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Pequeños actos, grandes recompensas

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Lej Lejá (Génesis 12-17 )

por Rav Isajar Frand

La Torá (Bereshit 14:13) dice que cuando los reyes de la Mesopotamia invadieron Sodoma y Amorá, "el refugiado vino y le informó a Abram" que su sobrino Lot y su familia habían sido tomados cautivos. Abram rápidamente reunió sus fuerzas, los persiguió y liberó a los cautivos.

¿Quién era este misterioso "fugitivo"? Nuestros Sabios lo identifican como Og, el rey de Bashán, quien se salvó de morir en el Diluvio aferrándose al Arca de Nóaj. Su informe oportuno de lo que ocurrió en el campo de batalla permitió que Abram rescatara a su sobrino cautivo.

Muchos años más tarde, cuando el pueblo judío se preparaba para emprender la conquista de Canaán, el reino de Og se encontraba en medio del camino. La Torá (Bereshit 21:34) nos dice que Dios le dijo a Moshé: "No le temas, porque lo he entregado en tus manos". De esto podemos inferir que Moshé tenía miedo. ¿Por qué Moshé tenía miedo?

El Talmud (Nidá 61a) explica que Moshé temía que el mérito de haber salvado la vida de Lot protegiera a Og de la invasión del pueblo judío.

Pero vamos a indagar el tema un poco más profundo. ¿Por qué Og llevó ese informe a Abram? ¿Cuáles fueron sus motivos? ¿Acaso él estaba preocupado por la seguridad y el bienestar de Lot? Difícilmente. Rashi explica que Og esperaba que Abram saliera a luchar contra los reyes de la Mesopotamia (como efectivamente ocurrió) y que muriera en el campo de batalla. De esa forma, Sara quedaría viuda y él, Og, se casaría con ella.

No eran motivos demasiado nobles. Og por cierto no pensó hacer un jésed, no quiso hacer un buen acto. Sin embargo, a pesar de esta clara falta de altruismo, el acto mismo fue considerado un gran mérito en beneficio de Og, tanto que, muchos años más tarde, Moshé temió enfrentar a su pueblo sin recibir la tranquilizadora promesa Divina. Rav Leib Chasman señala que esto muestra el increíble poder y la recompensa de una mitzvá, sin importar cuán pequeña e imperfecta sea.

Una historia similar ocurrió durante el Holocausto, cuando de acuerdo con el Rebe de Bluzhev, un incidente relativamente menor fue recompensado con una inmensa recompensa.

En 1942 vivía en el gueto de Cracovia una familia judía llamada Hiller, (el padre, la madre y un niño de 6 años llamado Shajne). Las perspectivas de supervivencia eran sumamente bajas. La gente era deportada a Auschwitz casi a diario. Sólo quienes eran capaces de trabajar en beneficio del esfuerzo bélico alemán tenía alguna esperanza de sobrevivir. Un niño pequeño no tenía ninguna probabilidad de salvarse.

A medida que pasaba el tiempo, la situación era cada vez más desesperada. Los Hiller entendieron que no había muchas posibilidades de mantener a Shajne vivo dentro del gueto. Había sólo una opción. Los Hiller eran amigos de una pareja polaca llamada Jakovicz, que no tenían hijos. Ellos sintieron que esas personas eran confiables y que podrían cuidar bien al pequeño Shajne hasta que terminara la guerra.

En la noche del 15 de noviembre de 1942, la señora Hiller y el pequeño Shajne, arriesgándose a que les dispararan, se deslizaron frente a los puestos de guardia del gueto y salieron hacia la ciudad. Ocultándose en la oscuridad, corrieron por las calles, dos sombras en la noche brumosa, hasta llegar a la casa de los Jakovicz.

La señora Hiller le dijo a su amiga polaca: "¿Quién sabe si sobreviviremos a esta espantosa guerra? Si mi esposo y yo sobrevivimos, o por lo menos uno de nosotros, regresaremos a buscar a Shajne. Pero si no sobrevivimos, que Dios no lo permita, confiamos en que lo entreguen a nuestros parientes". Ella sacó del bolsillo dos sobres. Sobre la tinta se podían ver manchas de lágrimas. "Aquí hay dos cartas, una para nuestros parientes en Montreal y la otra para nuestros parientes en Washington. Cualquiera de ellos se hará cargo de nuestro amado hijo y lo educará como un judío. Incluso si nosotros morimos, por lo menos Shajne seguirá siendo judío. Confío en ti, querida amiga, para que esto se cumpla. Que Dios te bendiga".

Lamentablemente, la confianza de los Hiller en la familia Jakovicz fue errónea. Los Hiller murieron en el Holocausto, pero no habían dejado al pequeño Shajne en buenas manos. La señora Jakovicz, una devota cristiana, amaba al niño y él también la amaba a ella. Ella lo llevaba regularmente a misa en la iglesia y le enseñó himnos y plegarias católicas. En unos pocos años, Shajne parecía un niño cristiano.

En 1946, cuando quedó claro que los padres de Shajne no regresarían a buscarlo, la señora Jakovicz se acercó al joven párroco para arreglar los detalles para bautizar al niño como cristiano, Durante la conversación, al sacerdote le llamó la atención que el niño ya tuviera 10 años y le preguntó a la mujer por qué no lo habían bautizado antes. La señora Jakovicz se mostró evasiva y eso despertó aún más la curiosidad del sacerdote. Finalmente, ella le contó toda la historia.

El joven sacerdote alentó a la señora Jakovicz a cumplir la promesa que había hecho a los padres del niño y concretar sus deseos para su hijo. La señora Jacovikz accedió y envió las cartas a los parientes del niño. En junio de 1949, gracias a los esfuerzos del Congreso Judío de Canadá, permitieron la entrada a Canadá a catorce huérfanos judíos de Polonia, entre ellos a Shajne. En febrero de 1951, por una ley especial del Congreso firmada por el presidente Truman, le permitieron a Shajne entrar a los Estados Unidos y se fue a vivir con su familia a Washington.

Shajne creció en los Estados Unidos como un judío religioso, sin saber que casi lo bautizaron. Shajne triunfó en el mundo de los negocios y llegó a ser vicepresidente de una importante corporación. A lo largo de los años, mantuvo fuertes lazos de amor y gratitud con la señora Jakovicz. Siguió en contacto con ella y le envió cartas, regalos y dinero. Ella nunca menciónó que casi lo había hecho bautizar.

Finalmente, en el año 1978, la señora Jakovicz sintió que tenía que limpiar su consciencia. Le escribió una carta a Shajne en la que admitió toda la historia. Ella le contó sobre el párroco que la alentó a hacer lo correcto. Su nombre era Karol Wojtyla, más conocido en el mundo como el Papa Juan Pablo II.

El Rebe de Bluzhev dijo: "¿Quién puede saber por qué Dios hace lo que hace? Pero a mí me parece razonable que por ese buen consejo que el joven sacerdote le dio a esta mujer polaca, fue recompensado con el mayor premio posible para un sacerdote. Se convirtió en el papa".

Contar las estrellas

¿Qué se supone que debes hacer cuando te piden que hagas algo imposible? La mayoría de las personas simplemente encogerían los hombros y lo olvidarían. A fin de cuentas, hacer algo imposible es imposible, ¿verdad? No necesariamente.

La Torá nos dice que Hashem le prometió a Abram que tendría hijos (Bereshit 15:3-5): "…Y Abram dijo: '¿Qué puedes darme si no tuve descendencia?'… Y lo sacó afuera, y le dijo: 'Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas, si puedes contarlas'. Y le dijo: 'Así será tu descendencia'".

Rav Meir Shapiro pregunta qué haría una persona si le dijeran que cuente las estrellas. Basta mirar al cielo para entender que es una tarea imposible, nadie se tomaría el trabajo de intentar hacerlo. Pero no fue eso lo que hizo Abram. Cuando Hashem le dijo: "Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas", eso fue exactamente lo que hizo Abram. Él comenzó a contar las estrellas, aunque hacerlo parecía ser algo imposible.

"Kó ihié zejareja", le respondió Hashem. "Así será tu descendencia". Esta extraordinaria cualidad del optimismo eterno de Abram, su negación a aceptar que cualquier tarea sea imposible, caracterizaría a sus descendientes. Este sería el sello distintivo del pueblo judío. No importa cuán difícil parezca ser la tarea, el judío no desespera. Él intentará lograrlo una y otra vez.

Y cuando lo intentamos, ocurren cosas sorprendentes. Incluso si pensamos que algo está por completo fuera de nuestras escasas habilidades, cuando lo intentamos con persistencia descubrimos fuerzas y capacidades que nunca supimos que poseíamos. Encontramos en nosotros mismos reservas de capacidades, nuevos potenciales que nunca supimos que existían. Aprendemos a ir más allá de los límites y de las restricciones que consideramos que eran fronteras impenetrables.

Un judío ciego le llevó a Rav Isser Zalman Meltzer un volumen con sus pensamientos de Torá. Le pidió a Rav Isser Zalman que leyera una pieza en particular.

—Eso fue lo último que escribí antes de quedar ciego —remarcó.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

—Trabajé durante muchos años en mi séfer. Me esforcé estudiando la Guemará, los Rishonim y los Poskim con cada fibra de mi ser, y mi esfuerzo fue bendecido con éxito. Algunas piezas son realmente muy buenas. Pero requirió demasiado esfuerzo y estaba envejeciendo. Un día, después de terminar de trabajar sobre un jidush, decidí que había sido suficiente. Ya no tenía las fuerzas necesarias para seguir adelante. Decidí que a partir de ese momento seguiría estudiando, pero no me esforzaría para llegar a encontrar jidushei Torá, ideas novedosas. Escribí mi jidush y en ese mismo momento me quedé ciego.

—¿Consultó con los médicos? —le preguntó Rav Isser Zalman,

—Por supuesto que fui a médicos. ¿Sabe qué me dijeron? Dijeron que de acuerdo con el estado de mis ojos debería haberme quedado ciego diez años antes. Simplemente no podían entender por qué no me quedé ciego antes.

Durante diez años, este hombre había hecho lo imposible. Había estudiado y escrito jidushei Torá usando ojos que no deberían haber funcionado. Pero "así será tu descendencia". El pueblo judío, los descendientes de Abraham, pueden lograr lo imposible.




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