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De finales improbables y cómo derrotar la desesperación

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Vaieshev (Génesis 37-40 )

por Rav Jonathan Sacks

Vivimos mirando hacia el futuro, pero sólo entendemos la vida cuando se volvió nuestro pasado.

Vivimos la mirando hacia adelante, pero sólo entendemos la vida al mirar hacia atrás.

Al vivir día a día, nuestra vida puede parecer una secuencia de eventos al azar, una serie de accidentes y casualidades sin ninguna lógica interna. Un embotellamiento de tránsito nos hace llegar tarde a una reunión. Un comentario que hacemos al pasar ofende a alguien de una manera que nunca tuvimos la intención de hacerlo. Por un pelo no conseguimos el trabajo que tanto buscamos. La forma en que experimentamos la vida a veces puede parecer la definición que dio Joseph Heller de la historia: "Una bolsa de basura llena de coincidencias aleatorias que se abre con el viento".

Sin embargo, al mirar hacia atrás, comienza a cobrar sentido. La oportunidad que perdimos aquí llevó a algo mucho mejor allá. La vergüenza que sentimos por nuestro comentario ofensivo sin ninguna intención nos volvió más cuidadosos respecto a lo que dijimos en el futuro. Nuestros fracasos, al verlos en retrospectiva muchos años más tarde, resultan haber sido nuestras más profundas experiencias de aprendizaje. La visión retrospectiva siempre es más perceptiva que la visión hacia el futuro. Vivimos de cara al futuro, pero sólo entendemos la vida cuando ya se ha convertido en parte de nuestro pasado.

En ninguna parte esto queda más claro que en la historia de Iosef en la parashá de esta semana. La parashá comienza en un punto elevado: "Israel amaba a Iosef más que a todos sus hijos, porque era para él hijo de la vejez; y le hizo una túnica de lana fina". Pero a una velocidad dramática, ese amor y ese regalo resultaron ser la ruina de Iosef. Sus hermanos comenzaron a odiarlo. Cuando Iosef les contó su sueño, lo odiaron todavía más. Su segundo sueño incluso ofendió a su padre. Posteriormente, cuando fue a buscar a sus hermanos que cuidaban el rebaño, estos primero planearon matarlo y eventualmente lo vendieron como esclavo.

En la casa de Potifar, en un primer momento pareció que lo favorecía la buena suerte. Pero entonces la esposa de su amo trató de seducirlo y cuando él la rechazó, lo acusó de intentar violarla, por lo que lo enviaron a prisión sin tener la posibilidad de demostrar su inocencia. Aparentemente había llegado a su punto más bajo. Ya no podía seguir cayendo.

Entonces apareció un inesperado rayo de esperanza. Al interpretar el sueño de otro prisionero, quien antes había sido el jefe de los escanciadores, Iosef predijo que sería liberado y recuperaría su puesto previo. Efectivamente así fue. Iosef sólo le pidió una cosa a cambio: "Recuérdame cuando te vaya bien y haz bondad conmigo: mencióname ante el faraón y podrás sacarme de esta casa. Pues me sacaron a la fuerza de la tierra de los hebreos y tampoco aquí he hecho nada para que me hayan puesto en este calabozo".

La última línea de la parashá es uno de los más crueles golpes del destino en la Torá: "Pero el jefe de los escanciadores no recordó a Iosef, y lo olvidó". Aparentemente su única oportuunidad de escape a la libertad se había perdido. Iosef, el hijo amado en su túnica espectacular se había convertido en Iosef, el prisionero despojado de esperanza. Este es el punto en el que la Torá más se asemeja a la tragedia griega. Es la historia de cómo la arrogancia de Iosef condujo, paso a paso, a su caída. Cada cosa buena que le ocurre resulta ser sólo el preludio de una nueva e imprevista desgracia.

Sin embargo, sólo dos años más tarde, al comienzo de la parashá de la próxima semana, descubrimos que todo esto fue conduciendo hacia la suprema elevación de Iosef. El faraón lo convierte en virrey de Egipto, el mayor imperio del mundo antiguo. Le entrega su propio anillo con el sello real, lo hace vestir con prendas reales y con una cadena de oro, y lo hace desfilar sobre una carroza ante la aclamación de las multitudes. Cuando tiene apenas treinta años se convierte en el segundo hombre poderoso del mundo. Desde el pozo de la prisión se elevó a alturas vertiginosas. De la noche a la mañana pasó de no ser nada a ser un héroe.

Lo que es sorprendente respecto a la manera en que esta historia es relatada en la Torá, es que está construida de una forma que lleva al lector precisamente en la dirección equivocada. La parashat Vaieshev tiene la forma de una tragedia griega. Entonces llega Miketz y nos muestra que la Torá representa una perspectiva del mundo completamente diferente. El judaísmo no es Atenas. La Torá no es Sófocles. La condición humana no es inherentemente trágica. Los héroes no están destinados al fracaso.

La razón es fundamental. El antiguo Israel y la Grecia antigua, las dos grandes influencias sobre la civilización occidental, tienen un entendimiento profundamente diferente del tiempo y de las circunstancias. Los griegos creían en moira o ananké, el destino ciego. Ellos pensaban que los dioses eran hostiles o, en el mejor de los casos, indiferentes a la humanidad; por lo que no había manera de evitar la tragedia si ese era el destino decretado. Los judíos creían, y siguen creyendo, que Dios está con nosotros mientras viajamos a través del tiempo. A veces sentimos que estamos perdidos, pero entonces descubrimos, como ocurrió con Iosef, que Él estuvo guiándonos a cada paso del camino.

En un primer momento Iosef tenía defectos de carácter. Era vano y presumido respecto a su apariencia;1 le llevó a su padre informes negativos sobre sus hermanos;2 su narcisismo provocó los avances de la esposa de Potifar.3 Pero la historia de la cual Iosef formaba parte no era una tragedia griega. Al final, en el momento de la muerte de Iosef en el último capítulo de Génesis, él se había convertido en un ser humano completamente diferente, alguien que había perdonado a sus hermanos por el crimen que cometieron en su contra, el hombre que salvó a toda la región del hambre, a quien la tradición judía denomina "el tzadik".4

No pienses que entiendes la historia de tu vida a mitad del camino. Esta es la lección de Iosef. A los veintinueve años, él hubiera estado justificado de pensar que su vida era un terrible fracaso: odiado por sus hermanos, criticado por su padre, vendido como esclavo, prisionero por cargos falsos y su única posibilidad de ser liberado se había perdido.

La segunda mitad de la historia nos muestra que la vida de Iosef no fue en absoluto un fracaso. Su historia se transformó en la historia de un éxito sin precedentes, no sólo política y materialmente, sino también moral y espiritualmente. Se convirtió en la primera persona que la historia registra que perdonó a otro. Al salvar a la región de la hambruna, se convirtió en el primero en quien se cumplió la promesa que Dios le hizo a Abraham: "A través de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra" (Génesis 12:3). No había forma de predecir cómo terminaría la historia en base a los eventos narrados en la parashat Vaieshev. El punto de cambio en su vida fue un evento tan poco probable que nadie hubiera podido predecirlo, pero eso cambió todo lo demás, no sólo para Iosef sino para una gran cantidad de personas y para el curso de la historia judía. La mano de Dios estaba en acción, incluso cuando Iosef se sintió abandonado por cada ser humano que conoció en su vida.

Vivimos hacia adelante, pero sólo vemos el rol de la Providencia en nuestra vida cuando miramos hacia atrás. Este es el significado de las palabras que Dios le dijo a Moshé: "Verás Mi espalda" (Éxodo 33:23), lo que significa: "sólo me verás cuando mires hacia atrás".

La historia de Iosef es la estructura narrativa inversa del Edipo de Sófocles. Todo lo que Layo y su hijo Edipo hicieron para evitar el trágico destino anunciado por el oráculo, en definitiva los acercó a su cumplimiento, mientras que en la historia de Iosef, cada episodio que parece conducir a la tragedia en retrospectiva resulta ser un paso necesario para salvar vidas y dar cumplimiento a los sueños de Iosef.

El judaísmo es lo opuesto a las tragedias. Nos dice que todo mal destino puede evitarse (de aquí la plegaria de las Altas Fiestas respecto a que "arrepentimiento, plegaria y caridad evitan el mal decreto"), mientras que toda promesa positiva hecha por Dios nunca se anula.5

De aquí surge una idea que nos cambia la vida: la desesperación nunca se justifica. Incluso si tu vida parece marcada por la desgracia, lacerada por el dolor, y la posibilidad de que seas feliz parece haber desaparecido para siempre, todavía hay esperanzas. El próximo capítulo de tu vida puede estar lleno de bendiciones. En las palabras de Wordsworth, "la alegría puede sorprenderte".

Cada cosa mala que te haya ocurrido hasta este momento puede ser el preludio necesario para las buenas cosas que están por ocurrir debido a que te has fortalecido a través del sufrimiento y alentaste tu capacidad de sobrevivir. Esto es lo que aprendemos de los héroes de la resiliencia, desde Iosef hasta los sobrevivientes del Holocausto, quienes siguieron adelante, tuvieron fe, se negaron a caer en la desesperación y tuvieron el privilegio de escribir un capítulo nuevo y diferente en el libro de sus vidas.

Cuando las observamos a través de los ojos de la fe, las maldiciones de hoy pueden ser el comienzo de las bendiciones de mañana. Este es un pensamiento que puede cambiarte la vida.


NOTAS:

1. Bereshit Rabá 84:7; ver Rashi sobre Génesis 37:2

2. Génesis 37:2, y ver Bereshit Rabá 84:7

3. Tanjuma, Vaieshev, 8

4. Ioma 35b

5. Shabat 55a




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