálidas, que aceptan a los demás porque eso fue lo que aprendieron en casa, que aprendieran que no hay ningún problema con ser diferente, y que dar a otros nos vuelve mejores, más fuertes y más felices.

Pero tenia medio.

Tenía miedo de fallarle. De mirarlo un día, como bebé, niño o adulto, y pensar: "No puedo hacer esto. No lo soporto más. No puedo cuidarlo más". Pero entonces sería demasiado tarde. Ya no sería capaz de volver hacia atrás el reloj.

Temía fallarle a mi familia. Temía que mi hogar cayera en la disfunción y el descuido. No sabía cómo lograría mirar a mis otros hijos a los ojos cuando sus padres estuvieran constantemente ocupados con hospitales, cirugías y terapias, sabiendo que yo había elegido eso para ellos.

Temía fallar en mi matrimonio. Temía las peleas cuando ambos estuviéramos estresados más allá de lo normal. Que nos convirtiéramos en personas que no queríamos ser. O que no hubiera una luz al final del túnel para poder esperar juntos llegar a ella, que no hubiera ninguna esperanza.

Temía por mí misma. Por razones egoístas, nada que pueda idealizar, nada por lo que pueda culpar a otra persona. Estaba asustada de sentirme atrapada, de desear escapar, de huir, y que no hubiera forma de escaparme, de partir, porque ¿cómo podría abandonar a mi propio hijo? Temía de una vida entera siendo enfermera, sin tener nunca un minuto libre.

Dejé de colocar mi mano sobre mi vientre y de hablarle al bebé. Dejé de tomar las vitaminas prenatales. Comí sushi y esperé enfermarme, ponerle fin de la forma más sencilla. No recé demasiado por mi bebé no nacido el último Shabat cuando encendí las velas. ¿Cómo podía rezar por su salud cuando sabía lo que se estaba planeando?

Fijé las citas con el especialista y con la trabajadora social que presentaría mi pedido al "comité de aprobación de término del embarazo" del hospital, para que aprobaran el procedimiento, la cirugía. Parecía que estaba segura, pero… ¿cómo podía estar segura cuando mi hijo estaba dentro mío, diciéndome algo diferente? ¿Cómo podía hacer algo que iba en contra de mi mismo ser?

El día antes del procedimiento, tuve que ir por todo el hospital, desde la recepcionista a la enfermera, al médico y a la asistente social. Tuve que repasar los detalles de por qué quería hacer lo que quería hacer con cada uno de ellos. Las palabras herían cada vez. Me dieron un formulario que llené sobre el respaldo de una silla de metal azul y cuando llegué a la pregunta "¿Por qué me quedé embarazada?", revisé las opciones que incluían "me opongo al control de la natalidad", "Falla en el uso de anticonceptivos", "violación y violencia sexual", hasta que llegué a la última opción: "embarazo deseado". Creo que ese fue el momento en que se me quebró el corazón, cuando marqué con una x el formulario al lado de la opción "embarazo deseado".

El año siguiente fue un año de "debería". Debería estar anunciando mi embarazo para que mi familia compartiera mi alegría. Debería estar usando ropa de maternidad. Debería estar sosteniendo un bebé. Debería estar en licencia de maternidad.

Junto con el dolor de la pérdida del embarazo viene la culpa y las dudas por haber puesto fin al embarazo. ¿Puedo participar del grupo de apoyo del hospital cuando la cirugía que pasé fue electiva? ¿Tengo permitido guardar duelo por mi bebé después de lo que le hice?

Me sentiré culpable durante el resto de mi vida. Cuando en Iom Kipur dije Vidui, la confesión, en no me sentí culpable, porque no me siento culpable ante Dios. Sé que el camino judío es un camino de vida, y yo elegí la vida. Mi vida y la vida de mi familia. La culpa que me envuelve es una culpa diferente, la culpa de una madre judía hacia mi bebé no nacido, a quien cedí.

Cargo con el recuerdo de un embarazo que sólo existió para mi esposo y para mí. Observo las fotografías de nuestra familia perfecta y veo una sombra infantil entre nosotros. Me siento muy sola. En el mundo que vivo, un mundo de embarazos anuales y familias numerosas, apenas se habla de la pérdida de un embarazo, fuera de menciones abstractas en artículos de revistas, publicaciones en foros anónimos y susurros entre amigas en una habitación vacía.

El aborto es un tabú todavía más grande. Por supuesto, la ley judía permite poner término a un embarazo cuando la vida de la madre está en peligro. Todo el mundo lo sabe. ¿Pero cuando la vida de la madre no está en peligro? ¿Cuándo el niño hubiera podido vivir? Temo contar la verdad. Incluso a mi familia y amigas cercanas. El termino oficial es "término por razones médicas". Hay foros y poemas y libros, grupos de mujeres que lo experimentaron. Escribimos sobre la pérdida y el amor y de intentarlo por nuestros bebés arcoíris. Pero "en la vida real", entre las personas que conozco, me mantengo callada. No quiero ser juzgada, no por las personas que hablan a grandes rasgos y aseguran: "¡yo nunca lo haría!". Leo los artículos contra el aborto que ellos ponen en sus links en Facebook. Les tengo tanta envidia por no haber tenido que tomar esa decisión.

Los veo por todos lados, aquellos que tomaron la otra opción. Quiero decirles cuánto los admiro y los respeto. Si bien no me arrepiento de mi decisión, sí guardo duelo por ella.


Este artículo fue publicado originalmente en la Tablet Magazine.

Puedes leer aquí un artículo relacionado sobre el Aborto en la ley judía 



linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram