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Amor en pasado y en presente

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Toldot (Génesis 25:19-28:9 )

por Rav Isajar Frand

"Itzjak amaba a Esav, pues tenía la presa en su boca, pero Rivká ama a Iaakov" (Génesis 25:28)

Incluso quienes por lo general no prestan atención a la gramática se sorprenden ante el uso extraño de los tiempos verbales al describir la relación de Itzjak y de Rivká con sus hijos. Itzjak "amaba" a Esav, en tiempo pasado, mientras que Rivka "ama" a Iaakov, en tiempo presente. ¿Qué viene a enseñarnos esto?

El Maguid de Dubna sugiere una solución basada en una aguda observación del mundo. En la sociedad no judía, las personas se definen a sí mismas, y son definidas por otros, de acuerdo con lo que hacen. En la sociedad judía, las personas se definen por lo que son.

Esav representaba los valores no judíos. Él se definía a sí mismo y esperaba que otros lo definieran por aquello que hacía. Él quería que lo vieran como un atleta, un guerrero, el legendario cazador. La base para la admiración y el amor de los demás era lo que había logrado en el pasado. Si dejaba de ser un cazador, también la admiración cesaría. Por lo tanto, Itzjak "amaba" a Esav, en tiempo pasado, "por la presa que tenía en su boca", por las cosas que había hecho en el pasado. Pero Iaakov representaba los valores judíos. Él se definía por lo que era y no por lo que hacía. Por lo tanto, Rivka "ama" a Iaakov en tiempo presente, un amor que continúa ininterrumpidamente y no depende de su última hazaña ni de ningún logro.

Esto es particularmente relevante en nuestra época. Pregúntale a un niño no judío qué quiere ser cuando sea grande e inevitablemente te dirá que quiere ser médico, abogado, empresario en Silicon Valley o quizás una estrella de rock. Pregúntaselo a un niño judío y con suerte te dirá que quiere ser un tzadik (una persona justa), un talmid jajam (un erudito de la Torá), un baal jesed (bondadoso) y oved Hashem (siervo de Dios). Ojalá así sea.

El niño judío responde directamente a la pregunta. Te dice lo que quiere "ser". En cambio, el niño no judío no da una respuesta directa a la pregunta. Él dice lo que va a "hacer" y no lo que va a "ser". Él fue condicionado a creer que todo el valor de la persona depende de su profesión o de su vocación. Si es un médico, es importante. Si es un cartero, no es importante.

Un columnista de Baltimore escribió un artículo denunciando esta tendencia de la sociedad. Él escribió que cada vez que conoce a una persona nueva, no lleva más de quince segundos antes de que le pregunten: "Entonces, ¿qué haces?". A veces, se siente tan molesto que se identifica como auditor del servicio de impuestos internos, lo que garantiza que la conversación se interrumpa. Él concluye que es obvio que hoy en día "eres lo que haces", y lo que realmente eres (tu carácter, tus intereses, tus pensamientos, tus sentimientos, tus opiniones), en verdad no importan demasiado.

En el mundo occidental eres medido de acuerdo con tu desempeño en lo que haces. Por eso un día puedes ser idolatrado y adorado y al día siguiente despreciado. Si el nivel de tu desempeño cae, si pasas por un período de descenso, tus inconstantes admiradores se volverán en tu contra. A fin de cuentas, ellos nunca admiraron lo que eras, sino sólo lo que haces, y cuando no lo haces, ya no hay ninguna base para que te admiren.

Esta no es la perspectiva del judaísmo. De hecho, la perspectiva judía es exactamente la contraria. El judaísmo valora a todas las personas por lo que son, por su tzélem Elokim, por su carácter, por su dignidad, por su bondad, por sus normas éticas, por sus logros espirituales. Lo que hacen para ganarse la vida o para su realización profesional sólo es algo secundario.

Una dosis de santidad

"Olió el aroma de su ropa y lo bendijo" (Génesis 27:27)

Al envejecer, Itzjak perdió la vista, pero su sentido del olfato era agudo. Iaakov confió en eso. Él se puso las prendas de Esav, le llevó delicias a Itzjak y le pidió la bendición. Itzjak "olió el aroma de su ropa" y le dio la bendición. El resto es historia.

El Midrash ofrece una explicación homilética de estas palabras completamente diferente. La palabra que se usa aquí para "sus ropas" es begadav. Si cambiamos las vocales, esto puede leerse como bogdav, que significa "sus renegados". En otras palabras, cuando Itzjak "olió el olor de sus renegados", cuando sintió proféticamente que los descendientes de Iaakov se convertirían en los renegados del pueblo judío, se vio inspirado a darle las bendiciones. ¿Qué significa esto?

Consideremos al renegado que el Midrash trae como un ejemplo. Su nombre era Iosef Meshita, y era un judío terrible. Cuando los romanos atacaron el Templo Sagrado, este Iosef Meshita actuó como su guía. Como recompensa, el oficial romano le dio permiso para que tomara para sí cualquier objeto de valor que deseara del Templo. Iosef Meshita entró al Hejal y sacó la Menorá de oro, pero el romano decidió que ese era un tesoro demasiado extravagante para un simple plebeyo.

—Vuelve a entrar y saca otra cosa —le dijo el romano.

—No puedo volver a entrar —respondió Iosef Meshita.

—Debes hacerlo.

—Simplemente no puedo. ¿Acaso no es suficiente que haya profanado una vez el Templo de Dios? ¿Tengo que volver a hacerlo?

—¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí de repente? Nada más ni nada menos que un hombre piadoso. ¡Insisto en que vuelvas a entrar!

Pero Iosef Meshita no cambió de idea. El romano lo golpeó y lo torturó sin piedad, pero de todos modos Iosef Meshita se negó a volver a entrar al Hejal. En medio de su agonía, gritó: "¡Ay de mí, que he enojado a mi Creador!". Finalmente murió.

¿Qué fue lo que transformó en unos minutos a este judío renegado en un mártir sagrado? En un momento estuvo dispuesto a saquear el Beit HaMikdash y llevarse la Menorá de oro; al instante siguiente permitió que lo torturaran a muerte antes que profanar la santidad del Hejal. ¿Qué fue lo que lo que provocó ese cambio?

El Rav de Ponovitz dice que la respuesta es muy simple. Lo que lo transformó fue entrar a un sitio sagrado. Él pudo entrar al Hejal con los peores motivos. Pero una vez allí, se vio expuesto al aura de santidad y salió cambiado.

De acuerdo con el Midrash, esto fue lo que Itzjak vio en el futuro de Iaakov y eso lo convenció para darle las bendiciones. Él vio que incluso los más bajos de los descendientes de Iaakov, incluso los renegados más despreciables como Iosef Meshita, tendrían una increíble fortaleza espiritual que podía transformarse al verse expuestos a la santidad. Sin importar cuán bajo cayeran, siempre estarían a un paso de transformarse en personas rectas dispuestas a morir al kidush Hashem. Este era el linaje que realmente merecía las bendiciones.

La historia ha demostrado que esta clase de transformaciones no se limitaron al santuario del Beit HaMikdash. A comienzos del siglo XX, un judío llamado Franz Rosenzweig contó su historia en un libro llamado "La estrella de la redención".

Franz era un exitoso autor, un respetado filósofo y un judío completamente secular. En un momento, se comprometió con una mujer no judía y consideró seriamente la posibilidad del bautismo. Esto fue durante la Primera Guerra Mundial, cuando sirvió como capitán de caballería del ejército alemán en el frente oriental.

En la noche de Iom Kipur, Franz se encontró estacionado en un pequeño pueblo polaco. Al hacer sus rondas, vio la luz en la sinagoga y escuchó las voces de los congregantes. Por curiosidad, decidió entrar para ver qué estaba pasando. Él escribió que al salir de la sinagoga poco tiempo después, ya era un judío religioso, un sincero baal teshuvá. Rompió su copmpronmiso con la mujer no judía y desde ese momento en adelante llevó una vida observante de las mitzvot.

En Alemania en 1915, la idea de un baal teshuvá era algo muy raro, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, cuando es un fenómeno muy común. ¿Qué fue lo que provocó su increíble transformación? Una cosa: verse expuesto a la santidad. Cuando él entró a esa sinagoga y experimentó el aura de Iom Kipur, se convirtió en una persona diferente.

Esa es la fuerza de la santidad, no sólo de la santidad de la Shejiná en el Beit HaMikdash, sino también de la santidad de un puñado de judíos sinceros que rezaban juntos en un pequeño pueblito. También ellos tuvieron la fuerza de hacer cambiar a una persona.




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