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Nacido en Berlín, Alemania, en 1943

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03/02/2022 | por Reha Abraham Sokolow

Mi certificado de nacimiento alemán es un testamento de la vida, la humanidad, el espíritu y la valentía de mis amados padres.

Hace varios años, doné mi certificado de nacimiento a los archivos del Museo del Holocausto de los Estados Unidos en Washington. Está ahí para confirmar mi nacimiento el 19 de enero de 1943 en Berlín, Alemania. Es un registro permanente para refutar presentes y futuras distorsiones revisionistas respecto a la vida judía durante el Holocausto. Todavía más, es un documento oficial gubernamental nazi respecto a mi emergencia en el infierno alemán, tanto como del milagro que fue que mis padres y yo sobreviviéramos.

Mi certificado de nacimiento señala que nací del trabajador, Walter Wilhelm Israel Abraham, de fe mosaica (judío) y de la trabajadora, Ruth Sara Abraham, Fromm de soltera, también de fe mosaica.

Mi certificado de nacimiento

Mis padres vivían en la calle Paulsborner 7, Wilmersdorf, Berlín. Los alemanes los convirtieron en trabajadores forzados, el último paso antes del transporte a un campo de concentración y la muerte. Mi madre trabajaba para una fábrica farmacéutica y a mi padre lo enviaban a trabajar cada vez a donde necesitaban mano de obra. Mis padres salían de su departamento cada mañana sin saber si se volverían a ver al final de día, porque en Berlín los judíos desaparecían todo el tiempo.

En esa época, mi madre quería mucho tener un hijo. Mi nacimiento no fue accidental. La única explicación que tengo es que mi madre adoptó una resistencia espiritual similar a la de nuestros ancestros en Egipto durante la época de Moshé y el faraón. Este fuerte deseo de tener un hijo debe haber estado en el ADN de mi madre. En Egipto, a pesar de ser esclavos sometidos a labores agotadoras, bajo condiciones espantosas y del terrible decreto del faraón de arrojar a todos los bebés varones al Nilo, el pueblo se multiplicó y sobrevivió.

¿Acaso el embarazo de mi madre puso a mis padres en peligro mortal? Si, pero no más que antes, ya que sus vidas ya estaban llenas de pavor y peligro constante. Las desapariciones de parientes y amigos, además de las inhumanas y malévolas restricciones que imponían a los judíos, incrementaban la precariedad de sus vidas. De todos modos, mi madre tenía una profunda reserva de fe y sentía que el niño que crecía dentro de ella podría hacer una diferencia y alterar su destino. Pero mi padre, siendo pragmático, estaba profundamente angustiado y no era demasiado optimista respecto a su futuro.

Mis padres abrazándome días después de mi nacimiento

Así fue que nací en una fría mañana de invierno, durante una breve pausa de los bombardeos aliados a Berlín. No hubo un hospital para mí. Sólo el departamento de mis padres era un lugar seguro para mi nacimiento. No hubo ningún obstetra, sólo el Dr. Heller, un médico de familia judío que afortunadamente estaba disponible. Él logró llegar a la casa de mis padres a pesar de que las calles de Berlín estaban en llamas por el último ataque aéreo de los aliados. Para mí no hubo ropa nueva, cuna ni juguetes. Mis dos primos, Helga y Johnny, de 15 y 12años, buscaron por las calles y los basureros de Berlín restos de tela para coser ropa y cualquier cosa que mi madre pudiera usar. Entre las ruinas bombardeadas encontraron un cochecito de bebé abandonado y eso sirvió. Estaba levemente inclinado y cuando se movía, las ruedas de metal chirriaban con fuerza en la calle. Aún tengo una foto de ese cochecito. Había poca comida y aparte de la leche de mi madre, mi dieta consistió de las palomas que mis padres lograron conseguir. Cuando era necesario, encontraban un poco de vino para mantenerme calmado y callado.

Helga y Johnny, asesinados en Auschwitz en 1943 junto con sus padres, Ella y Martin Kessler

Antes de mi nacimiento, mis padres se habían fijado dos metas. La primera la concretaron tres días después de mi nacimiento, cuando mi padre entró a la oficina central de la policía alemana para que emitieran un certificado de nacimiento. Mis padres estaban en un dilema; ¿debían informarle a la policía que había nacido otro niño judío? Yo pienso que tomaron la decisión correcta, sin importar cuál haya sido el resultado. La policía le dio a mi padre una lista de nombres judíos y el nombre Reha estaba entre ellos. Hasta el día de hoy, no se entiende cómo mi padre tuvo éxito en conseguir ese certificado. Ese documento ordinario podría habernos costado la vida. Preparándose para lo peor, mis padres pensaron que si me encontraban vivo con mi certificado de nacimiento junto a mi ropa y huérfano, sería identificado como judío.

Entonces entró en acción la segunda meta, que era esconderse de los nazis. Mis padres, con sus identidades falsas, quitaron las estrellas amarillas de su ropa y en medio de una noche helada, el 22 de enero, abordaron un tren hacia la campiña de Berlín en donde habían arreglado un escondite.

Siempre con miedo de ser descubiertos, estuvimos escondidos en varios lugares durante más de 18 meses. Cuando vivíamos en una casa de campo remota, fuimos traicionados por vecinos y tuvimos que escapar. Afortunadamente pudimos huir y encontrar otros lugares de refugio.

No hubiésemos podido sobrevivir sin la ayuda de una extraña, María Nickel, un ama de casa alemana con dos niños. Ella se puso en peligro a sí misma y a su familia al proveernos documentos de identificación, comida y refugio. Muchas veces me hizo pasar como su hijo. Más de una vez me llevó al hospital cuando estuve enfermo y me cuidó cuando mis padres tuvieron que dormir en cabinas telefónicas y parques. María fue reconocida por Yad Vashem como uno de los Justos entre las Naciones.

La relación de mi familia con María fue eterna, desde el día que ella se acercó a mi madre por primera vez hasta su muerte. María y su familia se convirtieron en parte de mi familia. Celebramos juntos ocasiones alegres y nos acompañamos en las pérdidas y la tristeza. Viajamos a Berlín para celebrar su cumpleaños número 90. Cuando un periodista le preguntó por qué se puso en peligro a sí misma y a su familia por personas judías que no conocía, ella respondió: “¿Cómo podía no hacerlo?”

Fuimos liberados por los rusos en 1945. Emigramos a los Estados Unidos en 1948. Mi certificado de nacimiento alemán se encuentra donde puede ser visto y estudiado por las generaciones venideras, porque es un testamento de la vida, la humanidad, el espíritu y la valentía de mis amados padres.



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