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Los parámetros de justicia

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Ki Tetzé (Deuteronomio 21:10-25:19 )

por Rav Jonathan Sacks

En Deuteronomio 24, encontramos por primera vez la declaración explícita de una ley de enorme significado:

"No morirán los padres a causa de los hijos y los hijos no morirán por los padres; cada persona morirá por su pecado" (Deuteronomio 24:16)

Tenemos fuerte evidencia histórica de lo que esta ley estaba excluyendo: el castigo vicario, la idea de que otra persona puede ser castigada por mi crimen:

Por ejemplo, en las leyes asirias, la violación de una virgen no comprometida que vive en la casa de su padre se castiga con la violación de la esposa del violador, quien también permanece a partir de ese momento con el padre de la víctima. El código Hamurabi decreta que si un hombre golpea a una mujer embarazada causándole un aborto espontáneo y la muerte, se ejecuta a la hija del agresor. Si un constructor erigió una casa que se derrumbó y mató al hijo del dueño, entonces el hijo del constructor es condenado a muerte. (Nahum Sarna, "Exploring Exodus", pág. 176).

 También contamos con evidencia bíblica respecto a cómo se aplicó la Ley Mosaica. Joás, uno de los reyes justos de Iehudá, intentó poner fin a la corrupción entre los sacerdotes y fue asesinado por dos de sus oficiales. Fue sucedido por su hijo Amasías, sobre quien leemos:

Y ocurrió tan pronto como el reino se estableció en su mano, que [Amasías] ejecutó a los oficiales que habían asesinado a su padre el rey. Pero a los hijos de los asesinos no los mató, conforme a lo que está escrito en el Libro de la Ley de Moshé, como ordenó Dios diciendo: "No han de morir los padres por los hijos ni los hijos han de morir por los padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado" (Reyes II 14:5-6)

Sin embargo, la pregunta obvia es; ¿Cómo es compatible este principio con la idea, enunciada cuatro veces en los libros Mosaicos, de que los hijos pueden sufrir por los pecados de sus padres? "Hashem, Hashem, Dios misericordioso y dispensador de gracia, lento para la ira y abundante en bondad y verdad, que preserva la bondad para millares de generaciones; perdona la iniquidad, el pecado rebelde y el error, y que absuelve, pero no absuelve [completamente]; que toma en cuenta la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los nietos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación" (Éxodo 34:7, ver también 20:5, Números 14:18, Deuteronomio 5:8).

La respuesta breve es simple: esta es la diferencia entre la justicia humana y la justicia Divina. Nosotros no somos Dios. No podemos ver los corazones de los pecadores ni analizar las consecuencias completas de sus actos. No está en nuestras manos ejecutar justicia perfecta, equiparando el mal que una persona sufre con el mal que ha causado. Ni siquiera sabríamos por dónde comenzar. ¿Cómo se castiga a un dictador responsable por la muerte de millones de personas? ¿Cómo se valora el alcance total de una devastadora injusticia provocada por un conductor ebrio, cuando no sólo la víctima sino toda su familia se ve afectada por el resto de sus vidas? ¿Cómo se valora el grado de culpabilidad de los alemanes que supieron lo que estaba sucediendo durante el Holocausto pero no hicieron ni dijeron nada? La culpa moral es un concepto mucho más difícil de aplicar que la culpa legal.

La justicia humana debe funcionar dentro de los parámetros del entendimiento y la regulación humana. Por eso la regla directa es que no hay castigo vicario. Sólo el malhechor debe sufrir, y sólo después de que su culpabilidad haya sido establecida por procedimientos judiciales justos e imparciales. Este es el principio fundamental establecido por primera vez en Deuteronomio 24:16.

Sin embargo, el tema no termina aquí. En dos profetas posteriores, Jeremías y Ezequiel, encontramos una renuncia explícita a la idea de que los hijos pueden sufrir por los pecados de sus padres, incluso cuando se aplica la justicia Divina. Así dijo Jeremías, hablando en nombre de Dios:

En esos días no dirán más: "Los padres comieron uvas agrias y los dientes de sus hijos están desafilados, sino que cada cual morirá por su propia iniquidad: al que coma uvas agrias se le desafilarán los dientes (Jeremías 31:28-29).

Y esto dijo Ezequiel:

Y me vino la palabra de Hashem, diciéndome: "¿Qué quiere decir la gente con ese proverbio que usan en la Tierra de Israel, que dice: 'Los padre comieron uvas amargas y los dientes de sus hijos están desafilados'? Por Mi vida, dice Dios, que no tendrán más ocasión de emplear ese proverbio en Israel. He aquí que todas las almas Me pertenecen, Tanto el alma del padre como el alma del hijo son Mías. El alma que peca, esa ha de morir" (Ezequiel 18:1-3)

El Talmud (Makot 24a) trae la pregunta obvia. Si Ezequiel tiene razón, ¿entonces qué ocurre con la idea de que los hijos son castigados hasta la tercera y la cuarta generación? Su respuesta es sorprendente:

Dijo Rabí Iosef ben Janina: Nuestro maestro Moshé pronunció cuatro sentencias [adversas] sobre Israel, pero vinieron cuatro profetas y las revocaron… Moshé dijo: "Él castiga a los hijos y a los hijos de los hijos por el pecado de los padres hasta la tercera y la cuarta generación". Ezequiel declaró: "El alma que peca, esa ha de morir".

Moshé decretó, pero Ezequiel vino y anuló el decreto. Claramente el tema no puede ser tan simple. A fin de cuentas, quien lo decretó no fue Moshé sino Dios mismo. ¿A qué se refieren los Sabios?

Yo pienso que se refieren a esto: el concepto de justicia perfecta está fuera de la capacidad de entendimiento humano, por las razones que ya hemos dado. Nunca podemos saber por completo el grado de culpabilidad. Ni podemos saber el alcance exacto de la responsabilidad. La Mishná en Sanedrín (4:5) dice que a un testigo en casos de pena capital se le advierte solemnemente que en caso de dar falso testimonio una persona será erróneamente condenada a muerte, y él, el testigo, "será considerado responsable de su sangre [del acusado] y de la sangre de sus [potenciales] descendientes hasta el fin de los tiempos". Asimismo, cuando hablamos de la Providencia, no siempre es posible distinguir entre el castigo y una consecuencia natural. Una madre drogadicta da a luz a un hijo drogadicto. Un padre violento es atacado por su hijo violento. ¿Esto es retribución, genética o influencia ambiental? Cuando se trata de lo Divino, en oposición a la justicia humana, nunca podemos llegar más allá de un entendimiento rudimentario, si es que por lo menos logramos eso.

Dos cosas quedan claras de las palabras de Dios a Moshé. En primer lugar, Él es un Dios de compasión pero también de justicia, porque sin justicia hay anarquía, pero sin compasión no hay humanidad ni esperanza. En segundo lugar, en la tensión entre estos dos valores, la compasión de Dios excede vastamente a Su justicia. La primera es "para siempre" ("millares [de generaciones]". La última está confinada al período d evida del pecador: la "tercera y cuarta generación" (nietos y bisnietos) son los límites de posteridad que uno puede esperar ver en una vida humana.

Jeremías y Ezequiel hablan de algo más, Ellos hablan sobre el destino de la nación. Ambos vivieron en la época del exilio de Babilonia. Ellos luchaban contra un estado anímico de desilusión en el pueblo. "¿Qué podemos hacer? Estamos siendo castigados por los pecados de nuestros ancestros". No es así, dijeron los profetas. Cada generación tiene en sus manos su propio destino. Arrepiéntete y serás perdonado, sin importar cuáles sean los pecados del pasado, los tuyos o los de tus antecesores.

La justicia es un fenómeno complejo. La justicia Divina, todavía más. Sin embargo, algo está claro. Cuando se trata de justicia humana, Moshé, Jeremías y Ezequiel están de acuerdo: los hijos no serán castigados por los pecados de sus adres. El castigo vicario simplemente es injusto.




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