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La importancia de las intenciones

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Vaikrá (Levítico 1-5 )

por Rav Benji Levy

Al evaluar el valor de un objeto, la mayoría de las personas miden la calidad física del producto o la cantidad de tiempo, energía y recursos invertidos en su creación. Pero, ¿cómo mide Dios el valor de los buenos actos? ¿Acaso Él analiza cuánto dinero pagamos, cuántos recursos invertimos o cuánta energía gastamos? ¿O es que el sistema Divino funciona de otra manera?

Esta semana abrimos el Libro de Levítico y encontramos los diversos sacrificios individuales que eran necesarios en la época del Templo. Ellos se extendían desde las más caras ofrendas de ganado (Levítico 1:3-9) hasta las ofrendas más baratas de harina (Levítico 2:1-16). En el Libro de Levítico encontramos ocho veces la expresión: "una ofrenda ígnea, una fragancia placentera a Dios", siempre en relación a los sacrificios (Levítico 1:9-13-17; 2:2-9; 3:5; 23:13-18). ¿Cuál es la función de esta frase y por qué se la repite tantas veces?

El alcance de los diferentes sacrificios requeridos en el Templo permitía que personas con diferentes capacidades económicas dieran de acuerdo con sus medios. La Mishná dice:

Fue dicho con respecto a la ofrenda de un animal: "Una ofrenda ígnea, una fragancia placentera a Dios", y con respecto a una ofrenda de un ave: "Una ofrenda ígnea, una fragancia placentera a Dios". Y con respecto a una ofrenda de harina: "Una ofrenda ígnea, una fragancia placentera a Dios". Esto es para enseñarnos que [no es importante] si uno hace mucho o poco, siempre y cuando dirija sus intenciones al Cielo (Mishná, Tratado Menajot 13:11)

Rashi subraya el hecho de que la palabra "alma" sólo se usa con respecto a la ofrenda de harina, la más barata de todos los sacrificios, para enfatizar que en el caso de una persona pobre, a quien le puede resultar sumamente difícil llevar ese sacrificio, Dios lo considera como si hubiera ofrecido su alma (Rashi sobre Levítico 2:1). La vara de medida de Dios parece clara: cada persona simplemente debe dar tanto como puede, siempre que sus intenciones sean puras y dirigidas al Cielo.

Este principio puede extrapolarse más allá del área financiera y del reino de los sacrificios hacia todas las áreas de la vida. Algunas personas carecen del conocimiento necesario para cumplir todos los mandamientos o hacer todos los buenos actos, pero eso no les impide intentarlo y dirigir sus pensamientos y sus intenciones a Dios. Otras personas pueden tener la habilidad de rezar con devota intención cuando se sienten inspiradas, pero en otros momentos se sienten vacías o sin ninguna inspiración espiritual. Tampoco ellos no deben dejar de esforzarse honestamente todo el tiempo, sin importar su nivel de inspiración en ese mismo momento. El común denominador es que, sin importar nuestra capacidad o nuestros medios, constantemente debemos intentarlo y dirigir nuestras intenciones al Cielo.

Como dice uno de los poemas litúrgicos más conocidos que se dice en preparación para las Altas Fiestas: "Amo del perdón, examinador de los corazones" (Adón haselijot, en el sidur de Rav Amram Gaón), lo cual refleja la habilidad de Dios de ver cada recoveco oculto y al mismo tiempo perdonarnos con misericordia. En contraste a los objetos físicos, Dios valora los buenos actos no por nuestras capacidades sino por el alcance de nuestros esfuerzos. Sin importar lo que tenemos, el sistema judío declara: "Que todos tus actos sean por amor al Cielo" (Mishná, Tratado Avot 2:12).

La palabra korbán, o "sacrificio" tiene la misma raíz que la palabra karov, que significa "acercarse". La palabra lehakriv, o "llevar un sacrificio", también puede leerse como "traer cercanía". Para poder construir una relación cercana con Dios, tenemos que entregarnos y dedicar por completo nuestros pensamientos a Él, porque de acuerdo con el criterio de Dios, la belleza y el valor de los actos radica en las intenciones y no en el producto final.




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