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Vieron un fantasma

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Vaigash (Génesis 44:18-47:27 )

por Rav Ari Kahn

Ideas avanzadas basadas en el Midrash y la Cábala.

Nunca se lo imaginaron. El dramático e inesperado final de la saga fue lo último que los hermanos esperaban, y ese fue precisamente el problema. El escrutinio al que fueron sometidos les parecía injustificado. ¿Por qué fueron elegidos ellos entre todos los que llegaban a Egipto para comprar alimento? ¿A qué se debía el interés en su familia, en su padre y en su hermano Biniamín?

Cuando intentaron devolver el dinero que apareció misteriosamente en sus alforjas, quedó en evidencia que los hermanos se equivocaban en la interpretación de los eventos. Ellos se convencieron a sí mismos de que todo lo que ocurría era parte de un complot para robarles sus posesiones y su libertad.

Los hombres tuvieron miedo por haber sido llevados a la casa de Iosef, y dijeron: "A causa del dinero devuelto en nuestras alforjas al principio somos traídos [aquí], para que [la acusación] ruede sobre nosotros y nos caiga encima, y para tomarnos como siervos junto con nuestros asnos (Bereshit 43:18).

Si hubieran pensado las cosas con más calma y de una forma más racional, habrían podido llegar a preguntarse por qué el segundo hombre más poderoso de Egipto necesitaba una mala excusa para quedarse con sus míseras posesiones. Asimismo, el modus operandi del gobernante egipcio (ponerles su propio dinero en sus alforjas) se opone a toda lógica. Si el egipcio hubiera deseado quedarse con sus asnos, habría podido enviar a todos los hermanos a prisión en vez de liberarlos tres días más tarde, y se habría quedado con todo lo que deseara.

Parece que la mente humana tiene una gran capacidad para racionalizar, justificar e inventar explicaciones alternativas a lo obvio cuando la verdad es demasiado difícil de enfrentar. En una evidente contradicción a la teoría de la navaja de Ockham,1 los hermanos construyeron hipótesis complejas e improbables para explicar su sufrimiento. Si hubieran sido capaces de abrir los ojos (o hubiesen estado dispuestos a hacerlo), se habrían ahorrado mucha confusión, temor y angustia. Su adversario no era un extraño sino alguien a quien conocían de toda la vida, pero fueron incapaces o renuentes a reconocerlo. La solución obvia los eludió, porque en sus mentes eso era imposible por muchas razones. Iosef era un soñador desconectado de la realidad. Probablemente Iosef ni siquiera estaba vivo: como esclavo, lo más probable era que hubiera hecho enojar a su amo provocando que hiciera con él lo que ellos no lograron. Por otro lado: ¿Quién, fuera de Iosef, se hubiera interesado en su hermano menor y en su padre? ¿Quién, sino Iosef, tenía motivos para arrojarlos a prisión? ¿Quién, sino Iosef, podía tener interés en continuar ese largo juego de ingenio, mantener el contacto sólo para amenazarlos y abusar de ellos?

Los hermanos jamás imaginaron que se postrarían ante Iosef. Irónicamente, cuando finalmente lo hicieron no sabían que los sueños de Iosef se estaban cumpliendo, porque no sabían que estaban frente a Iosef. Ellos se postraron ante el hombre que controlaba todo el alimento de Egipto. En un sentido muy real, no se habían postrado ante Iosef sino ante un extraño potentado egipcio. Jamás imaginaron que ese hombre era su propio hermano.

El Midrash ofrece una descripción más detallada de los momentos en que Iosef se reveló ante sus hermanos. Al principio, Iosef les dijo que el hermano "perdido", ese hermano que habían dicho que murió, en verdad estaba vivo. Los hermanos se sorprendieron, incrédulos. Luego Iosef les aseguró que su hermano perdido estaba en el palacio. “Iosef les dijo: 'Lo llamaré y él aparecerá ante sus ojos'. Llamó: 'Iosef, hijo de Iaakov, ¡ven a mí! Iosef, hijo de Iaakov, ¡muéstrate!' Los hermanos miraron hacia todos los rincones del cuarto buscando a Iosef, hasta que Iosef finalmente declaró: 'Yo soy Iosef', y los hermanos (casi) murieron". (Bereshit Rabá 93:9)

Cuando les dijo que Iosef estaba en el cuarto, ellos miraron hacia todos los rincones, excepto hacia el hombre que estaba frente a ellos.

A veces, los celos y el odio pueden ser tan fuertes que subestimamos a la persona que nos despierta esos sentimientos. Al disminuir su valor, justificamos nuestro mal comportamiento. Como los hermanos odiaban a Iosef, fueron incapaces de ver la verdad, incluso si estaba frente a ellos. Cuando finalmente fueron forzados a reconocer a Iosef, se quedaron atónitos, sorprendidos casi hasta la muerte. Como si los hubiera golpeado un rayo o si vieran un fantasma. Ese momento de claridad los obligó a reconocer sus crímenes.

Ellos habían odiado a su hermano sin razón. Iosef no sufría de delirios de grandeza sino que era capaz de llegar a la grandeza. Sospecharon que era vano y que se sentía superior, pero en verdad ellos eran los miopes. Los hermanos no pudieron, o no quisieron, ver lo que estaba (y siempre había estado) frente a sus ojos. Finalmente se habían postrado ante Iosef, tal como él lo había soñado. Dependían de él para su manutención, tal como lo predijo en su sueño. Los hermanos también entendieron que si Iosef deseaba vengarse, estaba en una posición que le permitía hacerles lo que deseara y no sólo quitarles unos pocos asnos.

En un momento deslumbrante, el mundo de los hermanos se invirtió. No eran víctimas, como habían imaginado, del abuso de ese hombre. En cambio, ellos mismos eran los abusadores. Era posible que contaran su historia y quizás lograran despertar la compasión de alguna o de todas las personas; pero había en el mundo una persona que no fue engañada. De haber estado frente a otro acusador, habrían podido consolarse, sentir piedad de ellos mismos y creerse rectos. Pero el hombre que estaba frente a ellos era Iosef, la persona que conocía su más oscuro secreto; la persona que había sido su víctima; el hermano que habían olvidado durante tantos años. El apasionado discurso de Iehudá, tan lleno de recta indignación, de repente pareció vacío, incluso ridículo. Ahora estaban obligados a recordar: tenían otro hermano. Él estaba en la habitación, los observaba y era todo lo que trataron de negar. Iosef era un visionario, un hombre de talentos y fortaleza sin parangón, un hombre del más alto nivel moral. Se había elevado mucho más que ellos en todos los aspectos, pero estaba dispuesto a ir todavía más lejos, a hacer lo inimaginable: Iosef estaba dispuesto a perdonarlos.


NOTAS

(1) La navaja de Ockham (Occam) o principio de parsimonia es un principio filosófico según el cual cuando hay diversas hipótesis, se debe preferir aquella con menor cantidad de asunciones. En otras palabras, por lo general la explicación más directa es la correcta.



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